Semblanza del Eminentísimo Cardenal Jorge Urosa Sabino

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Su Eminencia Jorge Cardenal Urosa falleció el pasado 23 de septiembre a los 79 años. Fue un sacerdote católico de nuestro tiempo. Y como tal, muere afectado también por un virus de estos tiempos: el Covid-19.

Monseñor + Fernando Castro Aguayo, Obispo de Margarita, pronunció una Homilia en el Funeral el pasado sábado 25 de septiembre, en la Parroquia Sagrada Familia de Nazaret y san Josemaria de La Tahona en Caracas.

Esta Homilía, que transcribimos a continuación, es una excelente semblanza de Jorge Cardenal Urosa Savino.

TODO ESTÁ CUMPLIDO (JN 19,30)

INTRODUCCIÓN

En primer lugar, quiero saludar al Sr. Cardenal Baltazar Porras Cardozo, Administrador Apostólico de Caracas, a los Obispos y sacerdotes presentes, a la familia Urosa Savino y a todos los que han acudido a esta Eucaristía en sufragio por el Arzobispo de Carcas Emérito, Cardenal Urosa.

Como comprenderán lo que voy a predicar procede de unas vivencias por haber trabajado junto a al Sr. Cardenal durante unos años.

Jesús en la Cruz después de dar a Juan por Hijo a María y dar María por Madre a Juan, dice “todo está cumplido”, e inclinando la cabeza, expiró. Era indispensable que el Hijo de Dios, diera su vida para cumplir el designio redentor, que sufriera la muerte.

Hoy celebramos esta santa Eucaristía con una profunda fe en Jesucristo vivo y resucitado que está a la derecha del Padre. La muerte no tiene la última palabra, sino que la tiene la vida.

Con una confianza fruto de la fe y la esperanza, en espera de participar de la Resurrección de Cristo, el CardenalUrosapodría decir, con san Pablo: ”He librado el buen combate, he mantenido la fe”. Y añadir “Todo está cumplido”

SIGNOS DEL RESUCITADO

La gracia de Dios eleva y transforma al ser humano. Vivir para la gloria de Dios y para el bien de los que nos rodean, o de los que podemos llegar, es un signo de plenitud. Esta gracia, que también es elección, fruto de la libertad, sin duda nos hace parecernos a Jesucristo. Y tenemos conciencia que cuando somos rectos, honestos, abiertos a la verdad, sin duda, Cristo vivirá en nosotros.

En el Cardenal Urosa hubo signos del Señor resucitado: un gran amor a Dios y a la Iglesia, una gran fe en la oración (Dios nos escucha) y una notoria hombría de bien. Estos rasgos, con sus características propias, eran palpables a todos. Fue un hombre de Dios y un hombre con los pies en el suelo, que recorría caminos muchas veces polvorientos y con dificultades. Y que sufría con los dolores de la gente, de la Iglesia y de Venezuela.

Su predicación incesante sobre Jesucristo, el hijo del Dios vivo, el Redentor del mundo, era algo que brotaba con facilidad de su corazón y de su boca. Era un hombre auténtico en su fe, predicada y vivida. Esa autenticidad que no es frecuente, recuerda la predicación apostólica de san Pablo.

A veces una mirada superficial nos hace puede hacer ligeros en las apreciaciones. En estos días, amigos y gente que lo conocimos, hemos escrito testimonios sobre el Cardenal Urosa. Uno en el marco virtuoso de su vida, de pasada señaló que tenía “Dios lo hizo impetuoso”. Es una manera de decir que frente alguna situación pudiera reaccionar como un torrente tumultuoso o agitado; o que ante lo imprevisto o lo contrario a lo que él pensara, pudiera reaccionar mal.Debo destacar que una de las cosas que hace grande a alguien es la humildad de reconocer lo que necesita. Y como todo torrente tumultuoso, termina en aguas tranquilas, en remansos solaces.

Yo puedo afirmar, queel Cardenal Urosacuidaba de su carácter para atender y no tomar decisiones apresuradas, era notorio su esfuerzo por dominarse, serenarse y tomar las cosas importantes con calma y serenidad. En los años que lo conocí, sonreía cuando estaba ralentizando sus reacciones. Soy un testigo de su corrección y paciencia ante lo adverso o desagradable a él. Fomentó las virtudes de la prudencia, la escucha y la ponderación, junto a una gran corrección y elegancia humana. Todo esto para lanzarse luego a una proactividad sostenida. Esas características de su modo de ser, iluminadas por la fe y la razón, son signos de Jesús resucitado.

Pero sobre todo su fe en Dios. Soy testigo de que cuando dejó el gobierno de la Arquidiócesis de Caracas comentó: “He podido hacer muchas más cosas; siempre las puse en manos de Dios. Él sigue ese trabajo”. Su fe en la Eucaristía; su fe en el la presencia de Jesucristo en el Sagrario (le costaba mucho hacer la genuflexión). Su fe en que el Señor es el que lleva al mundo y a la Iglesia, su tierno amor a la Madre de Dios, adornaban su actuación. Y todo llevado con gran naturalidad y discreción.

La gracia mejora a la persona y nos hace parecernos a Cristo.

TRABAJADOR INFATIGABLE

En esto también imitó a Cristo Resucitado. El trabajo oculto y silencioso lo vivía constantemente. Era un hombre organizado con agenda y con horas continuas de trabajo incesante. No improvisaba los asuntos; mucho menos los importantes. Recuerdo como preparó por ejemplo la interpelación que le hicieron en el Congreso en Julio del 2010 en la que logró un clima favorable al diálogo. Comentó luego: “las opiniones que he emitido sobre la vida política y social del país están amparadas en los valores de la democracia, los derechos humanos y pluralismo, consagrados en la Constitución de la República, y que su predicación es religiosa «y de moral tanto individual como social» y no partidista.”

Tampoco improvisaba los asuntos a tratar con sus colaboradores, especialmente obispos y sacerdotes. Sin duda, como cualquiera, había temas y asuntos a los que no llegaba, pero siempre con gran fe en Dios y atendiendo correctamente a los que nos relacionábamos con él, buscaba con determinación el propósito de esa sesión de trabajo y buscaba descubrirla si era un asunto novedoso. Su horario que, por supuesto conocía sólo en parte, era como una falsilla para atender diversísimos asuntos. Era un trabajador infatigable: escribía todo lo que predicaba. De esta manera era conciso y concreto.Sus homilías eran cortas con ideas concretas.

Su vida me recuerda a san Martín de Tours que estando en el lecho de muerte se enteró que unos clérigos necesitaban su presencia y buscar una reconciliación. El santo Obispo, dice la tradición, que dijo: “non recuso laborem”, “no dejo de trabajar” y fue a atender esa necesidad. El CardenalUrosa sirvió siempre; nunca rehusó trabajar y servir.

TOMÓ SU CRUZ

“El que quiera ser mi discípulo tome su cruz de cada día y sígame” leímos el pasado domingo en el Evangelio de la Misa. Seguramente a lo largo de su vida en el seguimiento de Cristo practicó este consejo de Jesucristo.

Sin embargo, fue mucho más notorio en la enfermedad que padeció y que lo llevó finalmente a las moradas de nuestro Padre de Dios.

El testimonio que dejó antes de dejarse llevar a la UCI por recomendaciones médicas, será el testamento que nos deja a todos. Sus palabras reflejan adecuadamente su modo de vida. Hizo una confesión pública, sobria, de lo que sentía en ese momento. Quizá presagiaba la muerte.

En primer lugar, su amor a Dios, a Jesucristo y a la Iglesia. Fue una declaración de la vigencia de su primer amor: a Dios, a la Iglesia, a Venezuela. Cuantas veces lo escuchamos decir: “Oremos también hermanos con mucho fervor por nuestra querida Patria Venezuela. Para que podamos vivir fraternalmente, miembros de un solo pueblo y para que podamos resolver nuestros problemas en paz”.

En este sentido, quiero destacar que el Cardenal Urosa fue un hombre “valiente”. Sin ambages, con claridad y corrección, fue un hombre comprometido con su pueblo: su predicación sobre Jesucristo fue vigorosa y clara. Las consecuencias de la fe implicaban un compromiso social y por tanto la denuncia de la iniquidad a la que está sometido el pueblo. Ha circulado una caricaturadonde Jesucristo recibe al CardUrosa. Le pregunta el Señor ¿Y qué es lo pri….? Y sin dejar terminar la pregunta del Señor contesta: – Ayudar a Venezuela.

Su valentía lo ha hecho un gran venezolano que sin duda pasará a la historia como un hombre que ha luchado por su patria. Que sus restos sean la levadura de un cambio para que pueda instaurarse el “Reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz” que el Señor ha prometido para su pueblo.

Tomó su Cruz en lo de cada día y en su última enfermedad, con garbo decisión y entereza moral.

CONCLUSIÓN

Igual que el Señor en la Cruz puede decir el CardenalUrosa: “Toda está cumplido”. Ha terminado una vida, libremente asumida, de respuesta a Dios y de servicio. Pocos pueden decir que han vivido plenamente su vida. Muy probablemente, sus últimas palabras expresan el inmenso gozo por haber sido sacerdote, su correspondencia y a la vez su humildad para pedir perdón. A la vez que responsablemente continúa haciendo un llamado a la comunión con Jesucristo y entre nosotros.

Que su encuentro con Jesucristo y con tantos pastores que nos han precedido, el encuentro con la Madre de Dios, y la compañía de los santos, lo convierten ahora en potente intercesor por nosotros, por nuestra Iglesia y por nuestra Patria.

Por último, quiero manifestar algo quizá no esté suficientemente destacado. El inmenso número de personas que han seguido la enfermedad del Cardenal Urosa. El dolor de la gente sencilla por su sufrimiento. Es un signo que su pastoreo, su predicación y su amor por Venezuela están en el corazón de muchísima gente, especialmente la más sencilla.

¡Dios te bendiga Cardenal Urosa!Para mí fue un gran don de Dios haber compartido contigo en el pastoreo de Caracas.

¡Ruega por nosotros con la fuerza de los santos en el Cielo!

Amén.

Caracas, 25 de septiembre de 2021

+ Fernando Castro Aguayo, Obispo de Margarita

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