Eloy Torres: China, 70 años de Revolución y la muerte de las ideologías incendiarias

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Por Eloy Torres Román

Comprender a China requiere de esfuerzo. Su naturaleza la pretendió interpretar Malraux desde la perspectiva europea, a pesar de regodearse de la savia china para edificar su tremenda novela “La Condición humana”.

Ella sirvió de apalancamiento para poner a prueba valores que China desconocía y que se utilizaron, para luego, con el tiempo, ser abandonados; los llamaremos la estructura de ideologías incendiarias.

Esa novela que busca dibujar a grandes trazos, escrita con grandes dosis de oropel, como diría el peruano Mario Vargas Llosa de la obra del aventurero galo, a pesar de elogiarla.

No obstante, ella presenta la realidad del resultado de la guerra civil china en mayo de 1927.

Sus personajes hermosamente construidos son presentados a través de la lucha revolucionaria, como individuos que superan los límites impuestos a la “Condición humana” para asumir su destino con una lucidez existencialista.

Se observa, el empeño de aquellos que buscan ofrendar sus vidas por el ideal revolucionario.

Es la existencia trágica y la creencia enceguecida en la superioridad de la dignidad humana y la solidaridad.

China, repetimos, en esa novela, se nos exhibe como un experimento chino, trazado por manos europeas, la de Malraux.

El caso es que el 1 de octubre de 1949 en Pekín, desde los balcones del Palacio imperial de la así llamada “Ciudad prohibida”, Mao Tse Tung, el líder descollante del comunismo chino, mostró su cara.

Malraux seguramente experimentó que, con este líder, revivía a todos sus ficticios personajes. Mao Tse Tung proclamaba la República Popular china, a su lado el emblemático Chou En Lai, de quien se dice fue su héroe para escribir su magnífica novela.

Mao se había convertido en un líder díscolo frente a Moscú y Stalin. Pero, fue el gran sujeto de la Revolución china, contrario a lo que indicaba el líder georgiano.

En 1949, tras una cruenta guerra civil durante 20 años, el PCCH triunfa y se fundó la República Popular China y con ellos Mao Tse Tung como suena la pronunciación china (mandarina) y no Mao Se Tummm, como dicen algunos desde el Palacio de “Misia” Jacinta.

Mao inició su gobierno, nimbado de un sentimiento de inefabilidad. Impuso el terror, muy propio del despotismo asiático; es decir violaron los DDHH en su pueblo, a pesar de hablar en su nombre.

Sus alocadas políticas que iban más allá del sentido común generó la hambruna a millones de chinos desde 1953 al 1958. Mao Tse Tung se empeñó, con elación, iniciar una osada e irresponsable política de industrialización forzada.

Su plan: convertir a China en una potencia para superar a la URSS y al mundo occidental. Un delirante voluntarismo, avivado por el ensayo y error sin conocer la realidad.

Luego, el momento del “Gran Salto”, también, producto de un natural arrebato paranoico. La hambruna generalizada tocaba las puertas de la milenaria China.

Pero, en 1962, fue salvada por el pragmático Den Xiao Ping quien inició la importación de granos de Canadá y Australia y desmontó el sistema improductivo de comunas creados por Mao.

No obstante, profundizarse la Revolución cultural, popularizada, como difundida, en toda China, con el famoso libro rojo; el terror de Mao vio su final en 1976, cuando, por voluntad de la naturaleza, él mismo desapareció. Fin de una locura irresponsable de quien nunca ponderó los límites en sus ambiciones. Un paranoico.

Sus obsesiones exudaban totalitarismo. Toda ideología totalitaria, encuentra rápido eco en los sectores más pobres de la población. Mao la encontró.

Basta con citar algunas frases de como manipulaba a la población: “Las mujeres capaces pueden cocinar sin ingredientes”. Basando esa expresión en un viejo dicho chino “Por muy capaz que sea una mujer, no puede cocinar la comida sin ingredientes”.

Él vivía una recurrente lucha o batalla. Las necesitaba. Para Mao, ellas no tenían fin. Fiel seguidor de Stalin; a pesar de mantener un reiterado disenso con el dictador georgiano.

Mao copió sus métodos represivos, pero elevados a la escala de la población china; llegó a niveles inimaginables para el ojo de un occidental.

Al tomar el poder en 1949, decretó una guerra civil contra todo lo que representara el pasado; mas también, al interior de los seguidores del comunismo. Muy propio del totalitarismo. Sobrevive quien muestre mayor fidelidad al líder. La Revolución cultural fue un ejemplo.

Todos los chinos, con el librito rojo en sus manos, enfrentándose entre ellos, por aparecer más maoísta que el otro. Era la época de las depuraciones. Un darwinismo rojo.

Mao y su Revolución Cultural fueron devastadores para China, pues penetró en toda ella con su bagaje ideologizante, incluso hasta en la intimidad humana.

El hombre y la mujer desconfiaban uno del otro. Hacer el amor era considerado pernicioso si no estaba inscrito en las tesis del gran líder.

El único amor que no se discutía era el que cada chino, le debía profesar al gran timonel, gran líder y salvador de la humanidad: Mao Tse Tung. Una mente diabólica que construyó un sistema represivo, peor que el del Comité de Seguridad del Estado (KGB) en la URSS. Pues, fue un sistema basado en la histeria colectiva: Basta con visionar el film de Bertolucci “El último Emperador” asombrarse de cómo, el hombre que inicialmente arrestó al fugitivo Emperador Pi Yu; luego aparece humillado, en su humanidad, por jóvenes, incluidos niños, portando el librito rojo de Mao.

Todo un sistema represivo montado en una ira popular estimulada e inducida desde el poder.

El comunismo trajo muchos problemas: fue grande el odio y la exclusión, como la hambruna a la que se vio sometida por experimentos y ensayos: desde las cooperativas hasta las comunas, todos impuestos con sangre y terror.

El resultado: una gran hambruna. Una sociedad, con una cultura milenaria y unas dinámicas fuerzas profundas de la historia, como diría Renouvin, que observan la gran contradicción: Un PCCH, fuerza política que la sacó de la ignominia en la que se encontraba, pues, China, siempre fue tratada, absurdamente, como una nación de tercera; pero, al mismo tiempo sometida a la hambruna por su máximo líder.

Hoy, los huesos de Mao que reposan en el Mausoleo de la Plaza de Tianamen, deben estar revolcándose, al comprobar que, el sistema social que está llevando a su país a ser un país de gente feliz, rica, productiva y, percibida, como la gran potencia del siglo XXI, no fue justamente el socialismo o el comunismo sino el tan vituperado, como “infame” y “criminal” capitalismo.

Una visión panorámica de la historia de China y de su civilización, a través de la asunción de una modernidad galopante la cual se amplió a la muerte de Mao Tse Tung nos ofrece unas nuevas líneas geopolíticas, con el fundamento estratégico de lo específicamente chino obviamente.

La genialidad de un hombre como Deng Xiao Ping, el líder que tomó las riendas de China con criterio audaz y más allá de la retórica; a diferencia de aquellos dictadores bananeros quienes esgrimen criterios absurdamente necios y cuya formación se resume a ser un dizque chofer de metro bus, a su vez heredero de un chafarote que también tenía un horizonte intelectual muy reducido.

El caso es que Deng Xiao Ping fue uno de los jefes históricos de la Revolución triunfante en 1949, pero, quien mostró un elevado sentido de la realidad y de realismo político.

Deng Xiao Ping fiel a la naturaleza del realismo político, supo esperar su momento. Ascendió al poder pero, también fue defenestrado en varias ocasiones por Mao Tse Tung hasta que éste, murió.

Deng Xiao Ping al llegar al poder pragmáticamente inició desde 1976 un plan de reformas y hoy en día comprobamos lo acertado de su política, por lo menos desde el punto de vista económico.

Él, condujo a China a ser una de las naciones más ricas del planeta con una pujante economía; ya es la segunda y próximamente la primera.

“Ser pobre es muy malo”, se dice en China, gracias a Den Xiao Ping. Él abrazó los fundamentos de la economía de mercado a gran escala.

Fue más allá de la N.E.P. de Lenin (Una nueva política económica). Un solo detalle a destacar: la economía de mercado no significa democracia, por lo menos al estilo occidental.

Ellos son chinos y responden a sus valores. Ellos no han renunciado a la ideología comunista pero sí, lo suficientemente flexible en la promoción de sus intereses económicos en la visión china, la China del siglo XXI.

Más allá del análisis y observaciones cuidadosas de lo actual, sobre la base de numerosas cifras y hechos, observamos que hay acontecimientos, pasados y presentes que nos permiten observar una civilización que conocemos poco.

Hoy, China es una realidad. Experimenta una contradictoria relación con los EEUU: Socios y adversarios. Es natural entre dos factores que tienen la capacidad para decidir la suerte del mundo. Lo cierto es que nada se puede hacer sin su concurso a nivel global.

Rusia e Irán ponderan el rol de China. Los tres expresan un poder relativamente inmenso y conforman una alianza para desafiar abiertamente a los EEUU en su intención de dominar los espacios globales, como rechazar sus pretensiones hegemónicas.

China enfrenta a los EEUU en el Asia del este y en todo el Pacífico. Rusia hace lo propio frente los EEUU por el control de Europa del este; en tanto que Irán planta cara por el Asia del occidental y el Medio Oriente.

Los tres estados, miembros de esta triple alianza perciben cual amenaza en el Asia central y temen la presencia militar de los EEUU y de sus aliados estratégicos: la OTAN. El mejor ejemplo es el complicado juego de ajedrez geopolítico que se lleva a cabo en Afganistán.

Hoy aparece clara la percepción dominante en las relaciones internacionales de este siglo XXI: Irán se ha convertido en un pivote estratégico.

La citada alianza, la ecuación geopolítica de Eurasia estaría vinculada de la estructura de las alianzas políticas del país persa.

Para Trump, decíamos, en un reciente artículo, es hora de hacer política con la política y no con el twitter. Él, debería cambiar esa visión maximalista y promover un acuerdo con Irán.

Ello debilitaría a Rusia y colateralmente a China. Moscú, como se sabe, mantiene vínculos étnicos, religiosos, culturales, lingüísticos con Persia. El Cáucaso y el Mar Caspio, esa agua salada encerrada en un lago con petróleo en su fondo es su gran escenario.

De producirse ese entendimiento de los persas con los EEUU, sería catastrófico para Moscú. No es la primera vez. Es algo que Venezuela debe observar con atención; lamentablemente no tenemos una política exterior cónsona con el interés nacional.

Lo que hay es una política reactiva que se mueve cual zigzag que no observa, a largo plazo, las consecuencias ni las posibilidades.

Lo que Venezuela no ve, con su actual política exterior; como tampoco lo hicieron los ejecutores de la política exterior democrática y civilista; la cual, a pesar de ser correcta, no apuntó su mirada profunda hacia esta parte del mundo.

Creemos no se observó con detenimiento el dinamismo de los actores internacionales. Muchos de los antiguos diplomáticos, especialmente los Embajadores, salvo muy raras excepciones, jamás buscaron esos elementos.

Prefirieron encerrarse en su creencia de saberlo todo y no ponderaron el papel tan cambiante de las Relaciones Internacionales.

Es culpa de la visión dominante en la estructuración del verdadero papel que mueve el interés nacional; luego, los Cancilleres, es verdad, no todos, observaron al mundo con las limitaciones de esa citada visión; por el contrario se manejaron en términos de una actuación inmediata.

No obstante, hay que hacer hincapié en la actuación de los Directores de política internacional e incluso de sus Vice-Ministros quienes debieron ponderar los juegos políticos internacionales, en la perspectiva de una diplomacia a largo plazo; pero, no, prefirieron encerrarse en la citada creencia de la autosuficiencia versallesca; en tanto otros, se refugiaron en la burocracia de la dinámica multilateral y descuidaron lo transcendental de los cambios de la Relaciones internacionales.

Hoy, con la política del MPPRE es peor, pero mucho peor.

Venezuela debe observar que hay un latente problema. Si el régimen persa realiza un gradual cambio en su política exterior; es decir, un entendimiento con los EEUU, lo cual no está excluido, pues ya lo han hecho.

Recuérdese el papel del Sha Pehlevi de Irán y su alianza con Washington, e incluso con Israel.

La política es dinámica y, repetimos, ello no está excluido; Irán podría, en función de sus intereses, convertirse en el canal de mayor influencia y expansión de los EEUU en la zona. Se trata del Cáucaso y de Asia Central.

Tanto Rusia como China, están conscientes de ese “minúsculo” detalle geopolítico; por lo que no es casual ese entendimiento de una alianza tripartita que sirva de garantía a los intereses comunes de ellos en la zona.

La actitud agresiva de Trump encuentra en esa alianza la clave. Ni Rusia ni China aprobarían una agresión contra Irán, pues verían en ella un peligro a sus fronteras.

Pero, por otro lado, Irán seguramente, saca sus cuentas y ante ese encierro al que se ve sometido por los EEUU y el mundo occidental, no nos extrañemos que veamos ciertos movimientos iraníes apuntando a un posible entendimiento con los EEUU.

La realidad es tan difícil que los actuales dirigentes de la política exterior venezolana prefieren comer carne en un restaurante bien caro de Estambul y no ven que el mundo cambia a una velocidad que no les permite digerir el pedazo de carne consumido, cuando ya las cuentas en la política se han movido contra el interés nacional de Venezuela.

Hoy, China tras 70 años requiere de un liderazgo acorde con el siglo XXI. Adiós al temor de las guerras del opio del siglo XIX.

China, es, paradójicamente, toda una poderosa nación, gracias a un Partido Comunista, por ahora fuerte. Mañana no sabemos.

Las discusiones en el seno del Partido son ciertas. El liderazgo de Xi Ping, todavía, no es contestado; no obstante tras 70 años, los chinos han aprendido que la fuerza reside en la comprensión de la complejidad de la realidad y ésta pasa por adaptarse a los cambios que se producen en la economía y el papel del Partido, muestra elementos entorpecedores, cuando se aplican conceptos “moralizantes” para explicar el dato económico.

Este 1 de octubre que ha señalado la importancia del 70 aniversario de la República Popular, también nos muestra ciertos momentos de incertidumbre para el país; entre los cuales destacamos: la guerra comercial con los EE.UU. y luego, las dificultades que emanan del desafío de la crisis económica que les ha alcanzado, al pretender cambiar elementos claves de economía y fundamentalmente las intensas protestas contra Pekín que se llevan a cabo en el territorio de Hong Kong. Es un serio problema.

La narrativa oficial, repetimos, exhala con toda razón, que China observa logros y éxitos tras los últimos 70 años, gracias a la dirección del Partido Comunista chino.

China ha experimentado un cambio profundo y adelantado prácticas económicas gracias al mercado y no a las rígidas lecciones del marxismo-leninismo-maoísmo. Ellos, señalan con orgullo, haber alcanzado en pocas décadas, lo que a occidente le costó siglos.

Tras 70 años, China se convirtió en la segunda economía del mundo; satisface las necesidades de su población y el mercado los estimula.

No obstante, ellos señalan estar conscientes que requieren de una dirección política fuerte.

China es enorme territorialmente, luego poblacionalmente lo es aún más; ella se mueve con dificultades en su reto de avanzar en un proceso modernizador cada vez más complejo. Han sentenciado que sin un motor fuerte, China se moverá hacia la división lo que la llevaría al colapso y generar un desastre en el mundo.

Las autoridades chinas recuerdan las guerras del opio durante el siglo XIX, pero, también fijan su mirada en el momento de cuando se utilizó la fuerza para tratar el drama de los acontecimientos de la Plaza de Tianamen en 1989.

Las exigencias de una democracia occidental, según ellos, es inviable para China. Hoy, se requiere, según la narrativa oficial de Pekín, la necesidad de mantener la estabilidad del país.

Xi Jinping, habla reiteradamente de una mayor autoridad para el partido, pero, también ejerce un control sobre los movimientos militares a los cuales les dedica un permanente proceso de modernización.

Todo ello genera temor en la región. En el Consejo venezolano de Relaciones Internacionales (COVRI) presidido por el Dr. Kenneth Ramírez; tanto él, como el suscrito realizamos un curso a un grupo de interesados en el tema y entre los aspectos a destacar, señalamos que China no debe verse como el clásico Estado- nación, sino que es un Estado-civilización.

Hoy China, tras 70 años evidencia, en el marco de sus contracciones, una vitalidad descomunal y agresiva, en el sentido de la rapidez de los cambios que experimenta permanentemente.

La dirigencia china reitera, a cada rato, que no busca exportar su modelo de desarrollo económico y político, pero hay ciertos dictadores bananeros que arbitrariamente pretender emular su ejemplo.

Primero, éstos, deberían estudiar los miles de años de la civilización china y no fijarse solamente en los 70 años de su revolución que ya cumplió años exitosamente y que felizmente superó la absurda pretensión de instaurar una ideología incendiaria

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