Charito Rojas: La lección colombiana

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Por Charito Rojas

Hasta a los ricos yo creo que les conviene que gane Chávez… ellos tienen sus riquezas… tienen sus buenas casas, tienen sus buenos vehículos, a lo mejor tienen tremendos apartamentos en la playa, tienen propiedades, etc., les gusta viajar al exterior en vacaciones, etc., a ellos: ¿qué les conviene, una guerra civil?”. El candidato a la reelección Hugo Chávez, en Santa Teresa del Tuy, el 8 de septiembre de 2012.

No sé si es que en Venezuela ha llovido tanto sobre lo mojado que ya ni le “paramos” a las gravísimas cosas que dice y hace el candidato presidente. La declaración que encabeza esta columna son las palabras de un jefe de estado que considera malo que los ciudadanos de su país tengan prosperidad, que tengan casa, un vehículo y hasta le parece cosa de ricos disfrutar de unas merecidas vacaciones donde bien les venga en gana, con el dinero que se han ganado.

Aparte de la canallada de amenazar con una guerra civil si él pierde, lo cual reafirma una vez más su vocación golpista e inconstitucional, este hombre nos avergüenza como país, como ciudadanos civilizados, como gentilicio. Hay que poner un pie fuera de Venezuela y dar un vistazo en el mundo para entender la tragedia venezolana.

Estuve un par de semanas en Bogotá y regresé a Venezuela francamente deprimida, preguntándome por qué los colombianos pudieron en diez años levantar la productividad en su país, combatir la violencia, establecer normas de seguridad y crecer a pasos agigantados como lo están haciendo, mientras Venezuela viene por la vía contraria, rumbo franco al siglo XIX, al salvajismo, al atraso y a la ignorancia.

Un taxista me lo hizo notar diciendo “Vea, ¿qué les ha pasado a ustedes los venezolanos? Antes para nosotros eso era el paraíso, ibámos a Venezuela a comprar carros, electrodomésticos, hasta comidas que no teníamos acá. Ahora son ustedes los que vienen a Colombia a comprar lo que no tienen allá”.

Es verdad, reconocíamos mientras nos provocaba sentarnos a llorar en medio del pasillo de un gigantesco supermercado (ése que aquí expropió el señor y lo rebautizó como Abasto Bicentenario), donde había leche de todas las marcas y tipos, aceites, azúcar, golosinas, infinidad de variedad y precios, alimentos nacionales e importados. ¿Cuánto tiempo tiene usted, amigo(a) lector(a) que no ve una lata de leche Klim o de leche Nido? Pues vaya a Colombia, hay como arroz. ¡Tienen hasta harina pan del empaque amarillo, de la que no se consigue en Venezuela! Y los productos agrícolas son de una frescura y calidad equiparables a cualquier mercado del imperio que sea. Nada comparable a las verduras y frutas que consumimos acá que, por lo general, parecen comida para cochinos.

El tema de la seguridad lo agarraron por los cuernos: todos participan porque quieren vivir en paz. Los taxis entran dentro de los centros comerciales para buscar a sus pasajeros, todos identificados; servicios de vigilancia privada y pública por doquier; motorizados marcados con números en sus chalecos y cascos. El servicio público de transporte Transmilenio (que ellos llaman “transmilleno” porque se la pasa full) está siendo ampliado, construyen aceleradamente nuevas estaciones. El aeropuerto inaugurará en el mes de octubre un gigantesco terminal que lo equiparará con los mejores del mundo. Las atracciones turísticas están estrictamente vigiladas, sus empleados uniformados y con abundante información impresa.

Y sin hablar tanta tontería de Bolívar, lo tienen en un sitial de honor. La Quinta de Bolívar en Bogotá es un homenaje al caraqueño, cuidada, con exposiciones temporales y permanentes, con jardines plantados con las flores que a él gustaban. Su nombre y presencia está en museos, plazas y en toda la historia de Colombia. En el Museo Nacional, medio piso está dedicado a su iconografía y recuerdos, así como de otros próceres venezolanos, como José Antonio Páez y Antonio José de Sucre.

Y no se crean que allá todo es perfecto, qué va, tienen muchos problemas sobre todo por la zozobra implantada por las guerrillas y el narcotráfico.

Unánimemente, los taxistas de Bogotá detestan al gobernante venezolano: le consideran un apoyante y financista de los grupos irregulares que han lastrado a Colombia por tantos años. Pero cuando uno presencia un país cuyo gobierno tienen por lema “Progreso para todos”, siente frustración al ver que nuestro presidente prefiere regalar a otros países 170.000 millones de dólares antes que invertirlos en la deteriorada infraestructura y en los desesperantes problemas de inseguridad y servicios .

Desde allá vimos con asombro la tragedia de Amuay, para luego recibir la noticia que el candidato presidente está “invirtiendo” en Nicaragua 6.600 millones de dólares en una refinería. Y encima declara que Pdvsa tienen “inversiones” en países “afines” (afines en atraso e incapacidad, se entiende) por más de 68.000 millones de dólares. ¡Pobre Venezuela!, en manos de gobernantes atávicos, tiránicos y brutazos, por decir lo menos.

Mientras vemos otros países latinoamericanos que han sufrido tragedias naturales, como Chile, donde no se ven ya damnificados del terremoto de 2011, en Venezuela aún hay damnificados del deslave de Vargas.

¿13 años sin soluciones y todavía hay quien cree que en 6 años más sí van a hacer lo que no han hecho hasta ahora?

Llego a Venezuela y en mi casa hay apagones todos los días (racionamiento encubierto de quienes no pueden ni siquiera encender la luz del país), Pdvsa y las empresas de Guayana destruidas e improductivas, las estanterías de los automercados rellenas del mismo producto, los huecos sin fin, la cuenta de los muertos, los infinitos problemas que impiden desarrollar empresa alguna. Y la grandísima rabia de ver a venezolanos que apoyan esta destrucción bíblica.

Sí hay un camino, pero lo están viendo quienes tienen visión de futuro, los que salen del país y ven que sí se puede ser desarrollado en Latinoamérica, los que cuentan con edad suficiente para comparar lo que éramos con lo que somos, los que quieren producir y no mendigar, los que saben que Venezuela puede y debe tener un futuro de progreso, con recursos y educación para todos. Veremos el 7 de octubre si esta mayoría de venezolanos progresistas se impone. Que saquen lo que queda del bravo pueblo que regó la libertad por países que hoy nos dan lecciones de civilización.

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