Las variantes intelectuales y políticas de la agonía de la posmodernidad

Por José Rodríguez Iturbe

Introducción

Estamos en presencia de una crisis epocal. Una crisis en la cual los consensos parecen lograrse en torno a lo que se rechaza más que sobre lo que se propone. Y se rechaza la dignidad de la persona humana y de los pueblos, en cuanto se ignora la libertad como exigencia de la conducta propiamente humana. Porque se prescinde de la persona y se ignora lo humano. Es una crisis cultural y política. Negada la verdad como realidad del ser, el culto a la mentira o el fanatismo de la duda han resultado las vestimentas de nuevas falacias que pretenden adornar sus carencias con la careta de la seudo-ciencia.

Nunca el ser humano había mostrado mayor capacidad de avance tecno-científico y conocimiento y control de sí y de la biosfera. Y nunca, paralelamente, la pérdida del sentido de solidaridad en la comunidad humana había expuesto tan brutalmente el vacío de la soledad, de la incertidumbre y de la angustia. La ausencia de solidaridad es consecuencia de la búsqueda del bienestar partiendo de la individualidad egoísta, con la ignorancia del otro, del semejante y del respeto a su intimidad. El existir es coexistir. Pero no se trata de una simple situación. Es una exigencia vital de quien capta la pobreza ontológica radical de su situación de creatura. Es un reclamo de trascendencia que lleva a cada quien a la búsqueda del orden radical que lleva no sólo a la afirmación de un orden histórico-político, sino también, como necesidad fontal, al reconocimiento trascendente de una finalidad vital humana que lleva, con ansia de verdad amorosa, a la búsqueda y al encuentro con Dios. La fe en el Dios que es Amor es una verdad radical. Se ha dicho a menudo: El ideólogo cree que sabe; el hombre de fe sabe que cree. Y la primera participación amorosa en ese Dios que es Amor es el don gratuito de la fe. Con la luz de esa verdad pueden allanarse todas las oscuridades. No se trata de integrismos, sino de apartar con decisión los prejuicios de la Cristofobia tipificante de la amarga agonía de la postmodernidad. La modernidad, desde la autoconciencia cartesiana, se distinguió por las notas del subjetivismo y del relativismo.

La postmodernidad, desde el superhombre nietzscheano, de tan larga y variada descendencia, hizo exhibición agresiva del escepticismo y del nihilismo. Ni la razón ni la verdad importan en la cultura aún dominante. Y ello ha marcado la política postmoderna. Sólo la voluntad de poder es la que marca una historia, percibida como eterno progreso y como fin en sí misma. Si eso es así, la alianza de Maquiavelo con Nietzsche es la que tendría la llave de la puerta del porvenir. Pero entonces, se daría la antítesis de aquello que justifica nuestra presencia en el marco de lo público: la afirmación de la raíz ética de la acción política; y la consideración de ser la recta ratio y no la fuerza bruta la que posibilita la via civilis, el convertir la multitud en República. La crisis epocal se pone de manifiesto en la visión de la democracia, como forma política y como forma de vida, ayuna de principios y valores. Una democracia que no refleje, para decirlo en términos maritaineanos, una verdad a la cual servir, se agotará en los tinglados de lo procedimental, más o menos complejos, según los casos. Y una democracia atenta a lo adjetivo y no a lo sustantivo será siempre una democracia enferma, anémica cuando no agónica. Entre otras cosas, porque será incapaz de generar, alimentar y mantener la esperanza. Y como la política es siempre un sueño y una discusión sobre el futuro, su praxis se verá aquejada de una parálisis intelectual y volitiva, que producirá en los sujetos protagonistas políticos de la historia una pérdida creciente de auto respeto, de autoestima, sobre sus propias personas y sobre su actuar en el marco de lo público. Si el obrar sigue al ser y el modo de obrar al modo de ser, como decían sin mayores embrollos los viejos escolásticos, no podrán proclamar y defender la libertad como elemento sine qua non de la dignidad humana aquellos políticos que por falta de urdimbre moral e intelectual no puedan dar motivo de su opción política como resultado de una previa decisión moral de servicio al bien común. Porque no hay razón política que no tenga como fuente y apoyo basilar una razón moral: producto de la conciencia crítica de cada sujeto y de cada generación frente a los retos objetivos de su tiempo y de su pueblo.

La historicidad de la política no depende tanto de las posturas del adversario, sino de la capacidad de propuestas que quienes partimos de una Weltanschauung judeo-cristiana formulemos, con la plena conciencia de su perfectibilidad, pero como expresión de ese servir a la verdad que marcó el aporte de los disidentes checos como Vaclav Havel y Vaclav Benda, en su heroica afirmación frente a la falacia anti-humana del comunismo que los oprimió. El servir a la verdad (como decisión antagónica a servir a la mentira) fue lo que les permitió, cultural y espiritualmente, en las condiciones más adversas, construir lo que ellos llamaban la polis paralela. Esa polis paralela fue, en medio de la opresión, la persecución y

la cárcel, la semilla, la primera piedra de la vivere civile que hizo posible la aurora, de un esfuerzo que nunca acaba, de convertir, cultural, espiritual y políticamente, la multitud en República. Hoy, más que nunca, el trabajo político es un trabajo cultural. Esa es la razón de estas páginas que agrupan distintos trabajos con el denominador común de la modernidad, la postmodernidad y la crisis cultural que muestra una dinámica de cambio. La exigencia de un renacimiento humanista nutrido de una savia judeo-cristiana permitirá la afirmación de la persona y de su dignidad, en medio de las incertidumbres y angustias actuales.

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