Por José Rodríguez Iturbe
La filosofía política, según Hannah Arendt [1906-1975], se refería a temas que iban más allá de la tradición. Además, argumentó, existe una tensión fundamental entre la filosofía y la política. La filosofía busca causas últimas y principios universales; la realidad política resulta necesariamente contingente y con condicionamientos de espacio y tiempo.
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¿Puede llegar la teoría política, tal como la concibe Hannah Arendt, a la negación de la verdad como trascendental del ser? Me parece que no. Admitir o suponer, sin más, la asepsia anti-metafísica equivaldría a tal confinamiento teórico que significaría una limitación en la propia concepción de la praxis. Porque la praxis no es simplemente una conducta flotante, carente de referentes de sentido. La praxis libre está en función de la verdad como trascendental del ser. Es la verdad vivida. Cuando la persona prescinde de vivir la verdad en la cual radicalmente cree, se configura la esquizofrenia social y política como patología que admite los más variados calificativos Y, por el contrario, la verdad vivida, sin que esa vivencia suponga o genere falsos dogmatismos políticos, genera la realidad política como verdad de hecho.
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Si tuviera que sintetizarse en algunos puntos principales la reflexión teórica de Hannah Arendt sobre la política me parece que ellos serían la revolución, el poder y el totalitarismo5. Y en su análisis continuado sobre ellos resulta imposible prescindir de su consideración básica sobre la polis griega (quizá, en rigor, sería oportuno precisar que su consideración se centra sobre el mundo histórico-cultural y político de la polis de Atenas; y, más específicamente, sobre la Atenas de Pericles).
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Hannah Arendt subraya sus consideraciones sobre los totalitarismos ideológicos con una afirmación radical del humanismo, que supone una afirmación de la esperanza: “Las condiciones bajo las cuales existimos hoy en el campo de la política se hallan, desde luego, amenazada por estas devastadoras tormentas de arena. Su peligro no es que puedan establecer un mundo permanente. La dominación totalitaria, como la tiranía, porta los gérmenes de su propia destrucción.
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*Abogado, egresado de la Universidad Central de Venezuela, Doctor en Derecho Canónico de la Universidad de Navarra.
Editado por los Papeles del CREM a cargo de Raúl Ochoa Cuenca.
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