La economía venezolana es una ecuación sin solución. Las variables envueltas son desconocidas. No son las que deberían ser.
Sube el petróleo. Se mantienen altos esos precios por las dos guerras. A la vez que se incrementa el costo de la vida y la tasa de cambio se supera a sí misma cada día. Al final, el igual es cero para la gran mayoría de los venezolanos.
Las esperanzas, que los venezolanos creyeron tener a la vista, con el paso de los meses se transformaron en ilusiones. Y esas ilusiones estallaron como globos con el terremoto del pasado 24 de junio.
Hasta el momento, montados en un “sube y baja” de emociones contradictorias, la verdad es que vivimos en la incertidumbre permanente. No sabemos qué pasa, pero se sufren las consecuencias diarias.
Los venezolanos ni creen en el gobierno interino -como no creían en el de Maduro- y no creen en las cifras que vocifera ese régimen.
La situación del país no es económicamente buena: la tasa de desempleo es alta, el terremoto ha inducido más despidos, y a los jubilados no les alcanza el monto de sus pensiones con bonos y todo.
Por donde el venezolano mete la cabeza, sale trasquilado. Los números no dan, y el mejor indicador que el trabajador sigue de cerca son aterradores: bolsillo y estómago.
El estómago, porque suena horrores con el hambre. El bolsillo, porque sin dinero no suena. Un estómago ruidoso, acompañado de un bolsillo silencioso, es una mezcla explosiva. Y eso debe ser evitado. ¿Se está haciendo algo? Por lo visto NO.
¿Cuál es la solución?
Teniendo en consideración, que mientras no se materialicen inversiones productivas y se generen empleos, el malestar va a continuar. Además, colapsó la práctica de las últimas décadas de repartición de bonos. Ni es suficiente, ni va a permanecer en el tiempo. No hay fondos para ello, porque no hay dinero para repartir.
La solución es echar a andar la economía, que se generen puestos de trabajo y no se restrinjan las iniciativas privadas.
Eduardo Martínez
Editor www.eastwebside.com