Víctor Maldonado: La ética del real y medio

victor-maldonado212por: Víctor Maldonado C.

El gobierno parte, comparte y siempre se queda con la mejor parte. Como lo relata la canción infantil, el régimen es un obseso de la acumulación. Tiene, por ejemplo, 7.245 establecimientos de distribución de alimentos y bienes esenciales, y cuenta con 14 conglomerados en los que se distribuyen 294 empresas productoras de alimentos. Pero nada de eso tiene alguna significación porque no producen nada. El 80% de los productos que se expenden en la red Mercal-Bicentenario son de origen privado, que trabaja a toda la capacidad que les resulta posible en condiciones de extrema turbulencia y acoso gubernamental. La red oficial no le llega al pueblo. Solamente un 22% de los venezolanos reconocen usarla. Y de esos, la porción menor es la de los estratos más pobres, que no pueden lidiar con las colas, la inconsistencia y los maltratos que sufren para recibir su ración de escasez. Cuando se es muy pobre y se trabaja a destajo, si dedicas el día completo a hacer la cola ese día no tienes ingreso y por lo tanto ninguna posibilidad de comprar nada. Eso tal vez esté lejos de la capacidad de comprensión del gobierno que trabaja en horario de oficina. 

No logran entender que los establecimientos privados, que alguna vez intentaron trabajar 24 horas, estaban haciendo más llevadera la condición atroz de los que solo tienen un breve tiempo al final del día para comprar lo que escasamente les alcanza con poco menos que un salario mínimo.  El régimen no tiene el talante de reconocer el aporte del sector privado. Hay algo de mezquindad crónica en la conciencia socialista. Lo de ellos es “su real y medio”.

Pero el gobierno se hace el loco con sus empresas improductivas. De eso no suele hablar. No dice que a pesar de tener el 50% de la capacidad productiva de harina precocida de maíz, sus marcas son espectrales, nadie las consigue, nadie las ve en las alacenas, nadie puede comprarlas. Se podría decir lo mismo de cada rubro que el régimen ha monopolizado o mantiene una feroz hegemonía. En todos ellos abundan los faltantes y alrededor de ellos se generan perniciosos mercados negros que apalancan la inflación y proporcionan este envilecimiento económico que nos tiene a todos pensando cuándo será la ocasión de la última arepa. El socialismo del siglo XXI se hace el loco con sus empresas pero está obsesionado con las empresas ajenas. Debe ser esa mezcla tóxica de envidia y resentimiento. Ellos que no logran ofrecer un kilo de ninguno de sus productos no entienden que eso es imposible sin trabajo productivo, gerencia eficiente y mucha tecnología. Esa es la combinación que está detrás de cada una de las empresas que siguen abiertas. Ellos no lo saben o no lo quieren saber, porque se cuentan por miles las inspecciones que se practican para buscarles la caída. Bastaría un papel mal puesto, la queja de un trabajador resentido o un hecho fortuito cualquiera para que ellos comiencen a degustar la amenaza, la confiscación, el cierre, la cárcel. Es obvio que si por ellos fuera ya tendrían la burra y el burrito, la perra y el perrito, la lora y el lorito, la mona y el monito, la chiva y el chivito, la gata y el gatico, la pava y el pavito, y como no pagan nada de lo que confiscan, además se quedan con el  real y medio. También es obvio que hace rato se hubieran muerto por inanición y descuido todo ese zoológico coleccionado a través de la más grosera expoliación.

Llegaron las elecciones y andan desnudos pero con las ganas intactas. Las últimas elecciones se llevaron al sector de línea blanca en una sola ventolera de saqueo administrado y patrocinado por el gobierno. ¿Se acuerdan del DAKAZO? ¿Recuerdan al Gral. Herbert García Plaza y su promesa de que cada venezolano debía tener un TV Plasma? ¿Guardan en la memoria los supuestos convenios con la trasnacional coreana que “ya estaba por traer la nueva remesa de productos electrónicos”? El saqueo fue solo el anuncio formal de que este país derogaba todos los derechos ciudadanos en ocasión del repudio a los derechos de propiedad. De esa época quedaron dos malos sabores. La nausea que provocaba una sociedad que aplaudía el paroxismo populista dirigido en cadena nacional, y la cobardía intelectual de la dirigencia política que prefirió callar por mero cálculo electoral.

Y es que todos quieren quedarse con “su real y medio”. El régimen quiere hacer malabarismos con una realidad social que ha despedazado. Pretende tener abastecimiento habiendo destrozado a la empresa nacional y acabado con las reservas internacionales. Y procura lograrlo como lo haría el vivo venezolano. “Tío Conejo Chavista” que no produce ni deja producir quiere que las empresas privadas abastezcan a su red de distribución en desmedro de la red privada. Y lo quiere hacer a juro, sin importarle el desempleo que genere ni la exacerbación de las colas, y mucho menos el envilecimiento de la sociedad, condenada al monopolio autoritario de un sistema que te tira una bolsa con algo luego de horas eternas expuestos al sol implacable o a la lluvia pertinaz. ¡Que vivo! Y los demás que se aguanten. No importa el tipo de cliente ni su localización. El gobierno pretendió cambiar 113.859 centros de distribución por sus 7.245 establecimientos públicos, todos rojitos, todos con las fotos del comandante eterno. No importa lo que quiera el ciudadano consumidor. Es a juro, sin alternativa, dentro de la lógica de la economía de guerra, de esa guerra ficticia y falsaria que encubre una realidad terrible de fracaso, corrupción e inviabilidad.

Tres días de debate público obligaron a la Superintendencia de Gestión Agroalimentaria (SUNAGRO) a dejar sin efecto la orden de redireccionamiento que poco antes habían decidido. Una medida prudente que demuestra dos cosas: La primera es que hay que dar la batalla de las ideas sin complejos y sin temores. La segunda, que una gestión comunicacional orquestada, congruente y masiva obliga al gobierno a la sana rectificación. Sigo pensando que callar es la opción más inconveniente. Eso y ser los “remendones” de las malas decisiones del gobierno. Las malas políticas son insalvables. Sus resultados son malos. El balance es siempre desdichado.

Hay una tercera lección también muy importante. Las apuestas al populismo están en su fase de rendimiento decreciente. Ya no pagan los mismos réditos. Hay que plantarse frente al país con claridad de convicciones, sentido de realidad y coraje moral para decir lo debido sin hacer concesiones a la demagogia. El ciudadano común está harto de esta competencia entre populistas que se pagan y se dan el vuelto. Exige seriedad y cercanía. Quieren empatía pero con claridad de objetivos. Y eso solo será posible haciendo buenos diagnósticos y proclamando la verdad. El que tenga oídos para oír, que oiga.

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

Deja un comentario

*

Get Adobe Flash playerPlugin by rafaelmourad.com wordpress themes