Víctor Maldonado: Conducidos por el Espíritu

Spread the love

por: Víctor Maldonado C.

Dios dispone todas las cosas…

Romanos, 8-28

El escritor pagano Celsus (siglo II d.C.) filósofo griego y oponente pertinaz de la primera iglesia cristiana, nos da sin embargo una mirada sin sesgo sobre las causas de un éxito que a su juicio era injustificado e inexplicable, pero que debía reconocer, no como una obra divina sino en razón de haber hecho bien las cosas. Lo primero que ocurrió fue que ese movimiento cismático de la religión judía tuvo incluso nombre propio. El libro de los Hechos relata que en ocasión de la visita de Pablo y Bernabé a Antioquía, luego de un año de intenso trabajo, los discípulos recibieron el nombre de “cristianos”. Ya sabían por lo tanto, cómo iban a identificarse y a reconocerse. Ya sabían los demás cómo llamarlos.

Pero además de eso, por la fuerza de las circunstancias que les tocó vivir, llena de peligros y competencias no siempre tan leales, conformaron rápidamente una estructura unitaria, y desde allí organizaron redes confiables. Sabían de los riesgos y no se lo tomaban a la ligera, tenían conciencia del drama que les tocaba enfrentar, lo hacían con cautela y prudencia, pero sin desmedrar el arrojo y el optimismo. La tercera razón del éxito fue la coherencia y la cohesión tempranas. De eso se trataba el evangelio, de anunciar y proclamar su verdad, sencilla, emocionante y comprensible, con capacidad de ser asumida por propios y extraños. La confianza mutua, que no fue fácilmente lograda, pero que se convirtió al final en uno de los emblemas principales de los apóstoles, fue otra de las cosas que hicieron bien. No podían estar en todas partes y debían por tanto asentar comunidades que al final quedaban con el encargo de predicar y vivir las enseñanzas de Jesús. Ello no implicaba el abandono absoluto. Tal vez eso es lo más admirable, el empeño por visitar regularmente las comunidades, y el afán por aconsejarlas, encuadrarlas, resolver las dificultades cotidianas. No hay misión que se pueda cumplir desde la torre de marfil del arrogante silencioso, ni organización que se pueda montar sin delegación.

El reto de la primera iglesia era ser diferentes. Su atractivo no era justamente el plegarse o el pasar agachados. No tenían interés en especializarse en el mimetismo de los camaleones. Pronto llamaron la atención y comenzaron a ser la alternativa. Tenían fe en que eran mejores, que su vida podía llegar a tener más sentido trascendente y que la paz era una consecuencia de la conexión con lo espiritual. Tenían doctrina y por lo tanto capacidad para explicar de la mejor manera el mundo.  Tenían convicciones, disposición permanente para debatirlas y  un inmenso compromiso para vivirlas.  La misión del cristiano comprometido era su comunidad. La congregación era su iglesia y su mundo de vivencias. Con “el de al lado” compartía y practicaba. Con ellos asimilaba una nueva forma de vida basada en la confianza mutuamente otorgada entre los que se consideraban hermanos. No había una sola razón para la conversión, pero todas confluían en la posibilidad de encontrarle sentido a las necesidades del momento y reencontrarse con el principio esperanza que provoca el saber que hay salida. Nunca dejaron de ser positivos y compensadores.

El ser diferentes tenía un gran atractivo. ¿En qué? En la práctica de la caridad y la solidaridad. No dejaban todo en manos de Dios. Cada uno de ellos sabía que su compromiso era ciertamente ser el reflejo del reino prometido. Y todos debían aportar. La iglesia originaria se mantenía con el tributo y el trabajo de sus miembros. Y por lo que estaban dispuestos a hacer por el otro y con los otros. Eso sí, sin darle espacios a la lógica tumultuaria. Allí donde había cristianos había congregación y jerarquías. Los cristianos eran organizados y creían en la organización, con todos sus requisitos.

Y finalmente, el coraje. Celsus contradice la leyenda de la persecución y las catacumbas como refugio y clandestinidad. No fue así. Cuando un gobernador romano comenzó a perseguir a los cristianos en Asia Menor, toda la comunidad de creyentes se paró enfrente de las puertas de sus casas en manifestación explícita de su fe y en protesta contra la injusticia. El martirio no fue otra cosa que una escalada de la valentía que el colectivo estaba dispuesto a demostrar.

Pablo decía que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman, a los que él ha llamado según su voluntad. A los que de antemano conoció. Y cuando los llama, los hace justos, y después de hacerlos justos, les da la gloria. Allí está la historia de dos milenios de reciedumbre para demostrarlo. Pero también que sólo siguiendo la receta de unidad, confianza, coherencia, cohesión, conciencia, convicción y ejemplo de vida podremos ser tan diferentes como para enfrentar el mal hecho gobierno.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *