Por Eduardo Martínez
Quienes hemos dedicado gran parte de nuestra vida a la docencia -en mi caso más de 30 años- por lo general tenemos un legado que dejar a las generaciones actuales y futuras. No podemos esconder esas experiencias en un cerrado baúl de recuerdos que nunca se abre. Por el contrario, estamos obligados a abrirlo, para luego compartir su contenido.
La primera tentación, cuando se comienza a enseñar, es enseñar lo que nos enseñaron. Eso al principio satisface nuestra dedicación. Pero en poco tiempo, no nos alimenta el espíritu completamente. ¿Pero qué más debíamos hacer?
La verdad es que en mis tiempos, no encontrábamos la respuesta que buscábamos. No estaba a la mano. Venezuela a finales de los años 70 tenía un déficit de profesores universitarios, en todas las áreas. Hueco de horas de clases, que vinieron a cubrir los profesionales, que regresaban de sus estudios en el exterior gracias a las becas del “Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho”.
También por los miles de profesionales que perseguidos en sus países del Sur (principalmente Argentina, Chile y Uruguay), tuvieron a bien exilarse en Venezuela.
Detrás de esa oleada de profesionales, veníamos nosotros.
En la vía de una respuesta
Algo que nadie nos explicó, es que cuando se imparte una asignatura ese conocimiento tiene dos caras. Por una parte, el conocimiento en concreto. Por otra parte, el para qué: nos sirve para seguir e ir adelante.
Tomemos como ejemplo las matemáticas. Desde primaria aprendemos a manejar los números, pero detrás de esos símbolos -que van del 1 al 0- se esconden las cantidades, las relaciones entre ellos, y con “la regla de tres” vienen las primeras ideas de “proyección” y/o “estimaciones” más allá del manejo de esos diez números (símbolos) básicos.
Cuando se ingresa a la universidad, las matemáticas reciben otra denominación como asignatura: Cálculo y/o Análisis. Por cuanto las herramientas matemáticas nos sirven para analizar. Con los números llevamos las cuentas, sumamos, restamos, multiplicamos y dividimos. Pero lo importante, es que nos sirve para “analizar”.
Prácticamente, eso sucede con todas las asignaturas. Por ejemplo, en el caso del Lenguaje, o de las clases de “castellano”, idioma que hablamos maternamente, leer y escribir no basta, no es suficiente. Al principio, aprendemos 27 letras, con las cuales podemos mezclarlas para formar primeramente sílabas y luego con las sílabas, registrar palabras (escribirlas). Y cuando combinamos las palabras, escribimos párrafos.
Eso nos permite componer cuentos, relatos, responder “por escrito”, y además, en la medida que aprendemos la ortografía y la gramática -que son las reglas de uso de las palabras- podemos aprender a expresarnos correctamente. Lo que permite que nos entendamos entre los que hablamos en castellano.
Siempre, hay algo más allá. Y cuando examinamos lo aprendido en esas asignaturas básicas, podemos seguir adelante. En el caso del leguaje -muy importante- el saber leer y hemos aprendido a aprender. ¿Por qué? Porque hemos adquirido la capacidad de leer, algunos de los millones de libros que han sido escritos e impresos. Lo que nos abre los ojos ante la realidad de que puede ser posible que aprendamos por nuestro propio esfuerzo.
Igualmente, sucede con todas las carreras profesionales que se estudian en las universidades, colegios, escuelas, etc. Y eso marca una inmensa diferencia.
Cuando Gutemberg (c1450) inventa la imprenta, a lo mejor no proyectó la importancia de lo que había hecho. Hizo práctico el hecho que las personas aprendieran a leer. Y con eso, aprendieran a aprender por si solos. Pudieran tener sus propias opiniones. Dar respuestas a sus dudas. Y al final de eso, ser libres.
¿En Venezuela nuestros niños, jóvenes y hasta los adultos mayores, están aprendiendo a aprender? ¿Todos ellos?
Esa es la gran tarea.
@ermartinezd