Los dos terremotos del 24 de junio nos ponen a prueba otra vez. La naturaleza se nos puso en contra, como ha ocurrido desde tiempos inmemoriales. Es una nota en letra chiquita que nos acompaña desde que nacemos.
No podemos escondernos de esos sucesos que terminan siendo episodios no anunciados, y que al final, nos llegan cerca.
Todos tenemos experiencias de estos acontecimientos naturales. Primeros son relatos que hacemos, luego se convierten en anécdotas que finalmente quedan sepultados en la memoria personal y del colectivo.
Estos desastres nos deberían enseñar a “prevenir”. Lo que significa estar preparados ante cualquier eventualidad: personal adiestrado profesionalmente, voluntarios que estén dispuestos desde un primer momento, y un espíritu colectivo de la población que conozca lo que debe hacer sin improvisar.
Por su parte el Estado debe nos lo establecer políticas a ser implementadas ante una emergencia, sino que debe contar con los implementos, equipos, recursos adecuados, técnicas de rescate y socorro, para contener el número de víctimas.
Asimismo, tenemos que concebir un sistema nacional que involucre a los distintos niveles e instituciones públicas, incluyendo las parroquias, municipios, alcaldías, gobernaciones y el poder Nacional.
Nadie esta exento de ser víctimas, por lo que nadie debe estar exento de participar como civil en la defensa civil de las personas y comunidades. Son muy grandes los números de estos terremotos. Las réplicas siguen ocurriendo. Los edificios derruidos siguen sepultando cuerpos que hay que rescatar. Por suerte la ayuda internacional ha comenzado a llegar. Nos traen recursos técnicos y equipos. Cada vida humana vale esa ayuda.
Sin embargo, esos es lo inmediato. No podemos perder de vista lo que esta tragedia nos ha traído. Por una parte, luto, dolor, pérdidas. Por el otro, una experiencia terrible que no debemos olvidar. Debemos aprender de ella.
Debemos seguir adelante.
Eduardo Martínez
Editor, www.eastwebside.com