Por Antonio Napolitano
Hoy he decidido publicar esta reflexión sobre la defensa de la vida, consciente de su naturaleza conflictual. Antonio Napolitano
Una reflexión. Sabemos que el tema de la vida es controvertido. Aunque así, consideramos que es apropiado abrir una reflexión que, desde una perspectiva biológica y filosófica, examina y profundiza los primeros días de vida: su evolución biológica y ontológica. La biología nos dice primero que el embrión es un «ser vivo», dotado de su propia identidad y individualidad. Es un organismo multicelular, con órganos y estructuras principales (organización). En este proceso de formación, las células del embrión se multiplican y comienzan a asumir funciones específicas.
Todos los células sanguíneas, los nefros y las neuronas se desarrollan. Las primeras pertenecen al aparato excretorio, mientras que los otros forman el sistema nervioso.
En este proceso, el corazón comienza a desarrollarse muy temprano, ya en la tercera semana de gestación, a unos quince a dieciséis días después de la fertilización. En el mismo período, el corazón también comienza a formarse, que emite sus primeras latidos entre el veintiuno y el veintiséis día después de la fertilización. En las siguientes semanas, el embrión comienza a formarse, que se extiende hasta la completa formación de las cuatro cavidades. A la ochoa o nuezava quinta semana de gestación, el embrión se convierte en un feto.
Esta descripción nos presenta un proceso evolutivo y secuencial. Sin saltos. No hay cambio en la identidad o la composición. Es simplemente una evolución de un sistema más simple a un más complejo. Entre el embrión y el feto existe una relación dinámica: el embrión es la primera etapa en la que los órganos se forman; el feto es la siguiente etapa en la que los órganos maduran y crecen. Esta relación persiste con el tiempo.
El feto se convertirá en un niño, el niño en un joven, el joven en un adulto. Un adulto y una persona mayor. Es decir, lo que yo soy ahora es ya como un embrión, no en realidad sino en potencial.
Estas categorías son una contribución aristoteliana. Ciertamente, el cambio es la transición de un estado a otro, lo que no significa que haya un cambio en la estructura de la identidad en sí misma. Son simplemente etapas consecutivas de «qué es una cosa». Los presocráticos consideraban el tiempo como un dominio unido con el cambio y un flujo constante.
Es Aristóteles quien describe al mismo tiempo una estructura espacial-temporal rigurosa y una conexión causal precisa en los procesos físicos individuales. Dice que el movimiento y el ser, es decir, el evidente cambio de las cosas, son dos momentos de una sola realidad.
El primer momento se llama «potencialidad», el segundo «actitud». El primero es pura potencialidad, el segundo es la realización de lo que es potencial. En este sentido, la potencialidad es «posibilidad». La actitud es la riqueza de la realización y, por lo tanto, de «ser».
En otras palabras, la actitud es lo que es. Es lo que refleja la pura identidad y la existencia real. Además, la actitud no es solo existencia. También alude a la esencia. Es decir, a esas características permanentes e invariables que determinan la naturaleza y la identidad de un ser, algo. Eso es, el significado o la estructura real de por qué las cosas existen. Esto incluye, con mayor énfasis, a aquellos dotados de vida y conciencia.
Como puedes ver, hay una analogía entre biología y filosofía, aunque sus caminos son diferentes. La filosofía es la que estudia de la naturaleza del ser, la existencia y la realidad. Explica cómo existen cambios y movimientos en el mundo sin caer en contradicciones. El momento presente es lo que ya está presente (su realidad actual), y la potencialidad es la capacidad o la posibilidad de convertirse en algo diferente en el proceso de ser en el mundo de la vida. La biología define al embrión como único genéticamente, autónomo y en un desarrollo continuo e ininterrumpido. Ambos atribuyen valor al acto de existencia. En ambos, hay una continuidad evolutiva de lo que «es».
Esta reflexión nos lleva a enfrentarnos a la debatida sobre el aborto. ¿Es ético negarle al embrión la posibilidad de «ser lo que es», y lo que podría ser potencialmente? ¿Es correcto negarle al embrión el derecho a existir? ¿Puede mi libertad superar la libertad de los demás? No debemos olvidar que el niño no pidió ser concebido. Es simplemente la consecuencia de la acción o decisión de otra persona.
* Filósofo, Profesor Universitario, Ex director del Colegio Universitario de Caracas
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