Por Eduardo Martínez
Hay momentos en la vida que no podemos disimular, ni ver para otro lado, por lo que no podemos callarnos. Lamentablemente, en esos momentos, corremos el riesgo de hacernos antipáticos: diciendo lo que no se quiere oír, y aún más, lo que no se quiere hacer.
Pero cuando se tiene el correcto sentido de responsabilidad, no podemos hacer otra cosa que asumir las dificultades y actuar en consecuencia.
Ese momento llegó, nunca antes como ahora. Y aunque no nos demos cuenta, es lo que ha pasado desde el mismo minuto en que la tierra dejó de temblar el pasado 24 de junio.
En La Guaira, donde se escenificaron las peores consecuencias de los dos terremotos, los que sobrevivieron salieron de inmediato con sus manos como únicas herramientas para rescatar a sus vecinos.
En la noche, salieron con mantas, franelas y otros trapos para abrigarlos. Y otros más, tan pobres como ellos, para darles de comer -en muchos casos- quitándose de sus bocas esos alimentos.
En esas primeras horas, los guaireños pobres compartieron las migajas de su pobreza con los pobres que se habían quedado -por obra de la naturaleza- sin hogar, sin sus peroles y sin sus trapos, y en muchos casos sin familiares cercanos que yacían sepultados debajo de los escombros. Y lo que es peor: sin trabajo.
El grito de auxilio se fue extendiendo a otras regiones del país. Así comenzaron a llegar donaciones y ayudas de Caracas, y poco a poco del interior de Venezuela, y hasta de la solidaridad internacional: rescatistas, comidas, ropas, herramientas que los bomberos locales no tenían, maquinaria pesada, entre otros.
Al pasar tres días los atribulados guaireños todavía no recibían y no veían las acciones del gobierno nacional. Peor aún, bajo la excusa que se debían de impedir los saqueos, un operativo de blindadas alcabalas impedían que la ayuda llegara a los afectados.
Todos tuvimos acceso a los videos y testimonios que circularon por las redes sociales. Eso no es mentira ni exageración.
El Estado quedó expuesto. Su desnudez evidenció la ausencia del Estado. Y los guaireños, y damnificados de otras regiones costeras, se convirtieron en apátridas en su propia patria.
Luego de tres días, aparecieron las cámaras antes que los jerarcas. El objetivo no era socorrer. Fue narrar una realidad inexistente. Hacer ver que se habían apersonado. Solo que tarde, tres días después.
Fuimos testigos en la parroquia San Bernardino de Caracas de la manipulación mediática. Máquinas removían tierra y escombros, mientras que a los rescatistas no les dejaban acercarse. Hasta que apareció un helicóptero con fotógrafos y camarógrafos.
Solo entonces, hicieron retroceder la maquinaria y el camión, para hacer ver desde el aire que medio centenar de rescatistas voluntarios escarbaban los escombros.
A los medios independientes, que estaban en los alrededores, no les dejaban acercarse. Mucho menos tomar fotografías o videos.
Los sucesos son tan numerosos como los testigos.
La conclusión es asombrosa, única, y probablemente, nunca antes vista. Esos días la República, el Estado, tuvo vida gracias a las decenas de miles de venezolanos que asumieron su responsabilidad solidaria.
Vivan los venezolanos. Esos si son patriotas.
Editor, www.eastwebside.com