Por Eduardo Martínez
Un niño acompaña a su madre al abasto. Él quiere una chupeta. Pero no hay chupetas en el abasto. El empleado le dirá: No tenemos, hijo. A lo mejor la madre tenía algo de dinero para comprarla, pero no hay.
El niño pondrá mala cara. Refunfuñará un poco. A lo mejor soltará unas lágrimas. Sin embargo, debe rendirse ante el hecho que no hay chupetas. Y su mamá para tranquilizarlo le dirá: Cuando la consiga te la compro.
En otras ocasiones, el abasto muestra en su vidriera chupetas de todo tipo: Largas, cortas, de un solo color, con varios colores, con chicle, solas, en fin toda una variedad completa. O a lo mejor, solo hay unas pocas o un solo tipo.
La madre verá el precio, y se da cuenta que no se puede permitir el lujo de pagarla. Le dirá: no tengo dinero, o la próxima vez te la compro.
El niño no se quedará quieto. Armará un berrinche. Se tirará al piso. Protestará con grandes gritos. Pero su madre no se cejará. Las cosas no están para estar comprando un chupeta tan cara.
Sacar a ese niño del abasto le costará Dios y su ayuda. Pero como suele ocurrir: No es No. Es así que lo jalará por el brazo o la orejas y lo arrastrará a la calle.
La situación actual en Venezuela, ya no es solamente con los niños. Hace tres años –más o menos- había una escasez de una gran cantidad de productos de la cesta básica. La gente tenía bolívares con más poder adquisitivo de lo que el bolívar lo tiene hoy en día. Pero muchas cosas no se podían comprar, porque simplemente no había. A veces se conseguía en el mercado informal, pero costaba más. Así pasaba con la harina, el azúcar, los huevos, etc. El venezolano se daba el lujo –que no lo era- de pagar un poco más. Tenía algún dinerillo en el bolsillo.
Un médico cubano contaba en esa época que esa Venezuela era inaudita. A diferencia de lo que le ocurría en Cuba, donde no tenían dinero para comprar productos, ahora tenía dinero –que para él era mucho- pero no tenía que comprar.
En agosto del 2021, en Venezuela han proliferado las importaciones de lo que no se produce. Se ha desmontado el control de precios y de cambio para que los pocos productores que todavía producen vendan al precio que les sea rentable. A pesar que ahora esos productos se consiguen en mercados, abastos y bodegones, el venezolano con 2 dólares de salario mínimo mensual no los puede comprar.
¿Se armará un berrinche en Venezuela?
La verdad que este es un país de fábula.