Arturo Meléndez: Corsarios Renovados

Por Arturo Meléndez

Desde que los seres humanos aprendimos a navegar creamos las circunstancias para la aparición de una de las actividades más antiguas, hasta podríamos llamarle oficio, usadas por el hombre para lograr supervivencia y en algunos cacos hasta riquezas, hablo de la piratería y, finalmente, de su pariente el corso.  Tan antigua la primera que en cualquier sociedad que se atreviera a zarpar a la mar sus navegantes corrían el riesgo de ser atacados y despojados de las mercaderías y bienes que transportaban por vías acuáticas. Ya en la China antigua, durante la dinastía Han (cerca del siglo II DC), se registró la actividad de “bandidos del mar”, y más adelante, en ese mismo país fueron legendarias las actividades de Zheng Yi Sao (también conocida como Ching Shih, Cheng I Sao, Ching Yih Saou o Señora Cheng, fallecida en 1844) quien era la jefa de una gran confederación pirata que saqueó el mar de la China Meridional (también mar del Sur de China) a principios del siglo XIX. (nada que ver con la famosa piratería de modelos, diseños y marcas que actualmente se atribuye a las empresas industriales chinas).

La piratería aparece en culturas tan diversas como el antiguo Egipto donde existe evidencia documental que data del del siglo XIV a. C., cuando los “pueblos del mar” atacaban naves egipcias y de otras civilizaciones cercanas. A dichos pueblos del mar pertenecen los filisteos, a quienes el antiguo testamento bíblico toma de la tradición judaica al referirse a las figuras de Sansón y el rey David.

La Roma antigua de finales de la república y comienzos del imperio, también es rica en historias de saqueadores marinos que perturbaron el comercio y suministro de bienes. Los piratas provocaron escasez de grano y graves hambrunas en la superpoblada ciudad de Roma. Por ello Cicerón llegó a definir al pirata como el «enemigo común de la humanidad». El mismo Julio Cesar fue secuestrado en su juventud por piratas a los que debió pagar rescate. Fue tan grave el problema de la piratería, que en el año 67 a. C., ante los ataques que llegaron a alcanzar el puerto de Ostia, el senado otorgó poderes especiales al general Pompeyo, quien, con una gran flota, limpió el Mediterráneo de piratas en apenas tres meses según data disponible.

Y cuando el Mediterráneo dejo de ser el Mare Nostrum romano aparecieron los piratas berberiscos y sarracenos (que son básicamente lo mismo por ser de origen bereber, de religión musulmana y provenir del desierto, que esto último significa sarraceno), lo peculiar de estos individuos es que, con la conquista de Constantinopla por los  los otomanos musulmanes  en 1454, se pusieron al servicio del sultán en Estambul y obtuvieron premios y protección por sus saqueos y ataques navales a embarcaciones de los reinos cristianos. Entre estos personajes destacan los Barba Roja, Aruj, quien fundó el poder otomano en Argel y conquistó gran parte de la costa norteafricana antes de morir en combate en 1518 y Jeireddin, su hermano menor, quien llegaría a Almirante Mayor del Imperio Otomano y convirtió a Argel en una potencia naval temida en todo el Mediterráneo. Estos piratas berberiscos actuaban como corsarios pues tenían el beneplácito de las autoridades musulmanas del norte de África y de la Turquía otomana, dominando el tráfico de esclavos para su venta y la captura de rehenes para obtener rescates. Entre sus víctimas famosas se cuenta Miguel de Cervantes. quien fue capturado por corsarios berberiscos el 26 de septiembre de 1575 y pasó cinco años cautivo en Argel hasta ser rescatado en septiembre de 1580. 

Estos muchachones, anduvieron jorobando la paciencia de las naciones europeas hasta el siglo XIX, cuandodiversas potencias se lanzaron a la conquista del norte de África. El objetivo prioritario fue Argel, capturada por los franceses en 1830: su caída asestó un golpe mortal a la actividad corsaria en el Mediterráneo, que fue menguando a medida que perdía sus bases, aunque no cesó completamente hasta el siglo XX.

Y así llegamos a Europa, que había tenido pueblos como los vikingos (cuyo nombre proviene de una palabra nórdica que significa literalmente pirata), quienes en sus navíos de bajo calado (drakar los llamaban) podían penetrar vías fluviales y saquear las poblaciones ribereñas con eficiencia digna de mejor causa. 

Las naciones europeas en su evolución marítima llegaron a implementar una política naval que dio origen formal a una institución llamada la patente de corso o carta de contramarca, que era un documento entregado por las autoridades de un territorio, con el cual se autorizaba al propietario de un navío para atacar barcos y poblaciones de naciones rivales. De esta forma el navío autorizado al corso se convertía en parte de la flota naval del país o la ciudad expendedora. Fórmula utilizada cuando las naciones no podían costearse marinas propias o no lo suficientemente grandes. Siendo durante mucho tiempo la mejor opción que tuvieron muchas naciones para proteger las costas y las rutas de transporte marítimo, ya que era demasiado caro mantener una flota de guerra estable que cumpliese esas funciones. Así fue como FranciaInglaterra y Holanda la emplearon en su rivalidad comercial en las rutas americanas y la expoliación de las riquezas de las Indias Occidentales.

Así nació una leyenda más admirada que las acciones de los piratas del mediterráneo, los piratas del Caribe, cuya fama, amplificaba por la voz estentórea del Imperio Británico, se coló en los libros de historia y de aventura con las vidas en el mar de personajes como Walter Raleigh, quien, aprovechando sus aventuras corsarias dedicó esfuerzos a ubicar la legendaria ciudad de El Dorado (hasta ahora sin aparecer). Lo acompañaron en sus aventuras por el Caribe español otros beneficiarios del favor de la corte de Isabel I, como Henry Morgan y Francis Drake, entre otros corsarios, quienes, contribuyeron a la captura para el león británico de una isla pequeña, denominada por los nativosXaymaca, «la tierra de la madera y el agua». Jamaica resultó un valioso botín para los ingleses, pues, además de tener madera, agua y enfermedades, se hallaba en el eje de la ruta del tesoro español y allí construyeron su base operacional, tiempo después la corona británica nombraría a Morgan como gobernador de la isla. 

El corso fue utilizado en las guerras de independencia americana para compensar la debilidad de sus flotas navales, en la de Estados Unidos Benjamín Franklin, como enviado ante el gobierno francés, concedió patente de corso al irlandés Luke Ryan, quien se dice capturó más de 600 navíos británicos. En nuestra guerra de independencia usamos al corso Giovanni Bianchi, quien se aprovechó de que Bolívar en 1814 le otorgó el traslado de los caraqueños que huían de Boves y los tesoros y arsenal de la república para llevarlos a un sitio seguro en el Caribe, pues el tal Bianchi bajó de la mula a la república y casi saca de la historia a Bolívar y Mariño, quienes debieron huir a Nueva Granada en circunstancias poco claras aún.

Con el tiempo, la piratería y el corso fueron decayendo y considerados delitos por todas las legislaciones del mundo y los organismos internacionales, sin embargo, la piratería es aún practicada por pequeños grupos criminales contra transportes marítimos causando pérdidas cuantiosas a armadores, contratistas y aseguradoras navales.

El corso en cambio evoluciona a formas más sofisticadas, ya no completa las flotas deficitarias de los países, ahora pareciera, según últimos indicios, que se aventura más en territorios ajenos para apoderarse por vías legales de las riquezas estratégicas de terceros países, usando empresas de esas naciones con el apoyo de sus gobiernos, creando asociaciones que simulan un acuerdo comercial entre un país invadido y un país invasor. Así parece ser en la casi extinta pero muy rica República Bolivariana de Venezuela, en épocas en las que un señor de apellido Betancourt ofrece sus empresas como medio de transferir las reservas petroleras, y quizás más delante de otros bienes, mediante una patente de corso que le permite copar la totalidad de la producción petrolera (que nunca tuvo) y comprometerlas, mediante una ficción jurídica en convenios con empresas estadounidenses y de otras nacionalidades, saltándose las restricciones constitucionales y legales que limitan esa actividad.

Más allá de nuestras costas, Mr. Trump espera que el USS November no irrumpa contra él con diez cañones por banda, viento en popa a toda vela…

* Historiador, escritor

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».

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