Es realmente difícil construir una economía partiendo de cero. Ese no es el caso de la actual Venezuela. Resulta que veníamos de una economía, que si bien tenía sus problemas, se había construido ladrillo a ladrillo durante casi 75 años del Siglo XX.
Si identificamos los logros de esos 75 años (1925-1999), cuantificamos lo que nos costó y detallamos los defectos y problemas del modelo que se institucionalizó, tendremos claramente a la vista lo que hay que hacer para recuperar la economía venezolana. Por lo que no tenemos que ponernos a inventar el qué debemos hacer, sino esforzarnos en encontrar el cómo lo vamos a hacer dadas las condiciones socio-económicas del país.
Debemos tener en cuenta, que tras de más de 20 años de desmontaje del modelo económico que existía hasta el 1999, se destruyó todo el esfuerzo que se hizo para sembrar de industrias a Venezuela. Ese esfuerzo generó riqueza, dio trabajo a los venezolanos y permitió que la familia venezolana tuviera acceso a bienes y servicios que mejoraran su calidad de vida.
¿Fue perfecto ese desarrollo? Obviamente no lo era. Sin embargo, era perfectible. Necesitaba ajustes.
En la actual circunstancia, si algo necesita el país, es la inversión en todos los sectores productivos de la economía. Por una parte, para volver a sembrar de industrias al país. Por otra parte, deben modernizarse las industrias que han sobrevivido al proceso de destrucción. Lo que es necesaria, por cuanto la actividad fabril deberá orientarse – no solo para ofrecer los bienes que la economía venezolana requiere- sino que deberá producir excedentes para ser exportados, y así generar divisas que ya el sector petrolero no aportará.
Un país que no produce bienes y servicios, para satisfacer la demanda interna, y que no tiene ingresos de otras actividades, vive en la pobreza y en un estancamiento económico. Eso lo vive la Venezuela del Siglo XXI. Un país donde no hay ahorro, donde el venezolano no tiene ingresos acordes con los gastos de una vida digna, y la salud y educación son inaccesibles para la población en la cantidad y en la calidad que requiere.
Si en el pasado no tan lejano, conocimos lo que fue vivir sin las enfermedades tradicionales, si pudimos darle a niños y jóvenes la educación tanto en cobertura como en calidad, entre otras bondades, es cuestión de ponerse a enumerar los éxitos y empezar a repetirlos.
Es evidente que no debemos repetir los errores. Apuntemos a los éxitos.
Eduardo Martínez, Editor
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