“Conoce a tu enemigo, conócete a ti mismo…”
Sun Tzu
Eran años muy difíciles. Todavía se olía el horror que había sido la I Guerra Mundial. Ocho millones de muertos, seis millones de inválidos, cuatro imperios devastados y tres dinastías arrasadas. Poco o nada quedó del imperio alemán, del austrohúngaro, del otomano y de Rusia. Los Hohenzollern, los Habsburgo y los Romanov desaparecieron y un nuevo orden mundial hacía todos los esfuerzos para surgir sin ocasionar más daño, sin que se perdiera lo que se había conservado y sin que el peligro del comunismo fuese la lacra que se extendiera por toda Europa. Hitler era para muchos un acertijo, alguien que si se trataba apropiadamente podía hacer más bien que mal, y que con poco sacrificio de otros menos valiosos, los checos por ejemplo, podía garantizar la contención de los soviéticos y la recuperación del resto. Solo Churchill dudaba, pero no estaba a la cabeza del gobierno de Su Majestad.
Arthur Neville Chamberlain, político conservador, dirigía con mano de hierro el gobierno de la Gran Bretaña, y estaba convencido que a Hitler había que apaciguarlo. Y que él podía hacer la tarea. No aceptaba ninguna discusión al respecto. Su convicción era total e incuestionable, y con ella asistió a la Conferencia de Múnich cuyos acuerdos fueron aprobados la noche del 30 de septiembre de 1938. Nada más y nada menos que él, junto con los gobernantes de Francia, Italia y Alemania, aprobaron el desmembramiento de la República Checa (ausente de la reunión) y la entrega incondicional de los sudetes al Reich. Con esta decisión, pensaba el Primer Ministro, se resolvía definitivamente la paz en Europa y él mismo pasaba a ser su gran artífice, algo que lo colocaba en la historia del siglo XX como uno de sus grandes salvadores. La paz era, sin dudas, su gran obsesión, pero como se lo señaló Churchill, quien fue su sucesor, “Tuvo usted para elegir entre la humillación y la guerra, eligió la humillación y nos llevará a la guerra.” Así fue.
Los analistas políticos no han dejado de preguntarse por qué. La respuesta la encontraron en el carácter de Neville Chamberlain, cómo gobernaba, de quiénes se rodeaba y qué cosas resultaban para él inabordables y revulsivas. Respondamos con orden. Él mismo era un dirigente autoritario y tenaz, preocupado por aniquilar la disidencia y experto en aplastar al adversario mediante el manejo eficiente de la propaganda. Se recreó a sí mismo como un mito, un hombre infalible a quien no valía la pena contradecir. Él era la verdad absoluta y tenía el poder suficiente para aplastar a quien le llevara la contraria. Gobernaba rodeado de leales, se sentía bien con ellos y las solidaridades automáticas que le ofrendaban a cambio de su cercanía. No toleraba la disidencia ni la contradicción. Su equipo ministerial compartía una ilusión de invulnerabilidad que los mantenía en una posición olímpica respecto del resto de los mortales. Despreciaban al resto y se burlaban de las opiniones contrarias. Ellos eran, o por lo menos sentían ser, mejor que los demás. Respecto de sus decisiones pecaban de excesivo optimismo a la par que sobrevaloraban sus propias capacidades. Esto los hacía desatender las advertencias de la realidad y desconfiaban por lo tanto de los datos, a los que trataban como parte de una gran conspiración contra lo que ellos representaban. Ese era el grupo. Los biógrafos de Chamberlain lo muestran como excesivamente vanidoso y sesgado por una inmensa confianza en que estaba condenado al éxito. El también hubiese podido decir que “nunca había perdido en su vida”, lo que lo hacía presa fácil de la rápida decepción que le provocaban todos los que lo contradijeran. Él también hubiese podido pensar que “no valía la pena perder el tiempo en hablar con estos o aquellos”, y por lo tanto todos los disensos le parecían ofensivos y letales, y como tal los afrontaba. Era un hombre dubitativo y por eso tardaba en tomar decisiones que al final resultaban o parecían ser descabelladas.
Al final todo esto confluyó en que Hitler se sirvió de él y no al contrario. Esa es la moraleja del día: que líderes creídos y grupos cerrados a la diversidad sólo pueden conducir al desastre. Siempre conducen a la tragedia.
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