Una historia de Año Nuevo

Por Eduardo Martínez

Cuando oí esta historia que les voy a contar, supe de inmediato que me la apropiaría, que sería mía. Y que llegaría el día en que la transformaría en un relato. Pues ese día llegó. Se las voy a relatar, a horas de un nuevo año.

Hay muchas historias, cuentos y relatos de la Navidad. Muy pocos de las vísperas de un nuevo año.

Celebrando el año nuevo, en la primera década del segundo milenio, tuve la oportunidad de conversar largamente con la ingeniero Lilia Henríquez de Gómez. Una bella mujer, hija de Don Rómulo Henríquez -fundador de Acción de Democrática (AD)- y hermana de Romulito, ex presidente la FCU de la UCV; y quien fuera de los primeros dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), una escisión de AD.

Lilian contaba de su participación en la clandestinidad de AD, en esos años de la dictadura perezjimentista. Su tarea, era servir de apoyo y correo con el secretario del partido en la clandestinidad.

Su labor no quedaba allí. Participaba también en las luchas estudiantiles en la UCV, en su condición de estudiante de ingeniería. Y como si fuera poco, tuvo entre sus trabajos clandestinos ayudar al editor José Agustín Catalá, en la compaginación del legendario libro “El libro negro de la dictatura” (1952).

Cuando la joven Henríquez servía de enlace con el secretario adeco, interactuaba con un hombre de confianza -mayor que ella- que se movía clandestinamente bajo el pseudónimo Cristóbal. No conocía su verdadero nombre. Así como él no conocía el suyo. Norma que imponía la clandestinidad.

“Tanto va el cántaro al agua, hasta que al fin se rompe”. Eso fue lo que le sucedió a Lilia. Un día la Seguridad Nacional de tanto ir y venir la descubrió. La apresó, y gracias a gestiones de familias amigas, para expulsarla un tiempo después a México.

El exilio le permitiría seguir estudiando, hasta graduarse. Pero también, poco tiempo después de llegar Ciudad de México, encontrarse con el tachirense Santos Gómez. Para su sorpresa, nada más y nada menos que el Cristóbal de la clandestinidad en Caracas.

La amistad floreció entre ellos. Luego las peripecias de la clandestinidad y el exilio, dieron paso a una relación amorosa que culminaría en matrimonio en Caracas, ya en el inicio del gobierno de Rómulo Betancourt.

Los inicios de la democracia en los años 60, no fue fácil. Alentados por el triunfo de la Revolución Cubana, y su conversión marxista, en Venezuela estallaría una insurrección comunista impulsada por la URSS. De esta manera, tanto el campo como las ciudades, sindicatos, centros de estudios, sería penetrado por la insurrección. Los atentados, ataques terroristas y conspiraciones comunista-militar, estallarían por todo el país.

Con el advenimiento de la democracia, se había abolido la Seguridad Nacional, dando paso a la creación de dos cuerpos de seguridad: la PTJ, para los delitos comunes, y la Digepol, para la seguridad de Estado.

Creciendo los problemas políticos y militares del gobierno, el presidente Betancourt designó a Santos Gómez como director general de la Digepol. Un hombre amigo, leal y efectivo en las tareas que siempre se le asignaban.

Una Noche de Año Nuevo en Los Chaguaramos

Hombre práctico y sencillo, como buena parte de los tachirenses, Gómez fijaría residencia en la urbanización de Los Chaguaramos, a pocas cuadras de sus oficinas en el edificio Las Brisas, sede de la dirección general.

En un 31 de diciembre de esos años 60, y como era usual por el exceso de trabajo, Gómez llegó más tarde de lo previsto para la cena de fin de año a su casa.

Cuando Lilia fue a terminar los arreglos de la mesa, y verificar que la sala estuviera lista, se sorprendió al encontrar a cuatro jóvenes con caras de adolescentes asustados y pálidos, muy asustados, sentados en la sala. No estaban bien vestidos, y además parecían pueblerinos.

Molesta con los invitados que había traído Santos, por supuesto que le preguntó quiénes eran.

Santos le contó algo que le sorprendió aún más: “Esos muchachos son del interior. Fueron detenidos por la subversión, y nos los mandaron a Caracas. Recibí los expedientes y esta mañana los mandé a soltar. Ordené se les dieran dinero, para que regresar a sus casas en el interior, para que pasaran el Año Nuevo con su familia. Es así que los despachamos para el terminal. Pero resulta, que cuando yo estaba saliendo de Las Brisas, me los encontré en la puerta. Les pregunté: qué hacen ustedes aquí. Bueno, los pobres muchachos no consiguieron pasaje en el terminal. Todos estaban vendidos. Por lo que se regresaron a Las Brisas, dado que no tenía donde ir. Así que me los traje esta noche para que cenen con nosotros, y tengan un nuevo año en familia”.

Lilia bastante molesta, le dijo: “Santos ¿cómo se te ocurre traer a esos presos para acá, donde están mujer y tus hijos? Ya saben dónde vivimos”.

Mientras Santos se arreglaba para la celebración, miró a Lilian y le dijo: “Lilia, recuerda que nosotros también fuimos presos. Y esos son unos muchachos”.

Para Lilia, todavía decía varias décadas después: “fue una noche inolvidable”.

Esta historia debería terminar en el estilo de Oscar Yanes: “Así son las cosas”. Bueno, que dado el contexto actual, a lo sumo nos atrevemos a decir: “Así eran las cosas”.

Está en nosotros que “vuelvan a ser”. Y, que traigamos de la mejor tradición venezolana la humanidad que siempre nos caracterizó.

¡Feliz Año 2025!

editor@eastwebside.com

@ermartinezd

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*