¡ADIÓS  MUCHACHOS, COMPAÑEROS DE NUESTRAS VIDAS!

Barra querida de aquellos tiempos.
Me toca a mí hoy emprender la retirada,
debo alejarme de mi buena muchachada.
Adiós, muchachos, ya me voy y me resigno...
Se terminaron para mí todas las farras,

mi cuerpo enfermo no resiste más...

Con letra de César Vedani y música de Julio César Sanders, “Adiós muchachos”, inmortalizado en la voz de Carlos Gardel, tiene esa extraña capacidad que tienen algunas canciones de atravesar el tiempo y terminar diciendo por nosotros aquello que, llegado el momento, cuesta demasiado decir con nuestras propias palabras.

Y quizás por eso hoy este tango duele distinto.

Es la historia de cuatro seres de luz: Juan, Gilber, Federico y Matías. Una familia que desde siempre supo brindar amor y que, durante más de veinte años, terminó formando parte de nuestras propias vidas.

Y digo nuestras propias vidas porque después de tantos años ya  resulta  imposible  establecer  dónde termina una familia y comienza la otra. Hay afectos que con el tiempo dejan de necesitar apellidos. Se vuelven parte de la casa, de las conversaciones, de las celebraciones, de las preocupaciones y hasta de esos silencios en los que uno sabe que no hace falta explicar demasiado.

Juan siempre me enseñó una frase que muchas veces repetimos:

“El agradecimiento tiene un límite”

Pero hoy, Juan, permíteme llevarte la contraria.

Hay agradecimientos que no tienen límites

Podemos decir gracias a la vida porque con ustedes nos ha dado tanto. Y este es precisamente uno de esos agradecimientos que no conoce fronteras, ni muros, ni leyes migratorias, ni amenazas. Porque cuando el agradecimiento se construye sobre bases de amor, lealtad y afecto verdadero, nada ni nadie lo puede derrumbar.

Son más de veinte años de unión, en las buenas y en las no tan buenas, con altas y bajas, donde todos vimos correr aguas turbulentas que no lograron arrastrar esta amistad.

Y vaya que corrieron aguas turbulentas.

Pero aquí estamos.

Porque veinte años no se resumen en una fotografía, en una cena, en una Navidad o en una llamada telefónica. Veinte años son una parte importante de una vida. Son ver crecer a los muchachos. Son compartir alegrías y preocupaciones. Son conocer nuestras virtudes, pero también nuestros defectos. Son discutir alguna vez y volver a encontrarnos. Son estar cerca aun cuando físicamente se está lejos. Son saber quién está al otro lado del teléfono cuando la vida aprieta.

En veinte años uno aprende algo todavía más importante: quién se queda.

Y ustedes se quedaron.

Cada cena era mucho más que una comida. Era un encuentro. Con el tiempo, aquella mesa se convirtió en un lugar de recordación, de reconocimiento, de anécdotas, de risas, de vivencias compartidas y también de esos momentos difíciles que alguna vez nos tocó atravesar juntos.

Alrededor de esa mesa hablamos de la vida. De nuestros hijos. De Venezuela. De lo que dejamos atrás y de lo que todavía soñábamos alcanzar. Recordamos a quienes ya no estaban, celebramos pequeñas victorias, nos reímos de nosotros mismos y alguna vez, seguramente, también se nos aguaron los ojos.

Porque una mesa puede tener cuatro patas, pero cuando alrededor de ella se sientan personas que se quieren, termina sosteniendo mucho más que platos y copas: sostiene recuerdos.

Y los nuestros fueron creciendo cena tras cena, año tras año.

Vivencias que lograron traspasar los muros del odio, la xenofobia y la persecución por el simple hecho de querer hacer las cosas bien, por intentar vivir decentemente, trabajar, respetar y actuar como lo que siempre quisimos ser: “buenos ciudadanos”.

Quizás quienes nunca han tenido que comenzar de nuevo lejos de su tierra no puedan comprender completamente lo que significa encontrar una familia amiga  en el camino. Cuando  uno ha  tenido que dejar atrás tantas cosas, una silla esperando  en  una  mesa  puede  significar  muchísimo.  Una  llamada  puede cambiar un día difícil. Un abrazo puede devolver fuerzas. Y escuchar un sencillo “aquí estamos” puede hacer sentir, aunque sea por unas horas, que uno vuelve a estar en casa.

Eso fueron muchas de aquellas cenas.

Un pedacito de hogar

Un lugar donde por unas horas quedaban afuera los problemas, los papeles, las preocupaciones, las noticias, las diferencias y todo aquello que alguna vez quiso dividirnos.

Adentro quedábamos nosotros.

Juan, Gilber, Federico, Matías y esta familia que la vida fue construyendo sin pedirnos permiso.

Y ahora que miro hacia atrás comprendo que tal vez nunca fuimos plenamente conscientes de lo que estábamos haciendo.

Estábamos fabricando recuerdos

De esos que uno cree cotidianos mientras ocurren y que solamente descubre cuánto valían cuando llega el momento de decir: “¿Te acuerdas?”

Y nosotros, gracias a Dios, tenemos más de veinte años de “¿te acuerdas?”.

Por eso esta historia no puede contarse únicamente desde la tristeza de una despedida. Tiene que contarse también desde la inmensa fortuna de habernos encontrado.

Porque Juan, Gilber, Federico y Matías llegaron a nuestras vidas como amigos y, sin que nadie decretara cuándo ocurrió, se fueron convirtiendo en familia.

Quizás allí está la verdadera dimensión del agradecimiento que hoy intento explicar. No se trata de deberle algo a alguien.

Se trata de mirar hacia atrás y descubrir que una parte de nuestra propia historia tiene inevitablemente sus nombres.

Y entonces vuelvo a aquella frase de Juan:

“El agradecimiento tiene un límite”

Puede ser.

Pero el cariño no.

La memoria tampoco.

Y mucho menos el amor que durante más de veinte años fue echando raíces sin pedir permiso.

Por eso, aunque hoy las palabras de aquel tango de Gardel parezcan escritas especialmente para este momento, quiero creer que este “Adiós, muchachos” no habla solamente de alguien que se marcha.

Habla también de quienes permanecen unidos aunque la vida los coloque en lugares diferentes. Porque existen distancias que se miden en millas.

Y existen afectos para los cuales todavía no se ha inventado una unidad de medida

En conclusión, ha sido una gran experiencia la vivida, también una gran victoria. Ustedes lograron derribar el muro, construir conciencias, vivir con intensidad sin dejar que el reloj marque las horas; las historias de Celina y Ramirito aguardan en silencio para ser concluidas, porque nada se acaba hasta que se termina. ¡Dios los bendiga, mil veces mil!

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor»

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