Ya ha pasado demasiado tiempo como para no caer en cuenta que vivimos, por ahora, en el país del «nunca-jamás». Esa condena a repetirnos la misma escena, perdidos en un laberinto cuya salida olvidamos, como si fuera el gran acto fallido que encierra como secreto inconsciente la verdadera cara de la represión que estamos viviendo. Despejados del terrible impacto de las ilusiones frustradas caemos en cuenta que el país transcurre detenido.
Lo que más impacta es que precisamente estamos condenados a ver por seis años más la misma opereta de sin-sentidos que nos condena a la peor economía del continente, casi la peor del mundo, y a una situación de inseguridad subjetiva y objetiva que nos condena al miedo y a la falta de certezas.
Esta inercia nos obliga a esperar una larga lista de homicidios, veinte mil por año, que en el sexenio sumarán ciento veinte mil venezolanos que podrían estar viviendo, pero que la pierden gracias a la más absoluta inacción del gobierno nacional. Inacción que evita la impunidad, favorece a los grupos armados, propicia el narcotráfico, estimula el secuestro, y deja en la indefensión a los ciudadanos que no tienen cómo proveerse de su propio resguardo. Seis años en los que los mismos protagonistas de los últimos doce hacen maromas discursivas para evadir cualquier responsabilidad al respecto. Para ellos es natural lo que ocurre, son los dolores de parto de esta «revolución».
La misma indolencia es la que deja quebrar empresas y responde que a quién no le guste, que se vaya del país. Los que se van están condenándonos al exilio y a la escasez de oportunidades de unos inmigrantes resignados a trabajar por dos puyas solo porque quieren seguir viviendo, y esa garantía no la consiguen en su país. Mientras aquí persiguen y expropian activos productivos, en el resto del continente surgen nuevas inversiones, y con cada una de ellas una oportunidad real para que millones puedan salir de la pobreza. Allá se aprecia el progreso y razones para la alegría. Aquí nada de eso ocurre, todo está contenido, como una gran nube gris que en cualquier momento se convierte en chaparrón, bochorno y un nuevo comenzar de la humedad que se siente en el cuerpo como anticipación de un suceder que no tiene sentido. Simplemente no deja de llover, aunque algunas veces escampe. Si es cierto que sin empresa privada pierde sentido cualquier ejercicio de la libertad personal, entonces aquí hay menos libertad que nunca. Si se siguen perdiendo las empresas a la tasa de los últimos años, restaremos a las que quedan unas ochenta y cuatro mil más.
¿Y la deuda? Creciendo. Es casi lo único que crece en el país. El gobierno no encuentra un punto de equilibrio, pero tampoco siente como una obligación el tener prioridades. Simplemente no sabe que viene primero y qué después. La deuda parece ser melliza de la corrupción que nos hace ver con una indiferencia insólita que cualquiera de ellos tenga una casa que legalmente no puede pagar y disfrute de un yate que ninguno de nosotros ni en sus mejores sueños puede aspirar a tener a los cincuenta años. Crece el endeudamiento, pero no se aprecian obras que valgan la inmensa fortuna que ha manejado el gobierno. Estamos condenados a seguir acumulando acreencias, pasar de largo el tramo manejable, dejar atrás cualquier relación razonable con los ingresos petroleros, y comenzar a ajustar la economía del ciudadano para poder equilibrar la irresponsabilidad fiscal. Empero, nadie retira su mano a la hora de recibir una dádiva en forma de subsidio. Ni los de allá, pero tampoco los de aquí. ¿Cuánta deuda adicional? Súmale unos ochenta y cinco mil millones de dólares adicionales, aunque nadie puede decirlo con mucha certeza, habida cuenta de la tramoya de secretos, fondos y cuentas paralelas que forman parte del manejo cotidiano de un gobierno operado con la autonomía de un sultanato despótico. Gastarlo no es tan difícil como pagarlo, y por lo general, ese tipo de colapsos resulta tener la extraña característica de no tener padres conocidos. Pero allí sigue Giordani, tal vez el más viejo compañero de ruta del presidente, como para que no lo olvidemos.
A cualquiera le pesa este «más de lo mismo» por dos mil cien días más. Seis años más de mala política, de mala economía y de represión. Seis años en los que nuestros presos políticos seguirán siendo, en todo caso, la mejor consigna para seguir luchando, sin abstenciones y sin la malcriadez de la irresponsabilidad.
Víctor Maldonado C
e-mail: victormaldonadoc@gmail.com
