Cómo se lee una guerra

Por Eduardo Martínez

Hay sucesos que no se pueden ignorar, no se puede meter bajo la alfombra como se suele hacer con la basura. Para luego voltear la cara y mirar hacia otra parte como si nada hubiera pasado.

Este comentario viene a propósito de la que se ha dado por llamar “La guerra de los 12 días” entre Israel e Irán.

Esta guerra ha cambiado el contexto geopolítico del Medio Oriente. Sin embargo, dejando de lado los hechos, las noticias han reflejado más la opinión de quienes escriben las notas y noticias. Con lo que la realidad ha quedado relegada a un segundo y tercer plano.

Las guerras, como cualquier suceso de la vida cotidiana, hay que saber leerlas. Eso requiere en primer lugar saber separar las opiniones de los hechos.

Ver los hechos, es más fácil que emitir opiniones válidas. Por supuesto que las personas tienen el derecho a opinar. Pero para opinar sobre los acontecimientos hay que tener un mínimo de precisión. No hay que ser un erudito sobre el tema.

Si vemos un video sobre un caza bombardero que dispara misiles sobre un edificio, eso es un hecho. Si entramos a juzgar las consecuencias de ese disparo -lo que va más allá del suceso en si mismo- estamos en presencia de la emisión de un juicio personal.

Los hechos pueden gustar o ser rechazados, pero la opinión no debe desplazar la correcta interpretación de lo que está sucediendo.

Otro aspecto importante es el “contexto” del suceso. Eso requiere que veamos que ese suceso es un episodio de un conflicto mucho más grande.

Los hechos están enmarcados en un contexto. El bombardeo de un día obedece a una acción de guerra que proviene de otro suceso que lo ocasionó. Y el curso de una guerra, hacia dónde va -que es lo que todo observador quiere saber- va a ser la mezcla de muchos sucesos.

Hoy en día, la gente ha adquirido la costumbre de ver conflictos y guerras como quien va al Estadio Universitario a presenciar un encuentro de béisbol Caracas-Magallanes. La mitad de los fanáticos van a un equipo, y la otra mitad va al otro equipo.

Las guerras son mucho más serias que eso. No son sucesos de predilección o gusto, o de opiniones lanzadas ligeramente.

Ante estos eventos, siempre hay que preguntarse que consecuencias sobrevendrán si gana un bando o el otro, si es mejor una suspensión de hostilidades sin un claro triunfador (tablas en el argot ajedrecístico o en el boxeo), o si hubiera sido mejor atajarla antes del primer disparo.

También, y hasta donde se pueda y alcance la vista de la persona, poder avizorar la causa original que llevó al estallido bélico.

En el marco legal de estos tiempos, y se le puede preguntar a los abogados, siempre se pregunta cuál fue “la causa de la causa”, es decir, lo que originó la controversia.

En este aspecto, siempre hay el riesgo de que una de las partes en la búsqueda de la razón, trate de ir en el tiempo más allá de los argumentos y momentos que esgrime la otra parte. En este sentido, se corre el riesgo que por esta vía se llegue a los tiempos del Génesis que cuenta la Biblia con Adán y Eva y el pecado original. Por esa vía, no llegamos y no llegaremos a ninguna parte.

Lo inmediato, en las guerras que nos toca presenciar, es intuir hacia dónde va, quién lleva la delantera, y que es lo mejor que pueda suceder para detener el conflicto, evitar muertes y daños materiales a los bandos en pugna.

Tener espíritu crítico ante los sucesos de una guerra, no puede cegar a los lectores de los medios y llevarlos a ignorar los sucesos en su correcto “hilo”.

Nota final: Las guerras no deben existir, por cuanto llevan a los seres humanos a hacer lo peor que pueden hacer contra otros humanos.

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@ermartinezd

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