Por Eduardo Martínez
Siempre se me dijo que nos volveríamos viejos el día que no pudiéramos soñar. Si es por eso, les aseguro que sigo teniendo sueños, tanto durmiendo como despierto. Ergo, me sigo sintiendo joven. Y por favor, no se dejen impresionar por el estado de la carrocería y algún que otro pistoneo que se pueda percibir.
Lo de la edad se hace evidente en dos oportunidades del año: cuando cumplimos años, y cuando el año legal está por finalizar. En ambos casos a veces nos ponemos nostálgicos. Sobre todo cuando hacemos un balance de quienes ya no están.
Sin embargo, en ambos casos es ineludible hacer un balance de lo que se ha hecho y lo que falta por hacer. Año tras año hay cosas que debemos sacarlas del listado. Lo que ocurre por diversas razones: ya no estamos en la posición de hacerlas, ya pasó el momento de hacerlas, o no tiene ningún sentido hacerlas.
En cuanto a la que no hemos hecho, y debería ser hecho, es un punto que arrastramos para el nuevo año, sea este de vida o año-calendario.
En todo caso, el pensar en lo que hay que hacer, viene precedido de un soñar. Y eso es lo que nos da vida y nos mantiene jóvenes.
Es así como desde niños soñamos con ser astronautas, médicos, ingenieros, bomberos, policías, vaqueros -por que no- y de tantas otras profesiones. Para eso, entendíamos que debíamos estudiar. Soñábamos que pasábamos a segundo grado de primaria. Percibíamos que los de ese segundo grado eran mayores que nosotros. Y queríamos estar sentados en esa aula y en esos pupitres. Y con los años, nuestros sueños iban escalando. Y antes de que nos diéramos cuenta, ya estábamos ingresando al bachillerato. Y luego a la universidad. Y 5 años después, ya teníamos trabajo o lo estábamos buscando. Los sueños se materializaban. A veces no en el tiempo justo, podíamos tardar un poco más, pero lo realizábamos.
La vida nos llevaba por un mundo de sueños: estudiar, graduarnos, conseguir un trabajo, comprar un vehículo, tener una novia o novio, casarnos y tener una vivienda, acceder a una vivienda, ver crecer los hijos y que lograran lo que nosotros no habíamos podido lograr. Siempre veíamos hacia adelante. Y por su puesto en nuestro país, del cual, si en algún momento nos habíamos separado, había sido o era temporalmente.
Nuestros tiempos, siempre habían sido así. Y los sueños funcionaban. Había posibilidades y razones para que fuera así.
Por ello, he tenido la fortuna de no dejar de soñar. Y cuando se inicia un nuevo año, renuevo esos sueños. Y créanme que deseo intensamente que esos sueños se materialicen.
Deseo una Venezuela, donde existan las condiciones para que nuestros hijos, nietos y demás descendientes, estén cerca de nosotros. Que esa descendencia tenga las oportunidades de familia, estudios, y trabajos, que nosotros tuvimos. Un país donde la justicia no sea un intricados burocrático de interminables leyes, procedimientos, donde el que entra no puede salir, así sea inocente. Un país donde nuestros familiares puedan transitar libremente por las calles, sin que desadaptados impidan su circulación. Donde los adolescentes puedan circular libremente para sociales, y incorporarse a la vida adulta, sin que los adultos tengan que llevarlos, traerlos y no quitarle un ojo de encima, porque teniéndoles confianza, no se sienten seguros con el ambiente que les rodea. Un país, donde luego de décadas de trabajo, la pensión sea digna y alcance para vivir sus últimos años. Y otros tantos sueños y deseos…
Eso es soñar. Entonces, sigo siendo joven. Todavía tengo sueños, y mi lista del balance de fin de año, sigue siendo larga.
Feliz año 2025!
@ermartinezd