La afrenta al gentilicio italiano en Venezuela

Por Eduardo Martínez

Es una afrenta lo ocurrido con la iniciativa de un hospital en Caracas para los italo-venezolanos. Sobre todo, en momentos en los cuales la crisis humanitaria que se vive en Venezuela les ha dado con todo.

Hablar del éxito de los inmigrantes que se establecieron en Venezuela, va más allá del dinero que pudieron hacer y ahorrar. Es verdad que llegaron con su experticia artesanal y profesional, en momentos en que escaseaba la mano de obra especializada en el país.

Italia, el país que dejaron, estaba hundida en la miseria que había dejado la guerra. En tanto en Venezuela, había grandes oportunidades. En los dos países, luego del año 1945, el “hambre” era el término que los unía. Había hambre aquí y hambre allá.

Esos italianos, y no es peyorativo decirlo sino más bien enaltecedor de lo que fue su gesta, venían en los 40 y 50 “con un mano adelante y otra atrás”. Ahorraban para enviar algún dinero a sus pueblos. Para ello, almorzaban todos los días un pan de “a locha”, un cambur y una CocaCola. Fue el menú de cientos de miles de italianos en sus primeros tiempos en esta tierra.

Por muchos años, fue desconocido el impacto de la ayuda que estos inmigrantes enviaban a Italia. Hemos conocido – y en fecha reciente- los relatos de pueblos enteros que  podían comer cada día con los dólares enviados desde Venezuela. Como me dijo un italiano en un café en Torino: “Fue nuestro Plan Marshall”.

En Venezuela, el impacto todavía hoy es evidente. La ya numericamente significativa comunidad italiana, entre otras labores, construyó la Venezuela moderna: carreteras, autopistas, túneles, puentes, escuelas, campus universitarios, represas, edificios, casas, y todo aquello que los maestros de obras pudieran construir.

A esos italianos no los detuvieron los inmensos mares que separa a ambos países. Por el contrario, los unieron. Trajeron su cultura y la transmitieron a los venezolanos. Nos enseñaron a comer los platos de una tradición culinaria milenaria. Se casaron con venezolanos y venezolanas. Hicieron familia de manera honorable, decente, y totalmente integrados a la manera de ser y vivir de los venezolanos.

Resulta que hasta las personas tienen fechas de caducidad. Esos italianos, que vinieron jóvenes y se quedaron, los que sobreviven, ya son ancianos. Están retirados.

No todos se volvieron millonarios. La mayor parte vivía, hasta el estallido de la crisis venezolana, de su pensión del seguro social, y uno que otro, de una ínfima pensión italiana. Hoy en día, la suma de estas dos pensiones ya no da para vivir, en un país en que los alimentos cuestan mensualmente unos 400 dólares para cada familia, según las estadísticas del CENDA.

Es en esta circunstancia en que surge la necesidad de ayudas humanitarias para la comunidad italo-venezolana. Y entre esas ayudas, se hace urgente la creación de un “hospital italiano”. Una iniciativa, que contó en sus orígenes, con la participación de italianos más afortunados, de empresas italianas, fundaciones, y organismos del Estado italiano, conscientes del abandono de numerosos integrantes de la comunidad.

Sin embargo, como suele suceder en este mundo que nos toca vivir, nunca estamos exentos que también participen unos pocos elementos del mal vivir, que no pierden la oportunidad de aprovecharse de las necesidades de las mayorías. Ni más ni menos, eso es lo que ha pasado. Como lo relató con precisión el periodista Thomas Mackinson, de Il Fatto Quotidiano.

El escándalo del «Hospital fantasma», es una afrenta al gentilicio italiano en Venezuela y en Italia. Esperamos que las autoridades en ambos países, no pierdan el sentido de justicia.

editor@eastwebside.com

Para leer el hilo de notas publicadas:

1) Escándalo del “Hospital fantasma” sacude Comunidad Italiana venezolana

Escándalo del “Hospital fantasma” sacude Comunidad Italiana venezolana

2) El dinero del hospital italiano terminó en cenas en Maracaibo

 

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