Víctor Maldonado: La peste de los líderes insustituibles

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por: Víctor Maldonado C.

En Venezuela sobran quienes se creen los salvadores de la patria. Si tuviéramos que construir un “tipo ideal” de los que así se presentan no podríamos dejar de incluir esa capacidad que todos desarrollan para argumentar por qué son ellos y no los demás los que tienen que encabezar listas, comisiones, candidaturas y cualquier tipo de encargo. Ninguno de ellos le confiere al resto la más mínima posibilidad de hacer bien una tarea que sólo ellos saben hacer. Tampoco creen que los demás sean capaces de convocar y dirigir las masas y mucho menos administrar esta o cualquier crisis que se presente. Cada uno se cree con el liderazgo y la capacidad de convocatoria para torcer el curso del destino y trastocar la realidad. Y lo interesante del tema es que uno es la negación absoluta del otro y entre todos construyen la demostración de una inmensa falacia alrededor de lo que dicen y lamentablemente hacen.

Nadie es indispensable. Sin embargo, esta verdad de Perogrullo tiene sus condiciones porque los autodenominados salvadores de la patria organizan la trama y el argumento para que ellos sean insustituibles. La clave del crimen está en obstaculizar sistemáticamente el surgimiento de instituciones, maniobrar para desprestigiarlas y minimizarlas, y finalmente demostrar que son ellos los que tienen suficientes cojones para remontar las circunstancias y vencer, aunque a veces esas victorias sean pírricas. Entonces, nadie es indispensable, pero hay cierto tipo de líderes y dirigentes que organizan todo para convertirse en inevitables. Veamos cómo lo hacen.

La primera decisión es jurar condicionalmente el cumplimiento de los acuerdos, normas y procedimientos. La segunda es interpretar convenientemente las normas, casualmente siempre a favor y nunca en contra. La tercera, derrumbar tradiciones, convenciones, consensos y acuerdos, para imponer la ley del más fuerte, cuyos briosos caballos son el poder abrumador de la mayoría tumultuaria. La cuarta, rodearse de incapaces, perversos y canallas a sueldo, cuya exhibición provoca la grima y el asco de pensar que alguno de ellos tenga la más remota posibilidad de asumir la conducción. La quinta, jugar a la división del resto para fortalecer la propia condición. La sexta, excluir a cualquiera que tenga perfil e ideas diferentes. Y finalmente, jugar a la crisis permanente, porque la concordia y la normalidad son los correctivos más notables de esta forma tan primitiva de ejercer el liderazgo.

Por razones hartamente conocidas el país ha sido bombardeado de análisis y lamentos sobre “cuan huérfanos” están unos y otros ante la obligada ausencia del presidente Chávez. Eso no debe asombrarnos porque lamentablemente él es casi un ejemplo perfecto de lo que hemos venido argumentando. Como se cree forzosamente necesario –cuantas veces nos lo ha restregado, y cuantas veces sus aduladores lo han coreado- él se ocupa personalmente de obstaculizar cualquier esfuerzo que se haga para la creación de consensos y la formulación de metas colectivas en la sociedad. Tampoco debe extrañarnos que la agenda lo circunde fatalmente, porque de eso se trata la constitución de un régimen autoritario y personalísimo. ¿Cómo obviarlo si se ha encargado de hacernos ver que el resto de los poderes públicos están hincados a sus pies, atentos solamente a sus órdenes y designios?

Pero lo peor es que él no es el único. Padecemos una epidemia de providencialistas y salvadores de la patria. Llevamos encima el peso de un argumento repetido obscenamente, que cada uno de ellos –los supuestos salvadores- es la garantía del éxito. Y que si no cedemos al descaro del chantaje discursivo, cualquier oportunidad se va por el caño.

Algún día aprenderemos a no aferrarnos a este tipo de ofertas engañosas. La política no es solamente la constitución de alianzas y la confrontación de adversarios. La política debería ser el esfuerzo constante de los ciudadanos para construir –y respetar- reglas, normas y tradiciones que en conjunto constituyan el marco institucional para tomar decisiones, resolver problemas, ingeniar soluciones y mantener una adecuada conducción política. Sin instituciones no es  posible la fluidez resolutoria, además de tener que sufrir la vergüenza del gemido nacional por la ausencia del tirano que nos maltrata y nos define la agenda. En ausencia de ese contexto que resulta ser sorprendentemente indispensable, no nos queda otra que depender del “providencial de turno”, que puede estar disponible o no. Cuando no hay ni reglas ni acuerdos, cada problema que se presenta es un dilema que obstaculiza la capacidad de respuesta, y a veces la niega definitivamente.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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