Víctor Maldonado: Los hijos del trueno

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por: Víctor Maldonado C.

A Ariel y Laly…

Somos hijos de la casualidad aunque creamos lo contrario. Repasar las noticias del ya inmensamente lejano 21 de marzo de 1997 nos ratifica el especial talante de los emprendedores para empinarse hacia el riesgo. Nada particular pasó aquel día, pero ya era más que un mal presentimiento ese tránsito seguro hacia la disolución del país. Moría una ballena, encallada en el golfo de Venezuela, el senador Hilarión Cardozo se separaba del partido Copei para aceptar el ministerio de justicia del gobierno de Caldera, el expresidente Pérez intentaba salir de la trampa del olvido fundando el partido Apertura, Lepage advertía los peligros inminentes de la pobreza y la depauperación de las clases medias en tanto que la política se debatía entre un discurso perfecto y una práctica precaria, y la tripartita celebraba sus acuerdos sobre la reforma de las prestaciones sociales que Ibsen Martínez aplaudía como “un indicio alentador de que la bajamar de los iracundos pudiese haber llegado al fin, de que los moderados han hallado el camino de regreso a un escenario casi exclusivamente copado por carismáticos y apocalípticos…”.

Mientras eso ocurría, alguien estaba intentando darle sentido a sus propias circunstancias. La fortuna había sido para él un espectro intermitente, tal vez como el país, con bonanzas que concluían en los deltas del estío. Tal vez sintió el escalofrío de todos los que tocan fondo. Pero allí, precisamente en la nada que acompaña a todos los fracasos encontró la mano de Dios, que además tuvo la gracia de venir con los atavíos del amor perfecto, tal vez porque esa mano nunca llega a apretar tanto como para ahogarnos. Churromanía solo puede entenderse en las márgenes de ese amor creativo y complementario entre el arrojo impetuoso de Ariel y la serenidad de Laly donde él encuentra todo el sentido que necesita para transformar el riesgo en un proyecto factible. Fe y necesidad de comenzar a construir un nuevo comienzo era todo lo que tenían, además de un local en Puerto La Cruz. Y por supuesto, ideas con ganas de realizarlas.

La idea pegó a pesar de todas las previsiones. Comer churros frente a la playa no era precisamente lo que la gente acostumbraba a hacer. Los amigos hacían una peregrinación de cinco horas para ver cómo transcurría una locura más del excéntrico del grupo, ahora dedicado a producir esa vaina… -qué bolas-. Más de una sonrisilla burlona vio con el rabo del ojo cuando todos creían que estaba distraído entre fritangas y órdenes de servicio. Pero más pudo la perseverancia que la desconfianza y muy pronto la idea de negocio comenzó a extenderse como reguero de pólvora. Pasaron muchas cosas en tanto, la cuarta dio paso a la quinta república y de nuevo los carismáticos y apocalípticos tomaron por asalto el país, para intentar destrozarlo. El pueblo tomó como despojo todos los acuerdos para abrirles surcos a la prosperidad, y optó por la venganza como ruta rápida hacia la reivindicación. Ya sabemos que los resultados han sido las cadenas y el oprobio. Pero también ocurrieron otras, que son las que definitivamente nos van a salvar. Empresas resistieron como castillos amurallados la pérdida de fe y la avalancha de locura populista que ha intentado disociar los esfuerzos de los resultados. Churrromanía siguió creciendo y en esa misma medida fortaleciendo su compromiso con el país. No es fácil sacarle una sonrisa al venezolano de estos tiempos tumultuosos. Tampoco facilitarles la celebración un domingo cualquiera, cuando la inflación abate cualquier posibilidad. Sin embargo, en el transcurrir de cualquier feria de centro comercial, uno puede ver con cuanto gusto un niñito corre con su churrito en la mano en una comunión familiar de sabores.

Ariel ha crecido en talante y serenidad. Ha ocurrido una simbiosis perfecta, producto de una promesa de amor que hasta hoy permanece imbatible. El violín, su mujer, sus hijos, su madre y sus suegros son una sinfonía perfecta de afectos y confianza incondicional. Cada uno de ellos ha depositado en algún  momento todo lo que tenían en ese sueño. Es un privilegio estar con ellos y sentir como pocas veces que se puede ser a la vez hijos de la tormenta y promesas de sosiego. Han pasado muchas cosas, casi todas están en el panteón de las que queremos olvidar, pero allí está el testimonio de un negocio que hoy tiene 90 tiendas, está en 7 países y mantiene más de 900 empleos directos. Qué bueno celebrar con tan buenas razones lo afirmativo del ser venezolano.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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