José Azel: Los límites del lenguaje político

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Por José Azel

No se sabe cuándo o por qué empezamos a hablar. El origen del lenguaje ha sido objeto de especulación durante varios siglos y los científicos han desarrollado varias hipótesis sobre cómo, por qué, cuándo y dónde empezamos a hablar. Algunas teorías consideran que el lenguaje es, en su mayor parte, una facultad innata codificada genéticamente; otras teorías consideran que el lenguaje es una cultura aprendida por interacción.

Estudios recientes sobre el lenguaje muestran que hasta el 60 por ciento de nuestras conversaciones están dedicadas al chisme. Aparentemente, el chismorreo es algo que nos sale muy natural, y pasamos unos 52 minutos al día chismorreando. Como dice el dicho, «no nos gustan los chismes, pero nos entretienen».

El chismorreo, que suele implicar un intercambio de información social sobre conocidos, tiene una mala reputación algo inmerecida. Los científicos nos dicen que el 70-90 por ciento de los chismes suelen ser ciertos, y que el 75 por ciento de los chismes son de naturaleza no evaluativa o neutral. Sólo el 15 por ciento de los chismes son negativos, y el 10 por ciento son positivos.

Hoy en día, nuestro discurso político se parece al chismorreo. George Orwell, en su ensayo de 1946 La política y el lenguaje inglés, escribió que el lenguaje político «está diseñado para hacer que las mentiras suenen verdaderas; el asesinato respetable; y para dar al viento un apariencia de solidez». Pero el lenguaje político no siempre fue tan banal y carente de sustancia.

Por ejemplo, en 1858 tuvo lugar una serie de siete debates entre Abraham Lincoln, el candidato del Partido Republicano al Senado de los Estados Unidos por Illinois, y el candidato del Partido Demócrata, el Senador Stephen Douglas. Estos debates entre Lincoln y Douglas, versaban ampliamente sobre la esclavitud, y sobre su futura expansión a nuevos territorios. No fueron debates políticos sin importancia.

Compárese la calidad, el contenido y el formato de los debates de Lincoln-Douglas con nuestro equivalente de hoy en día. El formato de los debates era que un candidato hablara durante 60 minutos, luego el otro candidato hablara durante 90 minutos, y al final se le permitía al primer candidato una réplica de 30 minutos. Por lo tanto, cada debate duraba 3 horas.

Cuando Lincoln y Douglas debatieron el tema de la extensión de la esclavitud, estaban abordando un tema que había dividido a la nación y amenazaba la continuidad de la Unión. Los principales periódicos cubrieron los debates de forma vehemente y reimprimieron los textos completos de cada debate.

Sin embargo, en lo que podría llamarse el chismorreo institucional de la época, los periódicos que apoyaban a Douglas editaban sus discursos para eliminar y corregir cualquier error, pero dejaban los discursos de Lincoln en la forma burda en que habían sido transcritos. Del mismo modo, los periódicos favorables a Lincoln revisaron los discursos de Lincoln, pero dejaban los textos de Douglas sin editar.

En ese momento la legislatura elegía los senadores y eligió a Douglas por un voto de 54 a 46. Lincoln perdió la elección, pero ganó reconocimiento como un conmovedor portavoz de la causa republicana antiesclavista. Lincoln y Douglas se volverían a encontrar en la elección presidencial de 1860 y sus debates, esta vez editados por Lincoln, se imprimieron en forma de libro y se utilizaron como un importante documento de campaña.

El lenguaje es quizás el método más importante de interacción humana. Nuestras vidas están limitadas por lo que podemos explicar a través del lenguaje. El lenguaje impone un límite al pensamiento. Desafortunadamente, mucho de nuestro actual uso del lenguaje no tiene la calidad de los debates de Lincoln-Douglas y está dedicado en su mayor parte a chismes y trivialidades.

A principios del siglo XX, el filósofo austríaco-británico Ludwig Wittgenstein (1889-1951) se convirtió en figura clave de un movimiento filosófico que tenía el lenguaje como tema de estudio. Wittgenstein sostenía que, si no podemos describir algo con palabras, no existe. Lo expresó de manera exquisita. «Los límtes de mi lenguaje comportan los límites de mi mundo».

«Las opiniones aquí publicadas son responsabilidad absoluta de su autor»

 

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