Víctor Maldonado: Catarsis trágica

Por: Víctor Maldonado C.
Cada cierto tiempo los países se enfrentan a circunstancias en las que la irracionalidad y la exacerbación sentimental provocan oportunismo, vergüenza y frustración. Así ocurrió con la época oscura de los nacional-socialismos, del comunismo soviético, de la caprichosa época del maoísmo o del largo letargo de la dignidad cubana que ha significado el castrismo, lleno de eufemismos y secretos que encubren mucho más de lo que muestran, pero que compensan las mentiras con un aparato policial que somete por hambre y represión cualquier amago de disidencia.

En cada oportunidad esa maldad originaria que confisca el ansia del ser humano de vivir sin miedos consigue mutar hasta parecer una nueva oportunidad de reivindicación. En eso consiste su éxito, en que ofrece un nuevo comienzo para todos aquellos que albergan en su corazón alguna factura pendiente contra el resto del mundo, supuesto deudor de las propias insatisfacciones.

Cuando ese es el espíritu de los tiempos, cuando se espesa el caldo de las penurias económicas y las humillaciones políticas, el mal se expresa en el discurso de la demagogia y en el carisma fatal de un hombre que promete restaurar la justicia, hacer el bien, vengar los desafueros y restablecer la grandeza del gentilicio, pero que hace exactamente todo lo contrario. En eso coincidieron Lenin, Stalin, Hitler, Mussolini, Mao, Fidel y Chávez.

En eso y en el camino errado de los privilegios, la represión, la altanería, el capricho transformado en malas políticas, la pérdida de tiempo y oportunidades para generaciones enteras y, la persecución y el odio manifestado contra todos aquellos que se coloquen en la acera del frente. La disidencia es un resultado natural, pero escaso, del intento de los regímenes despóticos de mantener vigente una mentira que solo les aprovecha a ellos y a sus allegados.

Ahora descubrimos, por ejemplo, que el muy comunista Fidel se reservó una zona de La Habana, llena de mansiones que solamente comparte con compinches y relacionados, y a la cual no tienen acceso, por supuesto, ninguno de los cubanos de a pie, de esos que con convicción o sin ella, marchan y gritan loas a la revolución. El disidente es aquel que denuncia todas esas desnudeces de pudor y que corre con las consecuencias de contar con la ceguera del resto.

No hemos podido eximirnos de la dura prueba del despotismo supuestamente reivindicador y justiciero. Sigue ocurriendo aquí con la sobrevivencia de este chavismo ultroso que nos ha confiscado quince años de nuestro acontecer vital sin que le hayamos podido oponer otra resistencia que la que les ha impedido ir más allá, eso sí, acompañados de esa forma laberíntica en la que se expresa la voluntad de Dios, a veces colérico y destructivo, y otras muchas bondadosa y vivificadora. El mismo que nos ha perdido en el laberinto de nuestros desencuentros, que nos hace tan fatalmente superficiales a la hora de calibrar la magnitud de nuestra tragedia, es el mismo que a veces nos llena de la grandeza de saber nuestros avances. Es el mismo que nos permite la purificación emocional que solo es posible a través de la experiencia compartida de la compasión y del terror. Piedad con los sufren y consternación por lo que hasta ahora ha ocurrido y lo que está por venir. Ese despertar súbito es la esencia de la catarsis trágica.

Esa es la única herencia que nos deja esta época. La certeza de la cercanía con todas sus consecuencias, y la conciencia fatal de que no hay héroe solitario que pueda encarar con éxito las secuelas de este mal que muta en forma de poder absoluto. En eso consiste la catarsis de toda esta tragedia: en darnos cuenta de la incapacidad que tiene el carisma populista para honrar su palabra. Y en la certeza de que su vigencia se funda en la represión, el crimen y el oportunismo de medio pelo que está siempre dispuesto a cambiar su primogenitura por un plato de lentejas. Cuando esas convicciones forman parte del despertar colectivo sobreviene la vergüenza pero junto a ella surge el afán reconstructivo de la esencia nacional.

Lo realmente increíble es que la misma «mayoría supuesta» que por años soporta toda esta locura, de repente se desvanece en la nada. El partido nazi desapareció en 1945 sin dejar rastro porque a juicio del historiador y periodista  Joachim Fest «nadie deseaba haber pertenecido a algo que había resultado tan estéril». Así ocurre en cada despertar, en cada amanecer luego de haber superado una larga y oscura noche. Cada quien intenta seguir adelante recomponiendo como puede su propia versión histórica sobre lo que hizo y lo que dejó de hacer, dejando atrás sus vergüenzas y sometiendo al silencio eterno al causante de todas sus miserias para intentar de nuevo ser hombres dignos.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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