Soñando a Venezuela

Por Eduardo Martínez

Los sueños son un misterio. Soñamos personas, lugares y sucesos. Pero no sabemos si sucedió, va a suceder o, simplemente, son los efectos del atracón de comidas y bebidas de la noche anterior.

En estas noches soñé que iba en una caravana de carretas por los polvorientos caminos del viejo oeste. Cruzamos ríos, subimos cuestas y serpenteamos por desfiladeros que cada tanto nos daba la impresión que en cualquier momento caeríamos al vacío.

Durante el día, el calor era intenso. En la noche, los carreteros escogían el mejor lugar para descansar, usualmente un riachuelo. Cosas de ser impulsados por caballos que requerían descanso y agua. Eran los caballos los que marcaban el paso del viaje. No los carreteros.

En ocasiones, las bestias se negaban a seguir, por donde les ordenaba látigo en mano el carretero que encabezaba la caravana.

En esas circunstancias, el carretero operaba una rudimentaria palanca que accionaba los frenos también rudimentarios , dejaba de lado las cuerdas que dirigían hacia donde iban los caballos, y se apeaba de la carreta para adelantarse unos pasos y otear el camino.

El olfato de los caballos era una especie de radar que atisbaba peligros que no podían ver las miradas de los hombres.

Entonces, el carretero regresaba a su lugar y desviaba un poco el curso. Así rodeaba el presunto peligro. Se daba entonces una peculiar situación cuando las bestias gobernaban a los hombres.

Las carretas, siempre en una caravana de 5 o 6, transportaban a personas, remesas a los bancos y cargas de aprovisionamientos, y también, los custodios.

Vamos por partes, en cuanto a las personas. En las carretas del medio, iba la gente decente: las familias, los hacendados y gente trabajadora. En la última carreta, unas chicas que no podían mezclarse con la gente de bien. Bastaba con verlas en sus vestimentas de colores, oírlas hablar con su vocabulario floreado y, sobre todo, por sus baratos perfumes.

Finalmente, sobre el techo de las carretas y al lado del carretero, estaban los custodios: vaqueros armados de escopetas y pistolas, que con su solo aspecto auyentaban a cualquiera que se encontrara en el camino.

Sin embargo, la caravana no iba sola por esos solitarios caminos. Indios y cuatreros solían acompañarles en la distancia, a la espera de una oportunidad para tomarles desprevenidos.

En este sueño, acosados por los peligros, el destino sería un gran campamento minero. El oro no relucía, pero la fama se había extendido por todo el oeste. Había una veta de oro al final del viaje. Solo había que sacar la riqueza de la tierra. Y con ese sueño dentro del sueño, los pasajeros de la caravana se sobreponían a los temores.

Por supuesto que, en una historia del viejo oeste, no podía faltar un ataque de forajidos. No habría sido el viejo oeste.

Los cobardes atacan en la oscuridad. Para ser precisos, en torno a la media noche.  Así fue cuando ocurrió.

Si bien el principal carretero escogió un buen lugar para descansar, el lugar estaba a tiro de unos altos árboles y una pequeña colina de rocas. Sitios desde los cuales buenos tiradores podían tener ventajas.

El calor esa noche era especialmente sofocante. Siendo finales del mes de julio, estábamos en la plenitud del verano.

Todo sobrevino como una pesadilla. Uno de los custodios, esos que duermen con un ojo cerrado y el otro abierto, dio un grito de alarma. En ese momento estalló el enfrentamiento.

Se oían disparos desde todas partes. A la par que, arrastrándose como ratas, los atacantes trataban de acercarse a las carretas. Los más, apuntaban a los custodios y carreteros, una manera de dejar sin protección y conducción a los pasajeros. Otros, los menos, cedían a las tentaciones para intentar secuestrar a las chicas de la última carreta. Mientras eso ocurría en torno a las carretas, una lluvia de disparos provenían de los árboles circundantes.

Dos aspectos relevantes de ese ataque, es que quién parecía liderar el ataque, gritaba órdenes con cierto conocimiento militar. Pero por lo que también parecía, evidenciaba los rudimentos de los aspirantes militares, que por su conducta “mala conducta”, son expulsados de la academia cuando todavía no han superado las órdenes y contra órdenes para desfilar “en correcta formación”.

Al principio, parecía que el ataque era de apaches. Aunque a las primeras de cambio, según recuerdo del sueño, afloró la esencia y origen de los atacantes. Eran forajidos de la peor calaña. Gente que el único dinero que producen es el que se roban, de los secuestros que realizan, de todo aquello que expolian, y que dejan a su paso sangre y muerte.

Los ataques siempre se aprovechan del factor sorpresa. Pero aún en las sorpresas de los malos, sobrevienen sorpresas de los buenos. Golpes de suerte que surgen de la gente de buen proceder.

Este caso no sería distinto.

De repente, ante la sorpresa de todos, de la carreta primera salió contra toda previsión una mujer que -en el sueño- se asemejaba a la Doña Bárbara de Rómulo Gallegos.

Una mujer alta, hermosa, decente pero altiva, quien con el arma de los valores y la razón, salió en defensa de los suyos y de quienes le seguían en el resto de las carretas. Una especie de David de los tiempos modernos para enfrentar a los Goliat de la fuerza bruta y el abuso.

Su primer grito fue fulminante: “hasta el final”, dijo.

¿Y que ocurrió a continuación en el sueño?… ¡Me desperté!. Con tantos sucesos y emociones, no era para menos.

Ya pronto, en otro sueño que toque el piso de la realidad, conoceré el desenlace de este ataque vil y cobarde. Recordemos que hemos vivido el otoño luego del polvoriento y caluroso verano. Luego vendrá el invierno que enfriará las cosas, y se abrirán los caminos y el cielo al renacimiento de la primavera.

Editor@eastwebside.com

@ermartinezd

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*