Por Alfredo Sequera Castillo
No me enoja lo que haces. Me enoja el pensar que te enojarías si hicieses lo que tú haces… (Anónimo)
En principio, es preciso asentar que el individuo ni nace virtuoso y, menos aún, santificado. Las condiciones sociológicas de su medio, la propia concepción del modelo de convivencia, los indispensables cánones familiares y los fundamentos morales que les rigen constituyen variables estructurales que, se entiende, deberían moldear el comportamiento para la vida; es decir, diagramar la forma de ser y hacer de cada uno de nosotros en lo adelante. Sin embargo, por razones ignotas, apenas se gesta la vida humana, se apela al criterio celestial para enunciar, mediante un rito iniciático, tres virtudes teologales — de orden divino — que consagran en la persona — o intentan consagrar — la necesidad de que, en su recorrido vital, alcance y dé densas demostraciones de civismo integral, desde luego, sin llegar a los extremos del misticismo o al ejercicio ingenuo de la santidad: fe, esperanza y caridad. Nada menos. Por su esencia compleja y metafísica, pueden transformarse en ansiedad interior y en parangón de todas las plegarias: el desiderátum, suerte de nirvana o, diríase, estado elevado en el cual no hay espacio para los pensamientos adversos. Sí, sí. Todos admiramos, invocamos y ponderamos la fe, la esperanza y la caridad como supremo bien espiritual, fundamento de la serenidad y la buena conciencia; no obstante, en este planeta multitudinario y, a veces, libertino, tan solo unos pocos las llegan a asimilar e incorporarlas e incluso aplicar en su respectiva cotidianidad.
Somos un puñado de hombres con fe, con esperanza y sin caridad… (Arturo Uslar Pietri)
En lo humano, la historia universal, en su lenta, rocosa, accidentada y progresiva evolución, va relatando, desde sus inicios, las preocupaciones de las sociedades, cada una en su tiempo y conforme sus estadios de desarrollo, para estimular el virtuosismo en las personas integrantes de sus comunidades. Para ello, han tomado — y siguen tomando — las debidas previsiones para ajustar en términos dinámicos la conducta del individuo — sea personal, social, ciudadana… — con el bienestar de la sociedad. A partir de la cultura sumeria — 3000 ac hasta 2000 ac — se desentierran testimonios fehacientes dando fe de normas muy rígidas; por ejemplo, los códigos mesopotámicos de Nabucodonosor — que enumeran leyes muy severas como mecanismos normativos para evitar transgresiones y fomentar la convivencia tranquila entre las gentes –. Luego, en 1300 ac, se divulga la ley mosaica, fundamentada en los diez mandamientos, expresamente sugeridos por Ego sum qui sum – el propio Dios, quién más, hombre – que, desde el punto de vista teológico, han procurado cubrir un histórico vacío moral en las acciones humanas. En verdad, al amparo alcahuete del politeísmo o del nadaísmo, la persona gozaba de un libre albedrío muy amplio, dada la ausencia de un ordenamiento que, apelando a la conciencia, a la sutileza del instinto y a sus muy sanas intenciones, instaba hacia un ejemplar comportamiento.
Todo está perdido cuando los malos sirven de ejemplo y los buenos de mofa (Demócrates)
Las virtudes cardinales son cuatro arquetipos de conducta individual enunciadas por Platón en el contexto de la tradición filosófica clásica y las cuales, al ser adoptadas, ejercieron sólida influencia sobre el pensamiento posterior del cristianismo e incluso en innumerables corrientes místicas que asumieron la espiritualidad como su trabajo de campo. Sobre ellas comienza a girar y a descansar toda la moral humana como basamento de otras virtudes, derivadas o en ellas contenidas, muy reflexionadas en el seno del taoísmo, el confucianismo, el hinduismo o el sintoísmo, sólo para referenciar con justicia al misticismo propio del sur y este de Asia que, desde inicios del siglo XX, ha gozado de la absoluta aceptación en Occidente.
Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano… (George Orwell)
SUSTANCIA Y ESENCIA DE LAS CUATRO VIRTUDES CARDINALES:
1. FORTALEZA:
Virtud que se contrapone a la debilidad. Se trata de la capacidad interior que, expresada con fuerza, lucha por el bien difícil, es decir, por las metas constructivas o por principios nobles que requieren esfuerzo. Es la proyección activa de la voluntad. La fortaleza ayuda a moderar la audacia cuando esta es excesiva.
La audacia sin juicio es peligrosa; el juicio, sin audacia, es inútil… (Gustavo Le Bon)
Para Aristóteles, la fortaleza es una virtud moral, adquirida por el hábito, que permite el dominio de las sensaciones; es decir, el justo medio entre dos vicios, en este caso entre el temor y la audacia o el rechazo de la huida o de la temeridad como alternativa. Se trata de no caer en provocaciones. La palabra fortaleza puede traducirse como dominio propio e invoca por sí misma el autocontrol, autoadministración del ego, saber qué hacer, cómo y en qué momento. Decía Theodore Roosevelt: el mejor ejecutivo es aquel que tiene el buen sentido de elegir buenos hombres para hacer lo necesario y suficiente autocontrol para no estorbar cuando lo hacen…
Santo Tomás de Aquino coloca la fortaleza luego de la prudencia y la justicia.
El que vence a los demás es fuerte; sin embargo, quien se vence a sí mismo, es poderoso… (Lao Tzu)
2. TEMPLANZA:
Virtud cardinal que recomienda moderación en la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. En un sentido más amplio, los académicos la definen como sinónimo de moderación, sobriedad y continencia. Es difícil que la persona, por sí misma, alcance la virtud de la templanza. Cuando se busca la templanza con convicción, justamente allí, es necesario el consejo denso y doctrinario de alguien con enjundia, de un coaching comprometido o de un honesto practicante de algún credo. El charlatán, el librepensador o el atrevido no caben en este rol, aunque pueden consignar el currículum.
La virtud de la prosperidad es la templanza; la de la adversidad, la fortaleza, que, en moral, es la más heroica… (Francis Bacon)
La templanza exige dedicación, paciencia y tolerancia, como se ve, listones muy altos, prerrequisitos muy exigentes. Esto no quiere decir que todo depende de una voluntad celestial, sino que es necesario también el esfuerzo humano para alcanzarla. Dios te ayuda si tú te ayudas. Así como el temple es un proceso térmico por el cual las aleaciones de acero y el hierro fundido se fortalecen y endurecen, de igual manera, al calor de la fortaleza de espíritu, la persona también alcanza temple y convicción cuando cree en lo que emprende… y lo hace.
Grande es aquel que, para brillar, no necesita apagar la luz de los demás… (Pablo Valarino)
3. JUSTICIA:
Virtud que surge para contraponerse a la malicia de voluntad. La justicia se comprende como la disposición manifiesta de una persona para que cada quien reciba lo que merece y en lo justo; es decir, que cada quien reciba lo que le corresponde. En la doctrina cristiana, justicia es una de las virtudes cardinales, cuya práctica establece que se ha de dar al prójimo lo que es debido, con equidad respecto a los otros individuos y al bien común. La justicia impartida por Dios se considera divina, definitiva e inapelable. El feligrés, al implorarla, se ajusta a la adoración y al culto y recurre a ella como supremo acto de fe.
Donde hay poca justicia es un peligro tener razón… (Culturizando.com)
Se invoca justicia cuando:
· Se emiten juicios que descalifican en primera instancia
· Se procede con una sentencia verbal y acusatoria con base en tan sólo un criterio o un testimonio: el de quien acusa o señala
El derecho a la defensa, la oportunidad para una segunda versión y la ausencia de prejuicios al considerar sanciones, amonestaciones o un superficial reproche son manifestaciones palmarias de justicia. Como dice Marco Aurelio: Todo lo que escuchamos es una opinión, no un hecho. Todo lo que vemos es una perspectiva, no la verdad…
Ser justo, ¿es fácil? Si la Torá, el Corán, los Vedas y la Biblia han reiterado sus milenarias admoniciones y letanías, entonces, es posible inferir que esa virtud, en el individuo, necesita un sostenido mantenimiento porque, citando a Víctor Hugo: Ser bueno es fácil… Lo difícil es ser justo…
El jurado está compuesto por doce personas elegidas para decidir quien tiene el mejor abogado… (Robert Frost)
4. PRUDENCIA:
La prudencia es el comportamiento orientado hacia la felicidad, la virtud de actuar de forma justa, adecuada y con moderación. Es la capacidad individual para comunicarse con los demás de forma clara, literal, cautelosa y adecuada. Ha de prevalecer la moderación y la actitud reflexiva. Se trata de respetar vivencias, sentimientos, niveles formativos, condiciones socioeconómicas y el derecho de opinión y disensión.
Somos distintos y diversos; por tanto, es fundamental que se eviten los daños emocionales colaterales del lenguaje, el verbal y el no verbal, pues, envían al otro, a los otros, poderosos mensajes indeseables que implican discriminación, burla o rechazo. La persona prudente, por supuesto, no evidencia estos detalles gravosos.
El sabio no dice todo lo que piensa; pero, piensa todo lo que dice… (Aristóteles)
Lo cierto es que la persona prudente — o aquella que practica con acierto la prudencia — es apreciada o, al menos, respetada por unos cuantos. No origina la acallada repulsa de quien, sin delicadeza o ningún sentido de la oportunidad, hostiga y fustiga, opina y condena. Conviene aclarar que el imprudente no siempre actúa de mala fe; simplemente, no aprendió la lección o se ausentó del aula el día en que la maestra disertaba acerca del asunto.
Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, señala que la prudencia es la regla recta de la acción y no debe confundirse con la doblez o el temor, la disimulación o la timidez.
Acotación importante: la prudencia es el rector de las virtudes humanas.
La prudencia, en quien la tiene, muchos daños y males previene…(Anónimo)
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