Por Omar Uribe
Si bien El Libertador Simón Bolívar no fue un granjero próspero como George Washington, fue un gran líder militar, un hombre con bienes de fortuna y un gran intelectual; dueño, además, de un gran estilo literario que habla de su cultura personal y sensibilidad, amén de una honestidad a toda prueba. Sólo al leer la Carta de Jamaica (una gran confesión) originada en 1815, salta a la vista su cultura, sus angustias genuinas, su enorme sentido de la responsabilidad y su honestidad. Como él mismo escribe en la citada carta: “…más nosotros. Que apenas conservamos vestigios de los que en otros tiempo fue y que por otra parte no somos indios, ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles; en suma siendo nosotros americanos por nacimiento y nuestros derechos los de Europa, tenemos que disputar éstos a los del país, y que mantenemos en él, contra la invasión de los invasores; así nos hallamos en el caso más extraordinario y complicado; no obstante que es una especie de adivinación indicar cuál será el resultado de la línea de política que la América siga…”
El Libertador se queja que… “la Europa civilizada, comerciante y amante de la libertad, permite que una vieja serpiente, por sólo satisfacer su saña envenenada devore la más bella parte de nuestro globo…” y agrega: “Que demencia la de nuestro enemigo, pretender reconquistar la América, sin marina, sin tesoro y casi sin soldados, púes los que tiene, apenas son bastantes para retener a su propio pueblo en una violenta obediencia y defenderse de sus vecinos…” Y agrega a su queja: “No sólo los europeos, hasta nuestros hermanos del Norte se han mantenido inmóviles espectadores de esta contienda, que por su esencia es la más justa, y por sus resultados la más bella e importante de cuantas se han suscitado en los siglos antiguos y modernos, porque ¿hasta dónde se puede calcular a trascendencia de la libertad del hemisferio de Colón?
También, al referirse a las poblaciones dice: “Cerca de un millón de habitantes se contaban en Venezuela y, sin exageración, se puede asegurar que una cuarta parte ha sido sacrificada por la tierra, la espada, el hambre, la peste, las peregrinaciones; excepto el terremoto, todo resultado de la guerra”. Y agrega: “además los tributos que pagan los indígenas; las penalidades del esclavo; las primicias, diezmos y derechos que pagan los labradores y otros accidentes alejan de sus hogares a los pobres americanos”. Esto lo refiere en su carta para aludir, adicionalmente, a las dificultades para tener un censo acertado sobre la población de los países independizados.
Pero lo más importante que queremos reseñar es la incertidumbre y dolor que expresa Bolívar sobre el futuro de la naciones independizadas, pues cuando señalamos en el artículo anterior las diferencia entre los granjeros prósperos que eran miles (Washington y Jefferson, reseñados por ser líderes, Vs el heredero: Bolívar) aludimos al gran tejido social subyacente en América del Norte que se desarrolló para hacerlos una gran potencia agrícola aún antes de la Independencia; y también, como una colonia nación con una democracia directa ejercida a través de sus comunas desde los días posteriores en que los peregrinos del Mayflower arribaron a las costas del nuevo continente y habían recibido de la Compañía de Virginia una concesión de un poco más de 32 mil hectáreas.
Los indígenas cultivaban maíz (llamado el grano indio), calabazas y tabaco. Los agricultores llegados a esta tierra de promisión aprendieron y valoraron que el maíz, en media hectárea cultivada producía el doble de alimento que los cereales de Europa; y el tabaco, denostado colmo hierbajo por el rey Jacobo I, era más rentable que los demás cultivos. Por eso la mazorca se convirtió en el símbolo de la abundancia, al igual que el pavo (ave originaria de ese país). El maíz, los frijoles y las calabazas eran los cultivos de los pueblos indígenas y los llamaban “Las tres hermanas”. Los colonos descubrieron: castañas, nueces y avellanas en abundancia: además, melones, tomates, arroz, grosellas, moras, fresas, todas en estado silvestre o de fácil cultivo. Sin mencionar las fuentes de agua y su abundante pesca o los bosques que al decir de Míster Higginson (1629) ministro inglés para los colonos de Cape Anne: “Toda Europa es incapaz de hacer fogatas tan grandes como las de Nueva Inglaterra”. Aún 300 años antes de llegar John Wintrop, pese a su escasísima población, ese continente era un emporio en petróleo, zinc, algodón, carbón, plomo, cobre y pare de contar.
Bolívar escribe en su valiosa carta de Jamaica: “Los americanos en el sistema español que está en vigor, y quizás con mayor fuerza que nunca, no ocupan otro lugar en la sociedad que el de siervos propios para el trabajo, y cuando más el de simple consumidores; y aún esta parte coartada con restricciones chocantes, tales son las prohibiciones del cultivo de frutos de Europa, el estanco de las producciones que el rey monopoliza, el impedimento de las fábricas que la misma península no posee, los privilegios exclusivos del comercio hasta de los productos de primera necesidad, las trabas entre provincias y provincias americanas, para que se traten, entiendan, ni negocien; en fin, ¿quiere Ud. Saber cuál es nuestro destino? Los campos para cultivar el añil, la grana, el café, la caña, el cacao y el algodón, las llanuras solitarias para criar ganados, losa desiertos para cazar las bestias feroces, las entrañas de la tierra para excavar el oro no pueden saciar a esa nación avarienta. Tan negativo es nuestro estado que no encuentro semejante en ninguna otra asociación
civilizada, por más que recorro la serie de las edades y la política de todas las naciones. Pretender que un país tan felizmente constituido, extenso rico y populoso, sea meramente pasivo ¿No es un ultraje y una violación de los derechos de la humanidad?
Estábamos como acabo de exponer, abstraídos, y digámoslo así, ausente del universo en cuanto es relativo a la ciencia del gobierno y administración del Estado. Jamás éramos virreyes ni gobernadores, sino por causas muy extraordinarias; arzobispos y obispos pocas veces; diplomáticos nunca; militares sólo en calidad de subalternos; nobles sin privilegios reales; no éramos, en fin, ni magistrados, ni financistas y casi ni aún comerciantes, todo en contravención directa de nuestras instituciones.
El emperador Carlos V formó un pacto con los descubridores, conquistadores y pobladores de América, que como dice Guerra, es nuestro contrato social. Los reyes de España convinieron solemnemente con ellos que lo ejecutasen por su cuenta y riesgo, prohibiéndolo hacer a costa de la real hacienda, y por esta razón se les concedía que fuesen señores de la tierra, que organizasen la Administración y ejerciesen la judicatura en apelación con otras exenciones y privilegios que sería prolijo detallar. El rey se comprometió a no enajenar jamás las provincias americanas, como que a él no tocaba otra jurisdicción como la del alto dominio, siendo una especie de propiedad feudal la que allí tenían los conquistadores para sí y su descendencia. Al mismo tiempo existen leyes que favorecen casi exclusivamente a los naturales del país originarios de España en cuanto a los empleos civiles, eclesiásticos y de rentas. Por manera que, con una violación manifiesta de las leyes y de los pactos subsistentes, se han visto despojar aquellos naturales de la autoridad constitucional que les daba su código.
De cuanto he referido será fácil colegir que la América no estaba preparada para desprenderse de la metrópoli, como súbitamente sucedió, por el efecto de las ilegítimas cesiones de Bayona y la inicua guerra que la Regencia nos declaró, sin derecho alguno para ello, no sólo por la falta de justicia, sino también de legitimidad.
Continúa confesando en la Carta de Jamaica. “En tanto que nuestros compatriotas no adquieran los talentos y virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los sistemas enteramente populares, lejos de sernos favorables, temo mucho que vengan a ser nuestra ruina. Desgraciadamente, estas cualidades parecen estar muy distantes de nosotros en el grado que se requiere; y, por el contrario, estamos dominados de los vicios que se contraen bajo la dirección de una nación como la española, que solo ha sobresalido en fiereza, ambición, venganza y codicia.
En un próximo artículo divulgaré las prevenciones de El Libertador sobre el futuro político de los países americanos y terminaré con un tercero, titulado: El primer gran demagogo, con lo cual aspiro dar un aporte a la discusión solicitada por Raúl Ochoa Cuenca de los papeles del CREM e iniciada por el economista Orlando Cuicar.
Omar Uribe, desde San Cristóbal, septiembre del año 2023.
* Editado por los Papeles del CREM. Responsable de la edición: Raúl Ochoa Cuenca.