Omar Uribe: El Primer Gran Demagogo

Por Omar Uribe

Hay un libro titulado Guzmán Blanco, “el autócrata civilizador” (parábola de los partidos políticos tradicionales en la Historia de Venezuela. 1952. Narración cronológica, imprenta García Vicente. Madrid) escrito por R.A. Rondón Márquez que es  un documento fundamental para entender la tragedia venezolana que ya había prefigurado el Libertador en su Carta de Jamaica.

Ese gran demagogo será Antonio Leocadio Guzmán, que jugará un papel muy importante, en sentido negativo, a lo largo de sesenta años contribuyendo a descarrilar un país que se estaba regenerando, y que, a diferencia del resto de los países de América latina, había logrado una importante estabilidad y recuperación luego de su independencia, especialmente a partir de 1830.

Antonio Leocadio, luego de sus pecados realistas (había sido segundo del gobernador Moxó y cómplice de desafueros contra los patriotas y la humillación de la esposa de Arismendi, la heroína Luisa Cáceres de Arismendi), quien, posterior a Carabobo, huyó a Puerto Rico, para regresar años más tarde al país como editor de periódicos (El venezolano y el Argos) y desde esas tribunas debutó atizando intrigas contra La Gran Colombia que terminará en ruptura, no sólo por sus campañas, sino porque a Santander le parecía, muy seguramente, menor el cargo de Vicepresidente, y además, como lo advirtió Bolívar en su Carta de Jamaica en 1815, los neogranadinos eran enemigos del centralismo. El demagogo puso su granito de arena para que Venezuela con la llamada Cosiata, encabezada por Páez, ratifica la separación de Venezuela de la Gran Colombia. Jugó, además, Antonio Leocadio, un papel importante en la manipulación de la propuesta de coronación de Bolívar y será tutor del partido Liberal y de las insurgencias civiles y militares contra la joven república.

Caracas era un hervidero de pasiones y partidos: monárquicos, demócratas y pardocratas, éstos últimos protagonistas de la Rebelión de Petare (1824).

María Antonia, la sensata hermana de Bolívar le escribe: “celebro infinito que vengas aquí con tropas, como me dices. Esto está muy necesitado de tú presencia: hay mil picardías y partidos, pero en el momento que te presentes desaparece todo. Mandan ahora un comisionado (Antonio Leocadio es el comisionado. Nota del articulista) a proponerte la corona. Recíbelo como merece la propuesta, que es infame, y parte de las potencias de Europa, a ver si concluyen con nuestra existencia miserable a manos de los partidos, pero di siempre lo que dijiste en Cumaná el año 14, que serías Libertador o muerto. Ese es tú verdadero título, el que te ha servido sobre los hombres grandes y el que te conservará las glorias que has adquirido a costa de tantos sacrificios. Detesta a todo el que te proponga corona, porque ése procura tu ruina. Acuérdate de Bonaparte e Iturbide y de otros muchos que no ignoras…”

Estos sucesos y muchos más llevan a Bolívar, tal como lo había prefigurado en su Carta de Jamaica y como lo reseñó Cuicar, a decir: 1.) La América Latina es ingobernable para nosotros. 2.) El que sirve a una revolución en el mar. 3.) La única cosa que se puede hacer en América Latina es emigrar (por cierto, María Antonia, sumida en la pobreza y la decepción, le dice a Bolívar que piensa emigrar a EE.UU). 4.) Este país, La Gran Colombia, luego de ser fragmentada caerá en manos de multitudes desenfrenadas y luego en manos de tiranuelos casi imperceptibles de todos colores y razas. 5.) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignaron conquistarnos. 6.) Si fuera posible que una parte del mundo volviera al caos primitivo, ese sería el último período de América Latina.

Como señalé en mis artículos anteriores, lamentablemente Bolívar creyó que la solución era la unión política y no pudo ver o comprender las claves profundas del éxito de los “hermanos del Norte” como los llamaba, y conoció más de la revolución francesa y de Rousseau que de John Locke, Juan de Mariana o de Adam Smith. No obstante, ser muy cierta la tragedia latinoamericana hasta el sol de hoy (2023), hubo un factor clave que pudo tener éxito y lo logró parcialmente: los principios morales y la honestidad de Bolívar y sus mejores hombres: Sucre, Urdaneta, Ribas, Páez, etc. Por ejemplo, si Rafael Urdaneta, príncipe del sacrificio, la honestidad y el amor a la patria, no muere en su misión diplomática en Europa debido al deterioro de los riñones producto de tanto cabalgar en misiones patrióticas, José Tadeo Monagas, un militar de la guerra de independencias, pero muy distante de los valores morales de Urdaneta, no hubiese sido postulado como presidente por Páez y la dictadura de él y su hermano José Gregorio Monagas, no hubiera llenado de páginas sangrientas e infames acciones la historia de la joven república.

El general Páez, de esa camada moral e íntegra formada por Bolívar, muy denostado por seres que ni siquiera le llegan a sus tobillos, jugó un papel determinante en ese país azotado por la anarquía y fue, a pesar de sus defectos de llanero y caudillo militar, el soporte vital de la institucionalidad constitucional hasta que José Tadeo Monagas lo traicionó (a pesar de haber sido perdonado por Páez en Pirital luego del alzamiento de Oriente para promover la formación del Estado de Oriente (otro gobierno más) integrado por las provincias de Cumaná, Barcelona, Margarita y Guayana, con Santiago Mariño como jefe de Estado y José Tadeo Monagas como segundo jefe provisional. La insurrección concluirá con la separación de Mariño del Ejército constitucional y con la entrevista sostenida los días 23 y 24 de junio -en Valle de la Pascua- entre Páez y José Tadeo Monagas) al convertir su gobierno electo por los “conservadores” de Páez, en un gobierno de “liberales”, creando un atajo para que éstos llegaran al poder sin el respaldo electoral. Monagas ordenó el asalto al Congreso el 24 de enero de 1948. Páez, se levantó en los llanos en defensa de la majestad del Congreso y será señalado de faccioso, derrotado, lamentablemente, por su antiguo teniente Cornelio Muñoz en la batalla Los Araguatos, y obligado a buscar refugio en la Nueva Granada, para el año siguiente retorna buscando reparar los daños a la constitución, corriendo peor suerte, al punto que son derrotados por doquier y debe irse al exilio. “Monagas -dice Rondón Márquez- es ahora el nuevo hegemón, y gobernará autocráticamente y, lo que es peor, desmoraliza la administración pública, que durante los cuatro lustros anteriores se caracterizó por su orden, pulcritud y honradez, sobre todo en el manejo de los fondos públicos y en el cumplimiento de las obligaciones con el Estado”.

Dos personajes diametralmente opuestos son clave en la Venezuela de su infancia republicana y civilizatoria. Santos Michelena y Antonio Leocadio Guzmán. Santos Michelena había forjado sus conocimientos económicos y administrativos en Pennsylvania y fue el gran ministro de Páez y de Soublette. A Páez le enseñó principios de la sana administración. Un día, Páez le pidió un adelanto de sueldo y Santos Michelena le dijo que eso no era posible. Que lo que sí podía hacer era sugerirle que consiguiera el dinero prestado con algún amigo y él se comprometía a retener el sueldo correspondiente a favor del prestamista. Para Santos Michelena los dineros públicos eran sagrados porque le pertenecían a toda la nación. Caso muy diferente sucederá cuando Cipriano Castro en tránsito por Valencia hacia Caracas, su potencial ministro valenciano, le dijo: “-Usted, va a necesitar un ministro que cuando Ud., necesite 100 mil pesos, se los ponga en su escritorio sin preguntar absolutamente nada”. Ese pícaro valenciano, por supuesto, fue su ministro de confianza, porque ya se había establecido por los “liberales” que el tesoro público era la recompensa de los que llegaban al poder y antes que Castro lo harían sus antecesores.

Santos Michelena frente al grave problema del contrabando que azotaba a Venezuela sostuvo que, para evitarlo, en lugar de una flota marítima costosa para vigilar las costas del país, era más eficiente bajar los impuestos. Y en efecto, la medida trajo enormes beneficios a las rentas nacionales y una disminución del contrabando. También le correspondió el mérito de diseñar y formar el Tratado Pombo-Michelena que estableció las cuotas de pago de Venezuela y la Nueva Granada por las deudas asumidas en la guerra de independencia. Santos Michelena, según nos cuenta el historiador Gil Fortoul fue apuñalado por la turba de “liberales” que asaltó el Congreso de la república por orden de José Tadeo Monagas, asedio en que asesinaron a José Antonio Salas, Juan García, y Francisco Argote, parlamentarios. Santos Michelena fue trasladado a la Legación Británica dónde murió el 12 de marzo. En 1835, siendo ministro, Santos Michelena le negó su voto al indulto de Pirital en Sabana del Roble propuesto por Páez a favor de José Tadeo Monagas y los sublevados en el oriente del país. Como las turbas ni siquiera conocían a los parlamentarios cuenta Gil Fortoul, sabían que aquellos que llevaran un brazalete amarillo eran de los suyos y los que no debían ser eliminados.

En el Congreso se discutía enjuiciar al presidente José Tadeo Monagas por hechos violatorios de la Constitución. Se le acusaba de haber ejercido facultades extraordinarias ilegalmente, emplear la fuerza armada sin consentimiento del Consejo de Gobierno y de haber ejercido la administración fuera de la capital. Esto trajo como resultado una fuerte disputa política entre el gobierno de José Tadeo Monagas, del Partido Liberal, y José Antonio Páez, apoyado por el Partido Conservador que culminó con el referido asalto al Congreso.

A partir de este momento José Tadeo Monagas logró gobernar sin limitantes, armando su gabinete y al congreso con representantes del Partido Liberal. Monagas convierte a Antonio Leocadio Guzmán en ministro de Interior y Justicia y después en vicepresidente, y al guerrillero Ezequiel Zamora lo nombra comandante del ejército, ambos condenados por las leyes por sus conspiraciones. Una vez culminado el período de gobierno de su hermano José Gregorio Monagas (1851-1855), José Tadeo fue elegido nuevamente en unas polémicas elecciones en las que gana con casi el 100% de los votos (período 1855-1859). Reformó la Constitución en 1857, a través de la cual se empezó a permitir la reelección y se alargó el período presidencial dos años más.

Desde la ciudad de Valencia se produjo la Revolución de Marzo encabezada por el general Julián Castro. Monagas solicitó apoyo al Congreso Nacional, pero le fue negado. Por este motivo, José Tadeo Monagas el 15 de marzo de 1858 se vio en la obligación de renunciar a la presidencia, solicitando asilo en la Legación de Francia en Caracas. El derramamiento de sangre fue inevitable, ya que su derrocamiento fue una de las principales causas de la Guerra Federal.

No hemos alejado un poco de Antonio Leocadio Guzmán, el gran demagogo. Era un hombre ilustrado y a través de sus periódicos libró luchas contra la llamada oligarquía conservadora cuyo líder era el general Páez, a quienes llamaba godos ( egoístas). La oligarquía conservadora gobernaba con decencia y el origen de su legitimidad venía dada por el voto selectivo. La población del país era de casi un millón trescientas mil personas y los electores de primer grado debían saber leer y escribir, tener una renta, empleo o profesión que generara una renta de 300 pesos anuales y eran unos sesenta mil que elegían a casi nueve mil de primer grado. Antonio Leocadio exigía el voto universal y es lógico suponer que su prédica calara porque la decencia del gobierno no alcanzaba para satisfacer las necesidades populares que eran infinitas. Aprovechando la libertad de imprenta existente, el demagogo ofrecía solucionar los problemas de los pobres si con el voto popular masivo lo encumbraron al poder para establecer la “igualdad” y la “justicia social”. Sus prédicas llegaron al punto de criticar al gobierno de Soublette porque ahorraba dinero para pagar la deuda pública y él sostenía que esa no era una prioridad sino la creación del Instituto de Crédito Territorial, ley que Soublette vetó como presidente, pues estimaba que esa institución no beneficiaba a todos los venezolanos por igual. La popularidad del demagogo crecía como la espuma y en marzo de 1845 se produce un alzamiento popula3, aumentado por el rumor que el demagogo había sido puesto preso. Su poder popular creció tanto que como si fuese un militar en armas, que se planteó un encuentro entre él y Páez en Maracay. A ese encuentro fue rodeado de millares de personas de todas las razas y sectores sociales, unas 4 mil personas rumbo a Maracay para obligar a Páez a “rectificar”. El encuentro no se dio, pues se produjo el alzamiento armado contra el gobierno del Indio Rangel, más tarde el de Ezequiel Zamora para producir una guerra civil muy importante. Vencidas las insurrecciones armadas, muerto el Indio Rangel en combate, el demagogo y Zamora fueron juzgados y condenados a muerte.

Antonio Leocadio fue encontrado escondido en unos muros tapiados en una casona de Caracas, por Juan Vicente González, que desempeñaba un cargo oficial, otro gran ciudadano, escritor y sabio de nuestro siglo XIX que había sostenido un arduo debate intelectual con el demagogo desde otras tribunas periodísticas. La conversión de Monagas al “liberalismo” le salvó la vida al demagogo y a Zamora, y los encumbró al poder del Estado. Eso no significó nada favorable para el pueblo con la diferencia que a partir de entonces la corrupción eliminó la decencia y la honradez que había caracterizado a los gobiernos de Páez, Soublette y el Dr. Vargas.

Para finalizar diré que ese “liberalismo” nada tenía que ver con el liberalismo clásico que postulaba menor injerencia del gobierno en la vida social, respeto a la propiedad, la vida y la libertad individual. Luego, vino la Guerra Federal, más caudillos, más demagogos, más ladrones, más dictadores, hasta la fecha en que la Venezuela soñada por Bolívar está en ruina material y moral.

* Editado por los Papeles del CREM. Responsable de la edición: Raúl Ochoa Cuenca.

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