Una guerra en un mundo bizarro

Por Eduardo Martínez

Las guerras no son nada nuevo para el mundo. Siempre han existido. Unas más bárbaras que otras. Otras más largas que el promedio. Y por lo visto la humanidad, en tanto humanidad, ha demostrado estar dispuesta a hablar de humanidad y comportarse como bestias.

Aunque el premio nobel Bertrand Russell, luego de la II Guerra Mundial, señalaría que esa expresión era injusta con los animales, por cuanto no eran capaces de exterminarse unos a otros como los humanos.

Nunca antes, con excepción de la Crisis de los Misiles en Cuba (1962), el mundo llegó a creer en su momento que el fin de la humanidad estaba cerca. En 1962, las cosas se habían escapado de las manos de Rusia y los Estados Unidos, bajo las locuras de una revolución caribeña que presionaba a uno y a otro país. Otros locos llegarían después.

A partir de ese momento, rusos y estadounidenses se pusieron de acuerdo para mantener a raya una “guerra fría”, y jugar un ajedrez de posiciones geopolíticas que, al fin y al cabo, no pasarían de ser provocaciones mutuas ejecutadas por terceros países.

La sangre llegaba a las calles, lejos de Moscú y Washington. Ambos países ponían las armas, y los países de sus órbitas ponían los muertos y sufrimientos. Pero siempre, con armas convencionales. Nunca con bombas nucleares.

A partir de la década de los 70, y con la ayuda de los aumentos de los precios del petróleo, la locura llegó a ser parte de la “real-politik”.

Países pobres, pudiendo enriquecer a sus ciudadanos, se dieron a la tarea de preparar a sus élites en las artes de tecnología nuclear y bélica para enriquecer el uranio. Al no poder alcanzar en poco tiempo el nivel tecnológico necesario, usaron también el dinero para contratar a expertos nucleares de occidente.

Cuando cae el muro de Berlín, y la URSS se desintegra y arrastra a la nomenclatura comunista soviética, esos países ricos, pero con poblaciones pobres, se dispusieron a contratar a los científicos que quedaban sin empleos.

Es así como países, fundamentalmente musulmanes, impulsaron la industria nacional nuclear. Algunos, lograron fabricar bombas nucleares: Pakistán, entre ellos, empujados por el hecho de que la India -su histórico rival- ya lo había hecho.

En tanto Irak, Irán y Libia, aceleraban en sus intentos. A Libia, no le dio tiempo. Irak, convenció a todo el mundo que tenía bombas de destrucción masiva, y encendió la mecha de su propia destrucción cuando de la nada, y sin antecedentes de confrontación, invadió gratuitamente a Kuwait (1990). Solo quedó Irán en la carrera.

En América Latina, Brasil y Argentina proyectaron desarrollos nucleares desde los años 50. Sin embargo, sus endémicas crisis políticas y económicas les obligaron a desistir.

Y en el Medio Oriente, la amenaza permanente por el cerco geográfico árabe, obligó a Israel a caminar el camino nuclear. Las informaciones al respecto son contradictorias. Las autoridades israelitas ni niegan ni confirman. Pero han hecho creer a sus vecinos que “pareciera” que tienen un pequeño arsenal nuclear de bombas reservadas a sus enemigos árabes. ¿Será? Es mejor no saberlo.

En ese no saberlo, y a pesar del culipandismo europeo, en estos momentos la mayor parte de las principales potencias, incluyendo a Rusia y también China, han cruzado sus caminos en el punto de evitar que Irán logre enriquecer suficiente uranio para construir bombas nucleares y, mucho menos, lanzarlas sobre Israel en este momento.

Por supuesto que hay y habrá algunos discursos enardecidos en contra de los ataques de Israel, pero en privado y entre gobiernos, se habla que están aunando esfuerzos para frenar a Irán.

A Israel, por lo visto, le ha tocado por su situación actual, emprender las sucias tareas de una guerra. El objetivo común es acabar con la infraestructura nuclear iraní, y retrasar por varias décadas los desarrollos nucleares.

En esta primera semana de ofensivas -hoy jueves- ha pasado desapercibida la poca voluntad de los diferentes gobiernos, de un lado y otro, para detener la guerra. Pareciera que todos estuvieran esperando que Israel termine su tarea.

Después vendrán los discursos, se calentarán los micrófonos y volverán los vendedores de armamentos a recorrer los países de la región para proveerlos. Eso sí, de armas convencionales en una región cuyos conflictos no se acabarán con el fin de la guerra israelí-iraní. Ya habrá tiempo para ello.

Fotografía: Estallido de una bomba en Teherán, lanzada por Israel.

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@ermartinezd

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