Arturo Meléndez: CIFRAS

Por Arturo Meléndez

De un tiempo para acá, desde que hicieron su aparición descarada en la política nacional los partidarios de un escenario político en el que las fuerzas armadas desplazarían a los políticos tradicionales, se comenzó a hacer corriente el manejo irresponsable y con fines propagandísticos, de las cifras de muertes en los eventos, naturales o humanos, en los que los propiciadores de una dictadura castrense pudieran tener interés.

Quienes, una vez que llegaron al poder, harían ruborizar de vergüenza al Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba a la hora de rendir cuentas de su gasto, ya no en la conquista del Reino de Nápoles, sino en menudencias menos heroicas como una importación de pollos congelados o la siembra de grama artificial en los pasajes peatonales de García Carneiro en La Guaira.

Ello, sin mencionar el monto de la deuda pública, la producción petrolera y sus ingresos, los gastos de los aportes chinos (cuentos chinos) o pendejaditas de rango constitucional como las cuentas de gestión del presidente y sus ministros, en las que la opacidad y falta de precisión quedan sin sanción gracias al manto cómplice de que con la revolución todo se permite excepto contrariarla.

Pero, volviendo al tema de las cifras pareciera que nos acostumbramos a que desde, digamos el 27 de febrero de 1989, las cifras oficiales de 276 fallecidos, reconocidas por el entonces Fiscal General de la República, Ramón Escobar Salom, aumentaron a más de 3.000 con el auxilio de cierta maquinaria de opinión y las ONG COFAVIC y PROVEA, cifra que llegó a ser investigada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos y concluyó en una condena que ahora se encuentra en un limbo jurídico desde que en el año 2012, el gobierno chavista denunció formalmente la Convención Americana sobre Derechos Humanos, una decisión que se hizo efectiva en septiembre de 2013 y  desacató  las decisiones de dicha corte internacional.

Similar situación ocurre con los acontecimientos del 4 de febrero de 1992 y el 27 de noviembre de ese año, en los que el chavismo, ya en el poder, ha utilizado a su conveniencia las cifras, ciertas o imaginarias, de fallecidos en las acciones entre alzados y fuerzas regulares.

No insistiré en conversarles sobre el apego psuveco a la opacidad numérica en materia de cualquier cuenta que deban presentar a la opinión pública, pues nos encontraremos con mentiras vertidas sobre hechos muy dolorosos que dejan huellas en el sentimiento nacional como lo son las verdades ocultas de tragedias como el deslave de Vargas en 1999 o los terremotos de sucre, la explosión en Amuay, las inundaciones por lluvias en 2010 y 2015, por solo citar algunas.

Pero esta situación se repite en esta nueva tragedia del Estado La Guaira, en la que la conducta del estado psuveco, repite su ineficiente y muy demorada presencia en los teatros de los acontecimientos, en 1999 (quizás esperando instrucciones de La Habana y celebrando su victoria en el referendo constitucional, y ahora esperando instrucciones que vendrían desde un país del que ahora parecen no denostar)..

Pero volviendo a esta última tragedia causada por un desastre natural cuyos escenarios se han concentrado en Chacao y La Guaira, (dejando en abandono comunicacional y asistencial a los cientos de víctimas de El Junquito, Tucacas y Chichiriviche), me atrevo a decir que los cientos o miles de voluntarios que se volcaron a ayudar en los edificios siniestrados, sin ningún o muy poco apoyo oficial, no eran la representación del nuevo hombre surgido del socialismo del siglo XXI, ni eran la representación organizada de las UBCH o un operativo 10 X 1.

Eran, y puedo decirlo con total convencimiento tras decenas de horas de observación documental de la información presentada por medios de todas las orientaciones actuando en las redes sociales.

Eran ciudadanos comunes, representantes dignos del venezolano de siempre, el mismo que se presentó vestido de boy scout a colaborar desde las primeras horas del terremoto de Caracas en junio de 1967, o de médico que dejó su consulta privada y se puso al servicio de los cientos de heridos que generó el desastre natural, así como cientos de funcionarios honestos que no permitieron saqueos de los sitios siniestrados ni hurto de los insumos aportados por la buena voluntad nacional o internacional, ese venezolano del que tantas veces se han aprovechado los políticos nacionales.

Quiero, para dejar de supurar por la herida incomoda de mis posiciones políticas, como propuso un muy querido amigo que es un importante empresario inmobiliario que no me autorizó a usar su nombre en estos comentarios, concluir diciendo que en este momento las cifras de muertos, heridos, rescatados, alcance de los siniestros o costo de los mismos, carece de trascendencia frente a la tragedia de los sobrevivientes que quedaron desarraigados y sin hogar, trabajo, servicios, entorno familiar y social y afectados por profundas heridas emocionales derivadas de ser victimas de la violencia de la naturaleza o haber estado sepultados bajo toneladas de escombros.

A estos, que aun no sabemos cuantos son, debe estar dirigida la actuación de un estado obligado a generarles condiciones aceptables para reiniciar sus actividades productivas e incorporarlos a proyectos de desarrollo en sus áreas de experiencia y condiciones actuales.

A lo que se uniría el saneamiento de todas las áreas afectadas, que deberán ser desarrolladas como lo que son, polos de interés turístico, asentados en estructuras solidas de desarrollo urbano que resistan los embates de la naturaleza, la corrupción y la tentación totalitaria.

* Historiador, Escritor

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor»

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