Por Eduardo Martínez
La vida de los venezolanos se ha vuelto complicada. No por un momento, ni un período. Sino por largas décadas.
Aquí se sufre, se ríe, se padece, se agarran rabietas… pero con la particularidad que “todo a la vez”. Y además, es un show continuado que no tiene descanso.
Como esas funciones de los cines, que cuando la asistencia empezaba a decaer, pasaban la misma película todo el día. Se podía entrar en cualquier momento, y salir cuando le daba la gana al que pagaba el ticket.
Era un escape al stress. Si se detallaban los asistentes, en medio de la oscuridad, se veían vendedores, trasnochados, enamorados que aprovechaban el apagado de las luces para besarse, somnolientos que dormían, entre otros. En fín, una fauna de los más variada.
Sin embargo, esa continuidad de las proyecciones establece una diferencia con la cotidianidad venezolana de estos tiempos.
En primer lugar, ningún asistente paga un ticket. En segundo lugar, aquí en el día nos vemos las caras. Y, la más importante, la historia se repite una y otra vez a lo largo de los años… pero los actores siempre son los mismos, aunque parezcan distintos.
El símil del cine continuado tiene antecesor, que no es otro que aquellas viejas líneas de autobuses denominadas “circunvalación”.
Servicio de transporte popular que comenzó a imponerse desde tiempos de la dictadura, cuando era posible viajar desde Petare a Propatria por la seguidilla de avenidas conectadas: la Miranda, Andrés Bello, Urdaneta y Sucre. Todas obras de la dictadura.
Resulta que esa línea, entre otras, permitía que un pasajero por valor de 0,25 se montara sin bajarse ida y vuelta. Lo cual hacía para dormir, distribuir productos, o simplemente pasear si no tenía nada que hacer.
Ya en la década de los años 70 -cuando nos tocó ser testigos de la circunvalación- se compartía en los extremos de la ruta con guacales de vegetales, gallinas en bolsas de yute, cochinos amarrados, y para las Navidades, con pavos amarrados por el cuello con mecates.
Viajar en esos autobuses era, para nosotros adolescentes al regreso de los liceos, un show. Y todo, por un único pago de 0,25 bolívares.
Con el desarrollo de los medios audiovisuales, la realidad de las calles entró parcialmente a los hogares. Aunque sin duda, siempre han sido las calles la materia prima de ese show cotidiano. Y lo sigue siendo.
Lo más importante, es que los libretos de ese teatro lo escribimos entre todos. Es una escritura colectiva. En la cual nadie puede presumir derechos de autor, y tampoco hacerse el loco y eludir las responsabilidades de lo que se introduce en las historias, crónicas y anécdotas.
Lo más importante que sucede en Venezuela, los detalles que perfilan la profundidad, no siempre salen impresos en los periódicos, tampoco se dice en la radio, y menos se exhibe en la TV. Por lo menos en estos últimos tiempos de restricciones y censuras.
Para conocer la realidad, hay que salir a la calle. Pulsar el momento en conexión directa con los protagonistas. Ver de primera mano, si es que las manos ven, lo que da vuelta en las cabezas de los venezolanos.
Si es verdad, que más del 80% de los venezolanos viven en la pobreza – 8 de cada 10- hay que salir a la calle a ver el hambre.
De momento seguimos con el teatro de la cotidianidad.
Editor, www.eastwebside.com