Por Wilmer Suárez
Hay momentos en la historia de las naciones en los que pareciera que todos los males posibles deciden coincidir en un mismo calendario. Venezuela ha vivido uno de esos períodos. Aunque esta frase con que título mi columna, no es de mi autoría, se lo escuche a un pastor portorriqueño en su predica dominical en la Iglesia Bautista Resurrección de Miami y viene como anillo al dedo a lo que hoy pasa en Venezuela y no deja de sorprendernos.
La salida del poder de Nicolás Maduro y Cilia Flores, ocurrida después de los acontecimientos del 3 de enero, marcó el cierre de un largo ciclo político cuya huella seguirá siendo objeto de estudio durante décadas. Un país devastado institucionalmente, una economía fracturada, millones de ciudadanos dispersos por el mundo, otros muertos y desaparecidos y una sociedad profundamente dividida fueron el legado inmediato de una era que parecía interminable.

Pero cuando muchos pensaban que el país comenzaba a respirar después de la tormenta política, la naturaleza recordó que también sabe escribir capítulos dolorosos.
Los terremotos del 24 de junio golpearon con una fuerza devastadora al estado La Guaira. Poblaciones enteras desaparecieron bajo los escombros, miles de familias quedaron sin hogar y, hasta hoy, continúa sin conocerse con precisión el número real de víctimas fatales. La tragedia dejó al descubierto, una vez más, la fragilidad de la infraestructura nacional y las enormes debilidades institucionales para responder a un desastre de semejante magnitud.
Como si el destino insistiera en poner a prueba la resistencia del país, el debate político volvió a sorprender con unas declaraciones que hace pocos años habrían parecido impensables.

Juan Barreto.
Durante un foro celebrado en la sede del CEDES, (centro de estudios para la democracia socialista) el profesor Juan Barreto líder principal del partido REDES, fue interrumpido por Elías Jajua quien se encontraba entre los asistentes y con una seguridad pasmante afirmó que en Venezuela habrá elecciones en el mediano plazo con total seguridad y que su sector estaría dispuesto a respaldar a cualquier candidato que asuma el compromiso de recuperar la soberanía nacional, aun cuando esa persona provenga de la oposición. Más aún, dejó entrever un llamado a María Corina Machado para que asuma ese papel histórico. Esto podría ser medicina para el alma y también terapia para una mente desgastada que siempre ha sostenido ir “hasta el final” … Pero deseos no preñan.

Elías Jaua.
Ahora bien, Elías Jaua, quien fue exvicepresidente y exministro durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, no deja de sorprender buscando reacomodo. Definido y declarado como antiimperialista, antioligárquico, revolucionario, patriota y socialista, reclama una soberanía que nunca reclamo ante la presencia de chinos, rusos, iranies y cubanos.
Las palabras producen inevitablemente sorpresa. No porque el diálogo entre adversarios sea negativo; por el contrario, toda democracia necesita puentes. Lo llamativo es que ese reconocimiento provenga de sectores que durante años defendieron un modelo político que terminó debilitando precisamente aquello que ahora dicen querer recuperar: la soberanía nacional, la institucionalidad republicana y la confianza de los ciudadanos.
La historia enseña que los pueblos sobreviven cuando son capaces de aprender incluso de quienes alguna vez fueron sus adversarios. Pero también enseña que la reconciliación sólo puede construirse sobre la verdad, la justicia y la memoria. No basta con cambiar el discurso; es indispensable reconocer responsabilidades, reparar el daño y garantizar que los errores no vuelvan a repetirse. Esto no es ideología, es el deber ser.

María Corina Machado y Edmundo González.
Volviendo a Juan Barreto, ha dicho que MCM (Edmundo) ganó el 28 de julio gracias a él, porque el 42% de las actas pasaron por sus manos. Esto nadie lo había reconocido en el régimen madurista ni en el PSUV; y viniendo del llamado “chavismo genuino” donde se inserta la voluminosa personalidad del profesor Barreto nos da pie para decir que somos: “Tentados mas no quebrados”.
Venezuela enfrenta ahora una reconstrucción mucho más compleja que levantar carreteras, puentes o edificios destruidos. Debe reconstruir la confianza entre sus ciudadanos, rescatar la independencia de sus instituciones, recuperar su economía y, sobre todo, volver a creer en sí misma.
Las tentaciones seguirán apareciendo: el personalismo, el caudillismo, la polarización, el revanchismo y la falsa promesa de soluciones fáciles. Esas son las verdaderas tentaciones que tendrá la nueva Venezuela.
Sin embargo, hay razones para el optimismo. Un pueblo que sobrevivió a la peor crisis económica de su historia contemporánea, que soportó persecuciones, censura, exilio, hambre y la pérdida de millones de sus hijos, y que además enfrentó una de las mayores tragedias naturales de su historia reciente, difícilmente puede calificarse como un pueblo derrotado.
Ha sido tentado por la desesperanza, pero no quebrado. Hay pueblos que sucumben ante la primera adversidad. Otros necesitan una guerra para comprender el valor de la paz. Venezuela, en cambio, parece haber sido condenada a aprender sus lecciones a través del sufrimiento.
Los primeros meses de este año han sido suficientes para escribir varios capítulos que, en cualquier otra nación, habrían ocupado generaciones enteras. Quizás esa sea la mayor enseñanza de este tiempo extraordinario: las naciones no renacen cuando desaparecen sus dictadores ni cuando cesan los terremotos. Renacen cuando sus ciudadanos deciden que nunca más entregarán su libertad, su dignidad ni su futuro. En mi libertad mando yo, mandas tú, eso no es negociable.
Ese es el verdadero desafío de esta nueva etapa. Porque Venezuela podrá haber sido golpeada por la política y por la naturaleza. Pero mientras conserve intacta la voluntad de levantarse, seguirá siendo una nación tentada… más nunca, quebrada.
El 3 de enero comenzó a cerrarse uno de los ciclos políticos más traumáticos de nuestra historia contemporánea. Simbolizó el agotamiento de un modelo que durante años convirtió la riqueza en pobreza, la esperanza en resignación y el futuro en exilio.
Quedó un país herido. Un país donde millones de venezolanos aprendieron a despedirse de sus hijos en aeropuertos; donde los hospitales dejaron de curar porque ya no tenían con qué hacerlo; donde el miedo se convirtió en política de Estado y donde sobrevivir pasó a ser una forma cotidiana de resistencia. Donde no se pudo rescatar a cientos de miles de familiares tapiados por los escombros, por falta de maquinarias y exceso de improvisación. Donde el adiós y las despedidas rasgadas por lagrimas de un dolor insoportable se convirtieron en los últimos 27 años en un mal necesario para expiar nuestras culpas. Los venezolanos hemos sido tentados por el odio, por la desesperanza, por el exilio, por el hambre, por el miedo y por la resignación. Nos tentó el autoritarismo. Nos tentó el silencio. Nos tentó incluso la idea de que jamás recuperaríamos el país. Pero cuando parecía que el horizonte comenzaba a despejarse, la naturaleza recordó que también sabe poner de rodillas a los hombres.
La historia suele ser generosa con quienes aprenden de sus errores y despiadada con quienes insisten en repetirlos. Que nadie se equivoque. Venezuela no necesita olvidar. Necesita recordar para no regresar jamás al mismo lugar. Porque las dictaduras terminan. Los terremotos cesan. Los líderes pasan. Pero las naciones permanecen cuando sus ciudadanos entienden que la libertad nunca es una conquista definitiva, sino una responsabilidad permanente.
Después de todo lo vivido, quizá exista una sola frase capaz de resumir el espíritu de esta nueva Venezuela: Fuimos tentados muchas veces… pero nunca quebrados.
* Corresponsal en el Sur de la Florida.
«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor»