Por Raúl Ochoa Cuenca y Johnny Diaz Apitz
Hablar de las mujeres de Irán y Afganistán no es simplemente referirse a contextos culturales distintos ni a tradiciones religiosas particulares. Es adentrarse en dos escenarios donde el poder político ha encontrado en el control del cuerpo y la vida de las mujeres una herramienta de dominación social.
Ambos países, aunque diferentes en su estructura institucional y en su evolución histórica, convergen en un punto crítico: la restricción sistemática de derechos fundamentales de las mujeres como política de Estado o como práctica de poder consolidado. Sin embargo, reducir esta realidad a una narrativa de victimización sería un error. En ambos casos, lo que emerge con fuerza es la persistencia de la resistencia.
Historia de avances interrumpidos.
Irán: modernidad truncada y control institucionalizado.
Antes de la Revolución Islámica de 1979, Irán vivía una etapa de apertura donde las mujeres participaban activamente en la vida pública, académica y profesional. No era un sistema perfecto, pero sí uno en el que el acceso a la educación y al trabajo formaba parte de una dinámica de modernización.
Ese proceso se interrumpió abruptamente con la instauración de la república islámica. A partir de entonces, el Estado no sólo reguló la conducta social, sino que legisló sobre el cuerpo femenino: el uso obligatorio del velo, las limitaciones en materia de derecho familiar y la subordinación jurídica en múltiples ámbitos pasaron a formar parte de la estructura legal.
Sin embargo, el dato que incomoda a cualquier análisis simplista es que las mujeres iraníes no fueron expulsadas de la sociedad. Permanecieron, estudiaron, se profesionalizaron y, con el tiempo, se convirtieron en una fuerza social difícil de contener. Hoy, su presencia en universidades y sectores técnicos es significativa, y su voz ha encontrado nuevas formas de expresión, especialmente en espacios digitales y movimientos sociales.
La muerte de Mahsa Amini en 2022 no fue un hecho aislado: fue el detonante de una indignación acumulada durante décadas. Las protestas que siguieron evidenciaron que el conflicto no es superficial, sino estructural.
Afganistán: del retroceso al borrado social.
Afganistán presenta un escenario aún más drástico. En las décadas de 1960 y 1970, especialmente en centros urbanos como Kabul, las mujeres tenían acceso a educación, empleo y participación social. Esa realidad, aunque no universal, demostraba que existía un camino posible.
Ese camino fue desmontado por décadas de conflicto, y finalmente clausurado con el retorno del régimen talibán en el año 2021. A diferencia de Irán, donde existe un sistema legal que regula y restringe, en Afganistán se ha producido algo más radical: la exclusión casi total de la mujer del espacio público.
Las restricciones actuales no son parciales y graduales. Son absolutas: la educación femenina ha sido prácticamente anulada en niveles superiores, el trabajo ha sido limitado o prohibido en múltiples sectores, y la movilidad se encuentra condicionada por la presencia masculina.
Lo que ocurre en Afganistán no es solo una regresión. Es, en términos prácticos, un intento de desaparición social de la mujer. Más allá de la religión: el uso político del control femenino: Uno de los errores más frecuentes es atribuir estas realidades exclusivamente al Islam. Esa lectura no resiste análisis serio.
La clave está en la instrumentalización política de la religión. Tanto en Irán como en Afganistán, el poder ha construido una narrativa donde el control de la mujer se presenta como un imperativo moral, cuando en realidad funciona como un mecanismo de orden social.
Existen múltiples países de mayoría musulmana donde las mujeres gozan de mayores derechos y libertades. Esto desmonta el argumento religioso como causa única y apunta directamente al factor determinante: la forma en que el poder interpreta y aplica la norma. En este contexto, el cuerpo femenino deja de ser un ámbito privado para convertirse en un territorio político.
Resistencia, visible en unos casos, silenciosa en otros
La resistencia femenina en estos países no responde a un único patrón. En Irán, se manifiesta de forma abierta: protestas, activismo, desafío a normas impuestas como el uso obligatorio del velo. Es una resistencia visible, que confronta directamente al Estado. En Afganistán, la resistencia es más silenciosa, pero no menos significativa. Se expresa en redes clandestinas de educación, en pequeñas protestas que enfrentan represión inmediata, y en la decisión cotidiana de no desaparecer completamente.
En ambos casos, la resistencia no es episódica. Es estructural. Forma parte de la vida diaria. El punto crítico: una realidad jurídicamente insostenible: Desde una perspectiva política y jurídica, la situación es clara y no admite ambigüedades.
Las condiciones en que viven las mujeres en Irán y Afganistán entran en conflicto directo con principios fundamentales del derecho internacional, incluyendo los establecidos por la Naciones Unidas y recogidos en instrumentos como la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer.
No se trata de interpretaciones discutibles. Se trata de vulneraciones evidentes: la negación del derecho a la educación, la restricción del acceso al trabajo, la limitación de la libertad de movimiento y la ausencia de igualdad jurídica constituyen violaciones claras de estándares internacionales. En Afganistán, esta situación ha llevado a que expertos hablen abiertamente de un posible “apartheid de género”, una categoría que, aunque aún en desarrollo dentro del derecho internacional, refleja la gravedad del fenómeno: la segregación sistemática de un grupo humano en función de su sexo.Para algunos sociologos la actual elite que administra el poder en esa nacion la mujer en muchos casos no es mas que una maquina de hacer hijos. Es la mayor manifestación en el mundo actual de una sociedad donde la mujer viene relegada a eso: parir. La tasa de natalidad en Afganistán es una de las más altas del mundo, situándose en aproximadamente 35,44 nacimientos por cada 1.000 habitantes en 2023. El índice de fecundidad es alto, con un promedio de 4,84 hijos por mujer, impulsado por factores como matrimonios tempranos, bajo uso de anticonceptivos y tradiciones culturales. Nos permitimos exponer como contraposición a la realidad poblacional en Afganistán la del Reino de España: La tasa de fecundidad en España es una de las más bajas del mundo, situándose en aproximadamente 1,1 a 1,16 hijos por mujer según estimaciones de 2024-2025. El número de nacimientos ha tocado mínimos históricos, registrando cerca de 318,000 a 322,000 nacimientos en 2024, con una ligera estabilización reciente tras una década de descensos. (más fallecimientos que nacimientos). Según estadísticas de la misma comisión de la Unión Europea, la edad promedio en que una ciudadana Italiana o española se paren el primer hijo es a los 37.7 años de edad.
Por otra parte no deja de tener notoriedad que en En Afganistán, la edad promedio en la que una mujer se convierte en madre por primera vez es aproximadamente 19.9 a 20 años. Esta cifra se mantiene baja debido a factores como el matrimonio infantil y forzado, con un 28% de las niñas casándose antes de los 18 años, y en oportunidades inmediatamente despues de alcanzar la etapa de la pubertad. En las mujeres es el periodo de transición (generalmente entre los 8 y 13-14 años) donde ocurren cambios físicos y hormonales para alcanzar la madurez sexual. A partir de ese momento las niñas y no solo en Afganistán sino también en la mayoría de los países musulmanes del Medio Oriente, estas niñas son posibles madres.
Esta bestialidad, fundamentada generalmente por bastardos interes economicos y financieros goza del silencio internacional: en términos jurídicos, la responsabilidad es directa. En Irán, las restricciones están codificadas en el sistema legal mientras que en Afganistán, el régimen talibán, aunque no reconocido universalmente, ejerce control efectivo y, por tanto, genera responsabilidad internacional.
Pero hay otro elemento que no puede ignorarse: la limitada capacidad de respuesta de la comunidad internacional. Las condenas existen. Las declaraciones también. Incluso algunas sanciones. Pero los mecanismos efectivos de protección siguen siendo débiles o insuficientes. Esto deja al descubierto una realidad incómoda: el reconocimiento de derechos no garantiza su protección.
Las Mujeres de Irán y Afganistán, la Resistencia de las sombras vivas.
Escribir sobre las mujeres en Irán y Afganistán desde una perspectiva externa suele ser un ejercicio de reducción: se las presenta como figuras estáticas, atrapadas en un tiempo medieval, esperando un rescate que siempre viene del Norte Global. Pero la realidad es un tejido mucho más complejo de agencia, geopolítica y una lucha milenaria por el derecho a existir bajo términos propios. No obstante esta realidad no vemos otra vía que la denuncia, de esta anormalidad jurídica y social.
El Umbral, lo público vs lo privado.
En Teherán o Kabul, cruzar la puerta de casa no es un acto cotidiano; es una transición entre dos universos. En Irán, la resistencia habita en la grieta: No es un estallido, es una erosión constante. Ocurre cuando una joven se pinta las uñas de un carmín encendido sabiendo que irán ocultas bajo guantes; es el mechón de pelo que «se escapa» del hiyab como un acto de desobediencia civil estética. En lo privado, las casas se convierten en santuarios donde se escucha rock, se debate filosofía y se preserva una identidad que el Estado intenta homogeneizar.
En Afganistán, el conocimiento es contrabando: Bajo el burka, que el mundo occidental ve solo como una cárcel de tela, las mujeres afganas transportan libros. Las «escuelas subterráneas» en sótanos y salas de estar son los verdaderos frentes de batalla. Aprender matemáticas o literatura no es solo educación; es un acto heroico de sabotaje contra un sistema que busca el borrado intelectual.
El Cuerpo: un territorio bajo asedio: El Estado no sólo dicta leyes; intenta legislar la piel, el movimiento y la mirada. La Metáfora del Espejo: En Afganistán, el cierre de salones de belleza no fue un tema de «vanidad», fue un intento de eliminar los últimos espacios de socialización femenina. Se busca que la mujer, al mirarse al espejo, no reconozca a un individuo, sino a una ausencia.
La mirada soberana: A pesar del intento de invisibilización, los ojos permanecen. En una cultura donde el rostro se oculta, la mirada femenina se vuelve hiper-expresiva, cargada de una narrativa que no necesita palabras para denunciar la injusticia. Los ojos son los cronistas de una realidad que el poder intenta negar.
El hilo de la voz. La poesía como arma. La resistencia no empezó con las redes sociales; fluye por las venas de una tradición literaria que se niega a morir.
Landays Afganos: Estos breves poemas de dos versos son la red social ancestral de las mujeres pastunes. Anónimos y punzantes, hablan de deseo, de odio a la guerra y de desprecio a los matrimonios forzados. Muestran que la mujer afgana nunca ha sido una víctima silenciosa, sino una crítica feroz de su entorno.
El canto prohibido: En Irán, donde la voz femenina solista es ilegal en espacios públicos, el acto de grabar una canción en un sótano es una metáfora de la libertad. La voz, vibrando en la clandestinidad, demuestra que el espíritu no puede ser contenido por decretos.
Solidaridad transnacional: Un eco regional.
El grito de «Jin, Jiyan, Azadi» (Mujer, Vida, Libertad) nacido en el Kurdistán y coreado en Irán, no se detuvo en las fronteras. El Eco en Kabul: A pesar de la vigilancia letal, mujeres afganas salieron a las calles con carteles en apoyo a las iraníes. Esta conexión desmiente la idea de que son luchas aisladas. Es un despertar regional que entiende que el patriarcado y el autoritarismo son enemigos comunes que se alimentan entre sí.
El Exilio como Megáfono: Las artistas y académicas en la diáspora no sólo huyen; se convierten en el sistema de soporte vital de la información, asegurando que lo que ocurre en las calles de Mashhad o Herat no sea silenciado por los apagones de internet.
La trampa de la historia.
Es crucial romper la narrativa de que estas mujeres están «despertando» ahora o que su opresión es puramente «cultural». La situación en Afganistán no es un subproducto natural del Islam, sino el resultado de décadas de intervenciones extranjeras que instrumentalizaron los derechos de las mujeres para justificar invasiones, solo para abandonarlas cuando los intereses geopolíticos cambiaron.
Irán y la respuesta al imperialismo: La estructura actual en Irán no puede entenderse sin la reacción pendular a décadas de intervenciones externas. Las mujeres iraníes no luchan por «occidentalizarse», sino por una soberanía que les fue arrebatada tanto por potencias externas como por el dogmatismo interno especialmente a partir del año 1979 con la llegada del Ayatola Khomeini y la teocracia como sistema político administrativo.
Concluimos esta nota esperando que sirva como instrumento que aproxime a muchos de nuestros lectores a entender mejor esta tragedia: la absoluta pérdida de la dignidad como seres humanos de las mujeres en esas dos sociedades. Esto a continuación es una nota publicada por Amnistía Internacional en su página.
“La pérdida de derechos de las mujeres y las niñas afganas desde agosto de 2021, cuando los talibanes se hicieron con el poder en Afganistán, es abismal. Se enfrentan a todo tipo de restricciones en su vida cotidiana: la mayoría no pueden trabajar, las niñas tienen prohibido ir a la escuela, las mayores a la universidad, y sufren graves restricciones de sus derechos a la libertad de movimiento, de reunión y de expresión, incluida su elección de ropa.
Además la mujer afganas se enfrenta ahora a un aumento de las amenazas de violencia de género, y están excluidas de la vida pública, de la participación política y de los órganos de poder donde se toman decisiones que les afectan directamente. Sin embargo, estas mujeres y niñas no se rinden. Su resistencia se conecta con los principios del feminismo: la lucha por la igualdad, la libertad y la dignidad de todas las mujeres, y desde Amnistía Internacional apoyamos su lucha.
Los autores de este trabajo expresamos nuestra profunda admiración y respeto a las extraordinarias mujeres afganas e iranianas. Recordamos a Mahsa Amini, la joven kurda asesinada por las verdugas de la llamada policía moral de Irán. Igualmente nuestro recuerdo a la premio Nobel de la Paz 2023, Narges Mohammadi, quien permanece encarcelada tras ser detenida de forma violenta la última vez en diciembre de 2025. A sus 53 años, enfrenta múltiples condenas adicionales por su activismo desde la prisión, sumando más de 7 años de reclusión por cargos como «propaganda contra el sistema».
La poesía de Nadia Anjuman es testimonio del dolor y la resistencia de la mujer afgana al sometimiento de una sociedad patriarcal. Nacida en 1988, en Teherán, donde sus padres se habían refugiado durante la invasión soviética a su país, Hassani volvió a Afganistán en 2005. Estudió en la Universidad de Kabul y fundó el colectivo de arte contemporáneo Rosh. Desde el retorno de los talibanes al poder, vive y pinta en la clandestinidad. Fue la primera mujer afgana que se dedicó al graffiti, creando un personaje que se ha convertido en símbolo de la resistencia femenina contra el fundamentalismo islámico. En 2021, la BBC la incluyó entre las 100 mujeres más influyentes del mundo.
Poema de Nadia Anjuman
Reclamo
Oh cielo, vierte sobre esta tierra
que calcinada añora siquiera una gota de lluvia vital.
Sus labios secos, su corazón en ascuas son el rostro de la muerte.
Oh nube, flota sobre este páramo ardiente.
Mil campesinos te esperan, ven
porque las montañas antes verdes de la ciudad hace mucho que se visten de luto.
Oh agua, sostén de la naturaleza, ven por favor. Tu ausencia quiebra el espíritu de las flores.
Los jardines se rinden
y las sonrisas se han secado en los labios.
Oh Dios, no permitas
que los labriegos mueran de sed en el horno del tiempo.
Una sola gota es un regalo eterno que reanimó sus manos débiles.
Oh Dios, ten piedad de los nómadas nómadas. Oh Dios, asiste al angustiado corazón del mar. Oh Dios, en los labios quemados de la primavera,
en los tórridos desiertos, vierte el alivio de la lluvia.
Somos tus humildes siervos rotos,
ahogados en el pecado, a tientas en la oscuridad. Oh Dios, no nos dejes caer aún más.
Aunque nos hemos ganado este suplicio, perdónanos.
Vierte sobre nosotros tu agua, porque estamos ardiendo;
un poco de agua para humedecer el ojo seco de la primavera. Esta tierra abrasada es el lecho de tu discípulo.
No permitas que derive hacia el caos total.
* Raúl Ochoa Cuenca, jurista.
* Johnny Diaz Apitz, sindicalista y ex diputado al parlamento de la República de Venezuela.
| Editado por los Papeles del CREM. Responsable de la edición: Raúl Ochoa Cuenca. |