Antonio Napolitano: Vida intelectual y política

Por Antonio Napolitano   

Platón, discípulo de Sócrates, acariciaba un ambicioso proyecto de un Estado ideal. Después de su permanencia junto a Dionisio I en Sicilia, y después con su hijo Dionisio II, quedó totalmente desilusionado a los setenta años de su azarosa vida. 

Sin embargo, es justo resaltar que el tema de las leyes y de la política está presente en casi toda su obra. Esta experiencia de que la realidad no es de hecho la ideal predisposición para la celebración de la república, hace que Platón se percate  que irreversiblemente la lógica interna de la dinámica intelectual  pone de manifiesto el potencial o efectivo conflicto entre la filosofía y el que detenta el poder.

Su  filosofía se presente como el empeño de un combatiente que lucha por un estado ideal, donde el poder político garantice la educación de la juventud, y una sociedad más equitativa. Esta dialéctica es una constante en el pensamiento filosófico venidero. Este significado de unidad entre  ética y política es dictaminado por la misma unidad del hombre, la cual no permite fragmentaciones.

No se trata obviamente de una unidad unívoca sino análoga. Pues, la política sin el actuar humano es simple teoría, y el actuar humano sin la política es una aporía. Es decir,  es  algo que se contradice en su misma naturaleza ya que el acto ético implica un relacionarse con algo o alguien.

Esta dimensión ética del actuar es algo a la que no se puede renunciar justamente porque no se puede renunciar a la actividad unificadora de la experiencia, dado  que esta experiencia acontece dentro  de los muros de la “polis”. Por consiguiente, asume el carácter de un lugar en el que el ciudadano actúa y trata de darle significado a un proyecto y a su existencia.  Esta  naturaleza social de la persona humana señala  inequívocamente que el carácter de ser ciudadano conlleva en su estructura formativa un empeño teorético que interpreta la realidad social en su justa dimensión. 

Ahora la pregunta: ¿Hoy, el filósofo debe permanecer al margen de la política, aunque determine con sus aportes un ideal a seguir, o podría ser activista político?

Ciertamente la naturaleza de un intelectual  exige un comprometerse. Un comprometerse con autenticidad y en libertad. Adherir a una ideología o compromiso político ciertamente  circunscribe a cualquiera a ese pensar y actuar. Sin embargo, si eso le ocurriese  a un intelectual anularía su naturaleza crítica. Se convertiría en un apologista incondicional, a veces dogmático, de esa ideología. 

Cuando un intelectual se adhiere a un partido político por el aspecto ideológico que el partido representa, no  debe perder su independencia crítica. Su deber es  interpretar los actos, las propuestas, las situaciones que la historia y esa ideología presentan. Debe promover el “ser” versus el “tener”. Debe privilegiar  lo “humano” versus el “poder” entendido como un ejercicio  de dominio y no de servicio. De lo contrario,  se anularía  como intelectual, ya que ser intelectual es por esencia tener lúcida la conciencia, y ejercer la crítica en libertad.

En efecto, la ideología debe ser articulada precisamente mediante una estructura interactiva que integra la teoría, lo sociológico y lo antropológico, en un contexto de responsabilidad ética. El fin último es la magnificación, respeto, y la dignidad de la persona humana. No el ejercicio del poder por el poder.   

Podríamos acuñar al intelectual con la expresión de “homo viator”. Una expresión propia de Gabriel Marcel, que señala justamente el carácter del intelectual como un hombre peregrino en el mundo. Un hombre empeñado en la situación global de una existencia envuelta en una experiencia política, donde el encuentro con el otro (moi et autrui) señala  el compromiso histórico del intelectual con la sociedad.

Este encuentro (adhesión, aceptación del otro) es en definitiva la situación comunicativa en donde  la responsabilidad asume un protagonismo fundamental para la equidad y la justicia. Una situación en donde la praxis de la vida es una prueba absoluta de la solidaridad. 

Es decir, no se trata de construir una dimensión social realizada en el ámbito dialogante de intercambiar ideas, sino de construir una convergencia obtenida a través de un recíproco consentimiento: un lugar comunitario privilegiado en el que se conjuga conjuntamente la garantía de la verdad,  de la libertad, de la justicia, de la solidaridad, de la equidad, de la responsabilidad.

Entonces,  si un intelectual se percata que no puede, en ese ámbito ideológico, concretizar una dinámica activa, crítica  y creativa  debe dimitir. De lo contrario es cómplice.

Profesor Titular

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