Víctor Maldonado: Más acá de la propaganda

Por Víctor Maldonado.

Mientras escribo estas líneas, el presidente no termina de culminar su entrada al salón protocolar de la Asamblea Nacional. Como siempre, llega, saluda, se detiene y él mismo se hace el cortejo, mientras crujen protocolos y tiempos. Jorge Rodríguez seguramente señalaría que esa conducta responde a esa ventaja moral y ética que algunos incautos confunden con ventajismo.

Que no tiene demasiado interés a los efectos de la equidad que minutos de exposición mediática pasen a través de las cámaras de los canales oficiales y lo muestren
«encampañao» y sonriente, dando abrazos, señalando a los que están un poco más lejanos, diciendo un chiste aquí y pelando el diente un poco más allá. Y mucho menos que como fondo del programa protocolar se escuche, con una claridad negada a los parlamentarios democráticos, el coro de consignas supuestamente voceadas por el pueblo, a quien se le ha permitido el acceso, eso sí, con la condición de que permanezcan prestos al frenesí por la figura presidencial del que también es uno de los candidatos a un nuevo período de gobierno.

Caracas, y presumo que el resto del país, se estrenó en el mes de julio como parte de ese escenario de campaña política que la obligan a estar forrada de pancartas, gigantografías y vallas alusivas a la campaña oficial. Luce, por supuesto, desproporcionada, casi abisal la preeminencia de esa imagen. Eso sí. No se muestra al Chávez de hoy, que a sus cincuenta y siete años lleva consigo el peso de la enfermedad y el desgaste. No se enseña al que fue el recipiendario de las expectativas del pueblo, sino aquel que no puede mirarlos de frente sin
sentir y provocar el escalofrío del fraude. El Chavez envejecido e hinchado es ahora un secreto de Estado. De ese Chávez no se habla.

Hay una discordancia explosiva. Se quiere mostrar a un mandatario sobrado de realizaciones y de vigor. El fotoshop, que tanto se critica en las modelos, ha hecho en este caso su trabajo. El resto lo quiere lograr una música pegajosa e imágenes que no son otra cosa que un buen compendio de las aspiraciones vernáculas. Pero allí sigue la disonancia. Esa realidad musical y colorida simplemente no existe. Allí donde triunfa la pancarta o el jingle se esconde una derrota. Como en el Retén de la Planta, ahora pintado y desalojado, pero con ese historial macabro de crimen y descalabro cuyos estertores vivimos recientemente. Allí donde se coloca un afiche se quiere ocultar la barbarie cotidiana de violencia, impunidad y corrupción que nos asola desde hace más de una década.

¿Quieren conocer la realidad nacional? Vayan a la morgue de Bello Monte cualquier fin de semana y escudriñen allí el dolor y el vencimiento de la civilización que ocurre en cada crimen que nunca será resuelto. O visiten Catia, y aprecien esa ansiedad destructiva que padecen los comerciantes que no saben si van a tener propiedad al día siguiente, o la de sus trabajadores que dudan sobre si van a tener empleo la próxima quincena. Allí la risa de las propagandas se transforma en llanto y crujir de dientes. En cada uno de estos casos, los anuncios oficiales se tornan en esa materia oscura que se alimenta
del miedo y la desesperanza.

No me crean. Vayan a la escuela bolivariana Juan Landaeta que queda en Catia. Ubicada en un viejo galpón, sus mil alumnos se debaten entre las aguas negras, la falta de agua y el techo roto por donde se cuelan la lluvia y los malandros. Vayan y tomen su propia decisión sobre cual es más verdad, si la cotidianidad de esos muchachos venezolanos que ven en ese antro una razón más para desertar, o ese mundo soleado y refulgente de la propaganda oficial. Por cierto, frente al Colegio sobrevive un centro de damnificados que están allí desde el deslave de Vargas. Por lo visto para ellos no hay «Gran Misión Vivienda» que
valga. ¿Has visitado a un preso político? ¿Le has preguntado a cualquiera de ellos si ya comenzó su juicio? ¿Sabes cómo se siente la Dra. Ana María Abreu? ¿Tienes conciencia de la lucha que día a día enfrentan todos ellos para no enloquecer?

Esas preguntas no serán respondidas en la propaganda oficial. Para la realidad, cuando es descarnada, solo opera el silencio y esa complicidad de los que intentan justificar lo que no puede ser otra cosa que el hundimiento de todo lo que es importante para un país: el respeto por la ley, la virtud y el honor. ¿Te suena?

Víctor Maldonado C

Twitter: @vjmc

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*