Henry Escalona: El Imperturbable Orden Astral

Por Henry Escalona

En mis etapas de temprana adolescencia realicé actividades de escultismo y excursionismo que me permitieron relacionarme con la naturaleza y aprender de ella.

Así que, acampando bajo las estrellas y sin comodidades, debí aprender a desenvolverme como los antiguos humanos que de forma intuitiva calculaban la hora por las posiciones solares en el cielo y se orientaban bajo ese principio permanente de que el sol sale por el este y al final del día desaparece por el occidente.

Aprendí también que en la noche puedes orientarte por la posición de los astros que brillan en el cielo y que parecen ser los mismos desde que el homo sapiens decidió moverse por la tierra y por el mar. Confiando en unas estrellas que siempre estaban allí, con las que descubrió, sin brújula ni sextante, que la estrella polar marcaba siempre el norte, sin que existiera la noción del orden cosmológico científico, pues en esos tiempos remotos los antiguos pensaban que la tierra era plana y el centro del universo.

Esas creencias intuitivas que la ciencia descartó, aunque pese a ello aún persisten las creencias de unos pocos terraplanistas en las redes sociales que siguen las ideas acientíficas de fanáticos religiosos como las difundidas por la International Flat Earth Society.

Han sido desplazadas del conocimiento científico por estudios realizados por la astronomía y las ciencias del espacio (astrofísica, cosmología, planetología, astronáutica, e ingeniería aeroespacial entre otras).

Pero plano o esférico, nuestro planeta forma parte de un orden cósmico que se ha mantenido inalterable por cientos de siglos y que ha permitido que el hombre confié plenamente en sus mensajes y señales por constituir verdades prácticamente inalterables desde la intuición o la ciencia.

Así la permanencia del orden cósmico se traduce en las leyes de la naturaleza, las cuales operan de la misma manera en cualquier rincón del universo y en cualquier momento del tiempo. De modo que se mantienen constantes fenómenos como la velocidad de la luz, la ley de gravitación universal y la carga del electrón, por lo que la energía y la materia no se crean ni se destruyen, solo se transforman asegurando que el universo permanezca estable.

En ese orden cosmológico confiaba el navegante de la antigüedad cuando buscaba rutas para la pesca, el transporte de productos, la conquista de territorios o la simple piratería.

De esa misma manera los líderes de las grandes migraciones trazaban sus rutas cuando ni siquiera existía la escritura, pero allí estaban los astros para iluminar sus pasos de día o de noche.

Así el hombre caminó y navegó hasta descubrir todos los territorios que ocupan la superficie de este planeta que llamamos tierra y que no sé cómo le llamaran, en caso de existir, las formas de vida consciente de otros planetas o energías estelares.

Eso se hizo intuitivamente y la antigüedad dejo constancia material de esas aventuras y observaciones del inalterable universo cósmico, pero eso ya es materia para la arqueoastronomía que estudia cómo las culturas antiguas entendían, interpretaban y utilizaban los fenómenos celestes en sus monumentos y calendarios, pero no es de eso que quiero hablarles.

A diferencia del orden cósmico, inalterable prácticamente desde que se configuró como ente material, los órdenes humanos que rigen la vida social en esta pequeña esfera azul que integra el espacio sideral, no son tan inmutables, pero el animal humano, en su evolución, ha creado leyes de aplicación general en los estados que han venido surgiendo desde su aparición y dominio de lo social y cultural.

El hombre se ha apoderado del planeta y las estructuras socio culturales que se han venido formando desde que el débil seguía al fuerte que lo protegía de los peligros de la vida y lo conducía en la búsqueda de cobijo, alimentos y agua en la época nómada, hasta estadios más complejos propios de la imaginación de Huxley en “Un Mundo Feliz” (bueno “A  Brave New World” en los nuevos pensum de estudio que seguramente vendrán en idioma inglés de USA) o la de Ray Bradbury en sus mundos de ciencia ficción.

Posibles o no, estas etapas futuras de la sociedad humana, han sido precedidas de múltiples fases en las que el hombre ha pretendido escribir verdades éticas, religiosas, jurídicas y políticas que definieron el mundo que se conoció hasta 1945 y el que comenzó desde ese año y que parece estar llegando a su fin.

Durante los años que precedieron a este orden actual, la dinámica social ha ido cambiando y estableciendo sus verdades en evolución, desde cuando el humano débil que seguía al humano fuerte que se convertiría en su guía, después en su caudillo y luego en su rey por derecho divino hasta sociedades más actuales (aunque no por ello más justas) como la dirigida por el Comité Permanente del Politburó del Partido Comunista de China.

A estas fases históricas se ha llegados luego de que el hombre aprendiera a quitarle el poder a los reyes, a las jerarquías religiosas, a las sociedades herméticas enquistadas en los gobiernos de muchas épocas y, en fin, a formas de poder que parecían inconvenientes, aunque no estoy del todo seguro que la totalidad de los países los hayan abjurado.

Pero eso no habría pasado sin las ideas que dieron a luz a la revolución de 1776 en los Estados Unidos, a la revolución francesa, a la bolchevique y que se enfrentaban a las ideas del pasado para construir las estructuras del futuro, todo pensado en el triunfo de las nuevas ideas manifestadas en ideologías que triunfan, se imponen y gobiernan.  

De modo que, desde el siglo XVIII, las distintas orientaciones políticas (cada una a su manera) han hecho valer conceptos ideológico/jurídicos que parten de los ideales de libertad, igualdad, democracia, estado seglar (aunque esto no sea del agrado del islamismo militante), separación de poderes, elección de autoridades mediante el sufragio universal, ayuda al débil y todos los derechos que aparecen contemplados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando en 1948 la ONU parecía ser una esperanza global.

No se puede actualmente reducir la discusión a capitalismo y socialismo o izquierda y derecha, cuando en la actualidad el ecosistema ideológico mundial plantea conflictos de valoración entre ideas menos estructuradas que las ideologías tradicionales como liberalismo y marxismo, pues actualmente la discusión es  empírica y emocional.

Por lo que vemos como se agravan las fracturas sociales con los enfrentamientos entre quienes se definen como globalistas y multilateralistas versus   los que prefieren asumirse como nacionalistas o soberanistas, así vemos también enfrentamientos entre quienes creen y quienes no creen en el cambio climático (mientras las excesivas reglamentaciones limitan el crecimiento económico y la carencia de ellas genera tragedias naturales lamentables), también son notorias las divergencias entre quienes defienden los derechos de las minorías sociales y el aborto y quienes pretenden consolidar los valores sociales tradicionales basados en posiciones religiosas.

Estas tensiones se van agrandando con la llegada de la inteligencia artificial, lo que facilita lo que llamo el desplazamiento de la ideología por la tecnología.

Hay ejemplos de lo movedizo y peligroso que suelen ser estos terrenos de discusión, de lo que solo citaré un ejemplo, que mucho incidió en mis temores, destacado recientemente por el medio español El País, el pasado 23 de septiembre, y me voy de “corta y pega” con él:

Delcy Rodríguez agradece a Trump su papel en Venezuela y asegura que habrá elecciones sin concretar la fecha

Delcy Rodríguez ha oficializado en Nueva York la entrega del régimen chavista a los Estados Unidos de Donald Trump. Ha sido una ceremonia en dos partes. La primera fue el martes, en el hotel Lotte New York Palace. La presidenta (sic) de Venezuela se reunió allí con su antigua némesis, el presidente del país al que en el pasado acusó de clavar sus “garras imperiales”. El segundo acto ha tenido lugar este miércoles en la Asamblea General de la ONU. “Quiero agradecer al presidente Trump por su disposición a tomar el camino de las relaciones diplomáticas y la cooperación”, ha dicho Rodríguez. Lo ha hecho en el mismo podio desde el que Hugo Chávez afirmó en 2006 que olía a azufre después de que hablara el presidente estadounidense George W. Bush. La entrega ya es total.

En un discurso de menos de 20 minutos, Rodríguez ha hablado de generalidades como el apego a la paz, el rechazo a la violencia, el respeto a los derechos de la naturaleza y la seguridad energética. Y ha dejado para final el anuncio más relevante: “En Venezuela habrá elecciones. En esa dirección, hemos iniciado un diálogo político”. Aunque no ha puesto fecha; se ha limitado a decir que el pueblo venezolano determinará “el momento correcto”.

El anuncio llama la atención porque rompe con la tradición chavista. Ante las críticas que recibía el país por no celebrar elecciones libres, los líderes del régimen respondían que Venezuela era el país del mundo con más comicios. Hoy, ese discurso ha cambiado. La líder admite así de manera tácita que existe un déficit democrático. Rodríguez ha alabado además el pacto por el que Venezuela cede a Estados Unidos el 20% de sus reservas petrolíferas, algo que Trump había definido el día anterior, también ante la Asamblea General de la ONU, como el “botín de los vencedores”. “Venezuela renace”, ha concluido la presidenta.

El tono del discurso del miércoles ha sido muy distinto al que dio en este mismo foro en 2019. “Vengo en nombre de la única Venezuela, de la Venezuela digna, la valiente, la que no se arrodilla ante poder imperial alguno. Traigo el saludo del presidente Nicolás Maduro Moros y del pueblo venezolano”, decía entonces Rodríguez. La entonces vicepresidenta arremetía entonces contra el “odio supremacista” y “las garras imperiales” de Trump. Han pasado siete años y los nombres de los tres protagonistas se mantienen, pero sus circunstancias han cambiado mucho.

Tal movilidad ideológica desencadenó una tormenta de dudas tan potente en mi ánimo y disposición. Pasé buena parte de mis noches de ayer y de hoy, sentado en mi terraza, oteando en el casi eterno firmamento nocturno, en busca de una señal astrológica que me ayude a definir el destino de la humanidad en esta compleja era acuariana.

* Abogado, historiador

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor»

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