Isabel de Tenreiro: Buena Nueva – Profetas ayer y hoy

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Por Isabel Vidal de Tenreiro

Es lamentable que el vocablo “profeta” sea tomado para referirse a quien predice el futuro. Ciertamente el profeta puede hablar del futuro, si Dios así lo desea. Pero el mensaje profético incluye muchísimo más que eso. “La palabra del profeta edifica, exhorta y consuela” (1 Cor. 14, 3).

Profetas hubo en el Antiguo Testamento, en cumplimiento de lo anunciado por Moisés: “En aquellos días, habló Moisés al pueblo, diciendo: ‘El Señor Dios hará surgir en medio de ustedes, entre sus hermanos, un profeta como yo. A él lo escucharán” (Dt. 18, 15-20)

Pero… ¿qué es un profeta? Profeta –el profeta que es verdadero– es quien dice lo que Dios quiere que diga. Profeta es quien habla en nombre de Dios y bajo su inspiración. Profeta es quien habla con su boca lo que Dios quiere comunicar.

Nadie puede decidir ser profeta, porque es Dios Quien lo escoge. Es Dios Quien toma la iniciativa y el profeta sólo debe seguir lo que Dios le indica.

Muchos profetas se resisten, porque su misión suele ser ingrata e incomprendida. Pero Dios no se arrepiente e insiste. Eso lo supo Jonás, quien tuvo que pasar tres días en el vientre de una ballena, hasta que decidió hacer lo que Dios le indicaba. Cuando Moisés se resiste, sus excusas de nada le valen (Ex. 3, 11-12). Tampoco las de Jeremías (Jer. 1, 6-7).

¿A quiénes escoge Dios como profetas? Por supuesto, a quienes Él quiere. Pero incluye a toda clase de personas: hombres y mujeres, ricos y pobres, religiosos y laicos, adultos y adolescentes, y aún desde el seno materno.

Pero… ¿han habido profetas después de Cristo? ¿Existen profetas en nuestros días? Santo Tomás de Aquino enseña que “en todas las edades han habido personas poseídas del espíritu de profecía, no con el propósito de anunciar nuevas doctrinas, sino para dirigir las acciones humanas” (Summa 2:2:174:Res. et ad 3). Muy importante esta aclaratoria, ¿no?

Y el Papa Juan Pablo II nos dejó dicho lo siguiente respecto del profetismo en nuestros días: “El Espíritu Santo derrama una gran riqueza de gracias… Son los carismas. También los laicos son beneficiarios de estos carismas… como lo atestigua la historia de la Iglesia” (JP II, Catequesis del Miércoles 9-3-94).

Es decir, la función principal de los profetas posteriores a Cristo no es inventar nuevas doctrinas, sino recordar las verdades reveladas y la doctrina y enseñanzas de la Iglesia de Cristo. Ejercen su misión profética, nos dice el Concilio Vaticano II, “en unión con los hermanos en Cristo, y sobre todo con sus pastores, a quienes toca juzgar la genuina naturaleza de tales carismas y su ordenado ejercicio, no, por cierto, para que apaguen el Espíritu, sino con el fin de que todo lo prueben y retengan lo que es bueno (cf. 1 Tes. 5, 12.19.21).

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