Por Eduardo Martínez
En otros tiempos, y por ello los tiempos ni más fáciles ni más complicados, la llegada de la Navidad venía acompañada por las “parrandas”. Grupos de músicos aficionados que armaban unos pequeños conjuntos ad-hoc, tocando las puertas de las casas, cantando villancicos y alguna que otra gaita.
El ensamble era básico: un cuatro, la percusión era un tambor o una lata, dos rolitos cortados de un palo de escoba que hacían de clave, y a veces unas maracas, o unas chapitas de refresco aplastadas que se perforaban en el centro y se pegaban a un listón
Como nada es gratis, terminado un set de pocas canciones, pasaban el “cepillo”. Era el aguinaldo que retribuía el dueño de casa. Era una especie de intercambio: los músicos cantaban aguinaldos, y los vecinos le daban propinas de aguinaldos.
La operación se cerraba, cuando el más audaz de los muchachos deseaba Feliz Navidad, y el que menos cantaba se encargaba de sacar una lata para que le depositaran los bolívares.
El repertorio era también casi siempre el mismo: Noche de Paz, la Cabra Mocha, Niño Lindo, Adorar al Niño, entre otras interpretaciones.
De esa época ya lejana, y siendo un niño por allá a mediados de los años 60 del siglo pasado, recuerdo un episodio que me quedó grabado para siempre.
El país estaba incendiado por la insurrección guerrillera. Y la calle de Florida a San Pascual en Sarría -donde habitábamos para ese entonces- era lo que las UTC (Unidades Tácticas de Combates (UTC) del PCV) se cansaba de decir y grafitear que “Sarría era un territorio liberado”.
Los militantes revolucionarios, no perdían la oportunidad de hacer proselitismo entre los vecinos. Cada tanto aseguraban que Dios no existía, y que los curas eran unos explotadores
Por eso nos impresionó, tanto a los adultos como a los niños, que se agruparan en una Parranda para ofrecernos villancicos, y por supuesto, pasar raqueta.
Pero la sorpresa vino al final, cuando cantaron un popular aguinaldo cambiándole la letra. “El niño Jesús salió caminando, y la policía lo venía matando…”
Cuando se mencionan las parrandas no se puede dejar de lado lo que sucedía “casa adentro”, antes de abrir la puerta.
El que aportaba los bolívares, decía despectivamente en voz alta: “abran la puerta que llegaron los cantantes buchipluma”. Siendo reprendido por la esposa: “habla bajo que te van a oír”. Y era cuando los niños corrían hacia la puerta para apreciar la música en vivo.
El protocolo, todos los años el mismo, se iniciaba cuando tocaban la puerta o timbraban, y se daba inicio al concierto para que oyeran adentro el primer aguinaldo: “Tun Tun, quién es, gente de paz. Ábranos la puerta que ya es Navidad”.
Y mejor dejamos esto hasta aquí. En estos tiempos, lo del Tun Tun se puede salir del repertorio.
Fotografía: Parranda navideña en el barrio Julián Blanco, Petare Norte. Cortesía del blog centrociudadesdelagente.
@ermartinezd