EL DÍA QUE SE JODIÓ VENEZUELA

Eudoro «Tito» Jaén Esquivel, banquero, diplomático y profesor.

UNA ACLARATORIA NECESARIA Y UN HOMENAJE

El presente artículo toma como punto de partida un texto publicado originalmente el 15 de mayo de 2012 por Eudoro Jaén Esquivel, Don Tito, bajo el título “Cuando se jodió Panamá”. Antes de publicarlo, Tito me pidió que lo puliera y corrigiera. Así lo hice. Hoy, cuando se cumplen once años de su muerte, vuelvo a esas líneas con una mezcla de gratitud y asombro: su legado y su intuición política siguen intactos. “El día que se jodió Venezuela” es, quizás, la prueba más fehaciente de cuánto vio venir aquel hombre que desconfiaba de la amnesia social, de la degradación institucional y de los tutelajes que terminan sustituyendo la voluntad de los ciudadanos.

Tito pudo tener muchos defectos —era humano—, pero yo le conocí virtudes difíciles de olvidar: era amigo de sus amigos; le sobraban clase, estilo e hidalguía; y hablaba de su padre, funcionario de la aduana de David, Chiriquí, como de un hombre honesto, correcto y cabal. Esa memoria familiar decía mucho de él. Fue embajador de Panamá en Italia entre 2006 y 2009, ocupó responsabilidades de alto nivel en el Chase Manhattan Bank en Chile y en Panamá, presidió la Comisión Bancaria en 1992 y fue gerente general de la Caja de Ahorros entre 1994 y 1999. Ingeniero agrónomo, hombre de finanzas y profesor universitario, perteneció a esa generación de panameños que podía discutir de banca, historia, política y decencia pública en la misma mesa.

Pero para mí fue algo más. Me acogió durante mi exilio en Panamá. Aún perdura en mi memoria aquella tarde lluviosa en que aterricé en Tocumen. Allí estaba él, esperándome sin conocerme, sin saber realmente quién era yo. Solo sabía que llegaba un hombre que huía del terror y del miedo. Eso le bastó para endosarme su amistad y transmitirme sus conocimientos. Muchas veces lo acompañé a la Universidad Católica Santa María La Antigua, incluso a cobrar su salario de profesor. Por eso este paralelismo no es solamente intelectual. También es una deuda de gratitud.

“Once años después de su muerte, Don Tito sigue hablando desde sus intuiciones. Venezuela es hoy el espejo incómodo de aquella advertencia.

CUANDO SE JODIÓ PANAMÁ… Y POR QUÉ VUELVE LA PREGUNTA

Tito no buscaba una fecha exacta. Buscaba el momento en que un país empieza a perder los frenos que impiden que la política se convierta en botín. Su tesis apuntaba al período que él llamaba la “Patria Boba”: degradación de los partidos, abandono de doctrinas, auge del populismo, corrupción de masas, gamonalismo, lucha de élites por beneficios particulares y creciente protagonismo de la institución armada como árbitro del sistema. Para Tito, la dictadura no había creado todos los males: los había heredado, amplificado y convertido en estructura.

Ese es el punto esencial para Venezuela. Si preguntamos cuándo se jodió el país, encontraremos muchas fechas posibles: el deterioro institucional de finales del siglo XX; el ascenso del chavismo; la erosión de la separación de poderes; el vaciamiento del voto; la persecución política; el colapso económico; la emigración masiva; la elección presidencial de 2024 y su disputa. Pero la pregunta de hoy es otra: después del 3 de enero de 2026, ¿Venezuela comenzó realmente a desjoderse o simplemente entró en una nueva fase de su crisis?

EL 3 DE ENERO: CAYÓ MADURO, NO NECESARIAMENTE EL SISTEMA

El 3 de enero de 2026 produjo una ruptura que pocos habrían imaginado meses antes. Nicolás Maduro y Cilia Flores fueron capturados por fuerzas estadounidenses y trasladados a Nueva York. Ambos quedaron detenidos en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn mientras enfrentan cargos federales. La escena fue histórica: el hombre que durante años concentró el poder venezolano salió del tablero en cuestión de horas. Pero la historia enseña que extraer al jefe de un régimen no equivale a desmontar el régimen.

Ilustración judicial suministrada por el autor: el proceso penal en Nueva York se convirtió en símbolo de la ruptura del 3 de enero.

La estructura sobrevivió. Ministerios, burocracias, redes económicas, mandos, operadores territoriales, cuadros del partido, mecanismos de control y hábitos institucionales siguieron allí. Delcy Rodríguez asumió la presidencia interina y, desde entonces, el país vive una fórmula inédita: continuidad interna con condicionamiento externo. A eso llamo en esta columna tutelaje. No lo uso como categoría jurídica, sino como descripción política de una realidad en la que decisiones estratégicas venezolanas se negocian bajo una influencia estadounidense extraordinariamente superior a la de cualquier etapa reciente.

¿QUÉ ES LO QUE EL TUTELAJE NO VE —O NO QUIERE VER?

Delcy Rodríguez en un acto institucional posterior a la salida de Maduro. Fotografía suministrada por el autor.

El tutelaje puede haber logrado algo que durante años pareció imposible: poner al chavismo rodilla en tierra, obligarlo a negociar y modificar su margen de maniobra. Eso debe reconocerse. Pero la eficacia táctica no resuelve por sí sola el problema republicano. Un país no se democratiza porque un poder extranjero consiga disciplinar a quienes antes parecían intocables. Se democratiza cuando recupera instituciones, reglas, controles, elecciones competitivas, representación, justicia independiente y soberanía ciudadana.

Aquí aparece la primera gran contradicción. Mientras se habla de transición, la transición no  ha desembocado todavía en una legitimidad nacida del voto. En agosto comenzaron conversaciones entre el gobierno interino y sectores opositores con el propósito declarado de rehacer el sistema político antes de futuras elecciones. Eso es importante. Pero “futuras elecciones” no puede convertirse en una frase elástica, útil para posponer indefinidamente el momento en que el ciudadano vuelva a ser soberano.


PETRÓLEO: CUANDO LA TRANSICIÓN EMPIEZA A PARECERSE A UNA ADMINISTRACIÓN DE ACTIVOS

La segunda contradicción está en el petróleo, y ya no puede tratarse como una nota al pie de la transición. A finales de agosto de 2026, Washington y Caracas anunciaron un acuerdo sobre 17 campos petroleros. El dato correcto no es 65 millones de barriles: las fuentes oficiales estadounidenses y reportes independientes hablan de aproximadamente 65 mil millones de barriles de reservas probadas o recuperables vinculadas al esquema. La Casa Blanca sostiene que el arreglo otorga a Estados Unidos control mayoritario y derechos económicos de largo plazo; Reuters ha señalado que el pacto fue negociado con escasa transparencia y ha despertado dudas jurídicas entre especialistas. Delcy Rodríguez lo defiende como vehículo de inversión, producción y recuperación económica. Pero para una nación que intenta salir de décadas de concentración de poder, la pregunta es inevitable: ¿puede una transición democrática comprometer una porción de semejante magnitud del principal patrimonio nacional sin una deliberación pública robusta, controles institucionales claros y legitimidad política suficiente?

Este no es un detalle técnico. Es el corazón del problema. Si una transición nace para devolverle la República a los ciudadanos, sus grandes decisiones económicas deben soportar más escrutinio, no menos. Si el viejo sistema fue criticado por la opacidad con la que manejó la riqueza nacional, el nuevo período no puede pedir

un cheque en blanco en nombre de la reconstrucción. La democracia no consiste en cambiar quién firma los contratos; consiste en cambiar las reglas bajo las cuales esos contratos se discuten, aprueban, publican y controlan.

65 MIL MILLONES DE BARRILES: cuando la reconstrucción del país se mezcla con la administración externa de su principal activo, la soberanía deja de ser una consigna y se convierte en una pregunta constitucional.

Las protestas recientes en Caracas contra la presencia estadounidense demuestran, además, que el tema de la soberanía no pertenece exclusivamente a una corriente ideológica. Puede ser instrumentalizado por el chavismo, sí; pero también puede expresar una inquietud legítima: ¿quién decide hoy sobre los recursos de Venezuela, con qué mandato y bajo qué controles? Despachar esa pregunta como propaganda sería cometer el mismo error de quienes durante años confundieron patria con gobierno.

LA PATRIA BOBA VENEZOLANA

La expresión “Patria Boba” pertenece históricamente al vocabulario de la independencia neogranadina y Tito la utilizó, con licencia polémica, para describir un período panameño de desorden, miopía y degradación política. Yo la tomo hoy con el mismo sentido metafórico. La Patria Boba venezolana no es una patria de ciudadanos tontos. Sería una injusticia decirlo. Es una patria en la que las élites actúan como si el tiempo fuera infinito y como si la sociedad pudiera seguir esperando.

Es boba una patria cuando celebra la caída del autócrata, pero no exige simultáneamente el nacimiento de instituciones. Es boba cuando sustituye la dependencia de La Habana, Moscú o Pekín por una obediencia automática a Washington y llama a eso soberanía. Es boba cuando el viejo oficialismo se recicla sin rendir cuentas y la oposición se fragmenta discutiendo quién será reconocido por el tutor de turno. Es boba cuando los recursos naturales se convierten en el centro de la transición y el ciudadano queda en la periferia.

Es boba cuando la reconstrucción económica corre más rápido que la reconstrucción constitucional. Es boba cuando se normaliza que las grandes decisiones se conozcan después  de  firmadas.  Es  boba  cuando  los militares continúan siendo considerados indispensables para cualquier desenlace político. Es boba cuando se habla de democracia en futuro, mientras el presente se administra mediante excepciones. Y es, sobre todo, una Patria Boba cuando vuelve a olvidar.

LA AMNESIA SOCIAL: EL PUNTO DONDE TITO Y VENEZUELA SE ENCUENTRAN

Tito preguntaba: “¿Cuándo despertaremos de nuestro estado de amnesia social?”. Esa frase atraviesa catorce años y aterriza intacta en Caracas. Venezuela ha sufrido demasiado como para permitirse olvidar demasiado pronto. No puede olvidar a los presos, a los perseguidos, a los muertos, a los exiliados, a quienes perdieron su patrimonio, a quienes cruzaron fronteras, a quienes fueron humillados por pensar distinto. Pero tampoco puede olvidar que una República no se construye únicamente con revancha.

La memoria democrática debe servir para impedir la repetición. Eso significa verdad, justicia, garantías, límites al poder y reglas que también protejan al adversario. Si el nuevo orden reproduce la lógica de vencedores absolutos y vencidos sin derechos, solo estaremos preparando el próximo ciclo autoritario. La Venezuela que salga de esta transición tendrá que ser suficientemente fuerte para juzgar delitos y suficientemente democrática para no criminalizar identidades políticas.

ENTRE LA TUTELA NECESARIA Y LA TUTELA PERMANENTE

Toda transición compleja puede necesitar garantías externas. La historia está llena de procesos donde actores internacionales ayudaron a contener violencia, facilitar acuerdos, asegurar financiamiento o crear confianza. El problema comienza cuando la garantía se transforma en sustitución. Una cosa es acompañar a un país; otra es administrarlo. Una cosa es ayudar a desmontar una dictadura; otra es decidir indefinidamente qué venezolanos gobiernan, cuándo se vota, quién explota los recursos y bajo qué condiciones.

Por eso la pregunta no debe ser si Estados Unidos ha sido útil para alterar la correlación de fuerzas. Evidentemente lo ha sido. La pregunta es cuál es el punto de salida del tutelaje. ¿Qué indicadores deben cumplirse? ¿Qué instituciones deben estar reconstruidas? ¿Cuál es el calendario electoral? ¿Cómo se garantizará la participación de todas las corrientes democráticas? ¿Qué papel tendrán las Fuerzas Armadas?

¿Qué acuerdos económicos deberán ser ratificados por autoridades plenamente legitimadas? Una tutela sin puerta de salida deja de ser transición y empieza a parecerse a otra forma de dependencia.

ENTONCES, ¿CUÁNDO SE JODIÓ VENEZUELA?

Quizá no exista un solo día. Tal vez Venezuela se jodió por acumulación: cuando la política dejó de ser servicio y se volvió pertenencia; cuando el petróleo sustituyó a la ciudadanía; cuando el Estado se confundió con el partido; cuando el uniforme adquirió poder de veto; cuando el adversario pasó a ser enemigo; cuando la ley se convirtió en instrumento y no en límite; cuando millones aprendieron que para sobrevivir había que emigrar, callar o depender. Pero hay una pregunta más urgente que la del pasado: ¿en qué día comenzará Venezuela a dejar de estar jodida? No será el 3 de enero por sí solo. No será el día de un contrato petrolero. No será el día en que un funcionario extranjero aterrice en Maiquetía. No será el día en que Delcy Rodríguez cambie de discurso. Será el día en que el venezolano recupere la capacidad efectiva de escoger, controlar y sustituir a sus gobernantes; cuando el poder vuelva a tener fecha de vencimiento; cuando los contratos públicos resistan la luz; cuando las Fuerzas Armadas regresen definitivamente a su función constitucional; cuando la justicia deje de preguntar quién eres antes de decidir qué dice la ley.

EPÍLOGO: DON TITO TENÍA RAZÓN EN ALGO ESENCIAL

La historia tiene el mal hábito de repetirse, escribió Tito. Once años después de su muerte, aquella frase conserva una inquietante vigencia. Su legado y su intuición política siguen intactos porque entendió que los países no se quiebran solamente por un golpe espectacular, sino por la acumulación de concesiones, silencios, cinismo, amnesia social y pérdida de controles. “El día que se jodió Venezuela” no pretende convertirlo en profeta; pretende reconocer que su método de mirar la política -preguntar quién controla, quién responde, quién se beneficia y quién queda sin voz- sigue siendo una brújula útil. Yo agregaría que la historia también tiene la mala costumbre de disfrazarse: nunca vuelve con el mismo uniforme. Cambian los nombres, las banderas, las potencias y los discursos. Lo que permanece es la tentación de sustituir ciudadanía por obediencia y República por tutela.

Por eso hoy, al recordarlo, vuelvo a verlo en Tocumen bajo la lluvia, esperando a un desconocido porque sabía que ese desconocido necesitaba una mano. Ese era Tito. Un hombre que podía  hablar  de  balances bancarios y terminar hablando de dignidad. Y quizá por eso su vieja pregunta sigue teniendo fuerza.

¿Cuándo se jodió Venezuela? No lo sé con exactitud. Pero sí sé cuándo volvería a joderse: el día en que, después de haber pagado un precio tan alto por salir de una dictadura, aceptemos otra vez que alguien —de adentro o de afuera— piense, decida y gobierne por nosotros.

A calzón quitao.

FUENTES Y NOTAS DE VERIFICACIÓN

  • Eudoro Jaén Esquivel, “Cuando se jodió Panamá”, La Estrella de Panamá, 15 de mayo de 2012; reproducido en homenaje por Wilmer Suárez Mussio el 23 de junio de 2015.
  • Reuters, 3 y 5 de enero de 2026: captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, traslado a Nueva York y detención en el Metropolitan Detention Center de Brooklyn.

•      Reuters, 28 y 31 de agosto y 2 de septiembre de 2026: acuerdo energético Venezuela-Estados Unidos, acceso/control sobre aproximadamente 65 mil millones de barriles, cuestionamientos de transparencia y nuevos convenios de inversión.

  • Reuters, 6 de agosto de 2026: inicio de conversaciones entre el gobierno interino y una delegación opositora con miras a una futura reinstitucionalización y elecciones.

•      Casa Blanca, 31 de agosto de 2026: ficha oficial del acuerdo petrolero sobre 17 campos y aproximadamente 65 mil millones de barriles. “Tutelaje” y “Patria Boba venezolana” son caracterizaciones de opinión del autor, no denominaciones jurídicas oficiales.

Fotografías de Eudoro “Tito” Jaén: archivo suministrado por el autor.

Imágenes adicionales de Nicolás Maduro, Cilia Flores, Delcy Rodríguez y material gráfico relacionado: suministradas por el autor.

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor».

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