Por Eduardo Martínez
El bienestar de las personas se observa en su individualidad. Y en su individualidad, sus costumbres cotidianas. Eso que constituye su agenda diaria, personal y a la cual se ha “acostumbrado” día tras día.
Cuando ese individuo es niño, entra a golpe y porrazo a la cotidianidad. Todo empieza con la escuela.
Llegado a la edad escolar, debe levantarse de lunes a viernes a una hora determinada, asearse, uniformarse, desayunar, preparar lo que se va a llevar a la escuela, para luego ser llevado a “su” Escuela. Un lugar en donde -a la vez- tendrá una agenda determinada.
El alineamiento de lo que el niño quiere hacer, en esas edades tempranas, con los requerimientos escolares, es lo que el niño terminará descubriendo que se llama “disciplina”.
Lo que diferencia a una sociedad civil de una militarizada o autocrática, es que en la civil prevalece el individuo sobre el colectivo. Y en ese sentido de la individualidad, queda reforzado por el deporte, la música y las normas de convivencia en los ámbitos de la escuela.
Pongamos como ejemplo la música. La música nace en el individuo. El estudiante se inicia en el arte de aprender a expresarse con un instrumento musical. Donde la manera más cercana, es la propia voz. El instrumento que emplean los cantantes para expresarse.
La determinación de abrir un estuche, sacar una flauta, y comenzar a tocar una melodía, termina siendo una expresión de libertad. Lo que nace de la voluntad del intérprete.
Cuando ese flautista ha adquirido una incipiente destreza, formará parte de una agrupación. Ese paso, le dará la disciplina para determinar otra vez en que momento debe hacer funcionar su instrumento. Claro, bajo la batuta de un director que va dando la pauta de principio y fin del segmento de una composición musical.
Así, todos se expresan, pero en su justo momento. Lo que da a la música uno de los privilegios de la enseñanza ciudadana: la enseñanza de ser un individuo que forma parte de un colectivo. Es su sano y libre interactuar con los demás.
Otro tanto sucede con el deporte. Mientras que la música se desarrolla con el estudiante que se mueve solo para ejecutar con su instrumento, en el deporte es la participación colectiva del individuo en movimiento. La persona aprende a engranar con los demás tras un objetivo común. Y ese objetivo es avanzar y marcar un tanto.
Sin embargo, la educación se basa en el aprendizaje individual. Es el niño, en su individualidad, el que aprende a leer y escribir, y adquirir conocimiento. Ese aprendizaje personal, tomará rápidamente un carácter competitivo. Se transformará en una competencia de quién aprenderá primero, quién obtendrá la mejor calificación, y quién destacará en el colectivo de estudiantes.
Es en esa “disciplina” que los niños y jóvenes son iniciados en el arte de la cotidianidad.
Ya adultos, la persona -ese ser indivisible y único de una sociedad- irá teniendo el arraigo de fijar las cosas que harán en su vida diaria.
La cotidianidad de finales del Siglo XX
La vida del venezolano, a finales de los años 90 del Siglo XX, se había construido sobre la tradición de varios centenares de años.
¿Desde la colonia? Nos atreveremos a señalar que -hasta en algunas cosas- probablemente desde la época pre colombina.
Ese venezolano, por ejemplo los que habitaban en los Valles del Tuy, se levantaba muy temprano, de 4 a 6 de la mañana. Mientras se aseaba y se tomaba una taza de guarapo, encendía la radio para oír las noticias de la mañana.
En el transporte que lo conducía a su lugar de trabajo, seguía oyendo la radio que tenía música, noticias, comentarios de los locutores y hasta la opinión de entrevistados. Así se enteraba de lo que había acontecido.
A la hora del almuerzo, en el comedor de la empresa o el tarantín cercano, ese venezolano del Tuy, veía en una televisión del lugar los programas, noticieros o shows del mediodía. En ocasiones o casi siempre leía el períodico del día que había comprado en un kiosco.
De regreso en la tarde, volvíaa a oír las noticias en el transporte de regreso a casa. Y en la noche, en la tranquilidad del hogar, solía ver el noticieros de las 8 mientras cenaba.
La programación de radio y TV, así como el conjunto de noticias en los periódicos, era de los más variado. Hablaban de todo, de todo el mundo, y sin mayores restricciones.
¿Cómo es la cuotidianidad un cuarto de siglo después?
Ese venezolano del Tuy, hoy en día tiene una cotidianidad distinta. Es verdad que se levanta a la misma hora, o antes. Mientras se asea y desayuna, busca una radio o un programa de televisión de música o de programas deportivos, o de temas generales. Cuando pasa frente a un kiosco, estos ya no tiene periódicos. Solo venden chucherías, cigarrillos y refrescos.
Al abordar el transporte, solo oirán programas de las estaciones “comunitarias”, plenas de arengas oficialistas, y con discursos grabados de hace una década.
Si trabajan en Caracas, solo cuando en la autopista regional del centro tiene Caracas a la vista, es que entrarán en el receptor estaciones privadas de la capital, en dónde podrán oír otras cosas distintas a la propaganda oficial. Y en la noche al cenar, si encienden la TV, solo podrán ver los canales oficiales.
Un cuarto de siglo después, viven la pérdida de su cotidianidad.
Fotografía: Tren del Tuy, fotografía de usuarios.
@ermartinezd