Víctor Maldonado: A la mitad del camino

Por: Víctor Maldonado C.

No sé por qué algunos dicen que arribar a los cincuenta años es alcanzar la mitad de la vida. Tal vez lo dicen por conmiseración porque, la verdad sea dicha, uno comienza a comprender que sería excepcional e incluso poco deseable llegar a la edad de 100 años. Pero tampoco es una edad en la que es “políticamente correcta” la nostalgia o la tristeza. Los cincuentones, por el contrario, hacen ínfulas de fuerza y vigor que en el fondo saben que están dejando de tener, más bien comienza una despedida muy poco deseada de los arrebatos de la juventud, sin que la tentación deje de ser intensa y sin que la posibilidad de cometer errores desaparezca para garantizar algo de placidez.

Me tocó ser un padre tardío. Me temo que no soy el único. Pero en mi caso, soy primerizo. Mis únicos hijos son todavía unos niños, y solo para sus ojos, y en razón de la inmensa generosidad de la que a veces hacen gala los muchachos, sigo siendo ese personaje mítico que llega muy tarde en las noches para curarles sus dolores de estómago, juntarles sus camas, arroparlos y recordarles que las cosas se encuentran solo si ellas mismas tienen un sitio apropiado donde guardarlas. Dos varones con nombres de arcángeles, tal vez apostando que ellos sean capaces de asumir la guarda y custodia de mi mundo cuando sean otros los años y las energías. Y soy un esposo recalcitrante. No encontré el sosiego de buenas a primeras. Me costó darle sentido a mi mundo, y tuve que esperar a que ella apareciera y se encargara de colocar muletas entre las grietas de mis desaciertos e incapacidades. Con ella he aprendido que solo se puede amar a alguien si eres capaz de ser generoso hasta lograr la incondicionalidad del perdón recurrente.

El camino ha sido muchas veces áspero. Pero la memoria juega a mi favor y lo peor se ha perdido entre las muchas imágenes y momentos más significativos. Me recuerdo siempre partícipe de un mundo de mujeres (único hijo varón) en el que participaban madre, abuelas, tías y primas. Y mi padre, gran proveedor, que desgastaba sus años entre sus dos trabajos y los extras que le permitieron educarnos y vernos crecer. Sus escasos tiempos libres los dedicó a participar en las asociaciones de padres de nuestros colegios, y en su disciplinada devoción como radioaficionado. Muchos días pasé con él en el laboratorio de fotografía donde trabajaba, con él me acostumbré a la oscuridad y a esos silencios que me hacen frente a los míos huraño y distante. Lo perdí hace 8 años, todavía lo extraño, y a veces sueño con él para despertar llorando por la nostalgia. Pero a cambio, recuperé a mi madre, vive conmigo, cocina, vela por las matas de la casa y llena a mis hijos de ese amor compinche por el cual discutimos todas las mañanas con la religiosidad de una oración. Otros afectos gravitan como preocupaciones, desafíos y mala conciencia. Mi único tío espera mis siempre postergadas visitas, y mi hermana menor es un reto constante a esa distancia física que se vuelve lejanía psicológica. Miriam, siempre está allí. Ella es la muchacha, la única muchacha que siempre ha estado en mi cartera. Ya no lo es tanto, pero sigue allí con esa sonrisa esperanzada, que ha matizado la vida. Siempre está, tal vez he aprendido con ella que eso también es ser incondicional.

Nadie es dueño de su destino. Desde 1.992, no he tenido otra cosa mejor que hacer que librar mi propia batalla por la libertad. Toda esa armonía democrática se desplomó por la insurgencia de la fuerza brutal y primitiva de un golpe sangriento, pero también por la pérdida del juicio colectivo, del buen juicio, que nos hizo negar nuestra historia para entregarnos a la ruindad de un autócrata militar. Veinte años han pasado, y como muchos, buena parte de mis energías vitales se han invertido en no darle tregua a la barbarie, y aportar ese granito de arena que al final puede contribuir a hacer la diferencia. Veinte años en el que he soñado ser parte de una multitud que tenga la oportunidad de reivindicarse. Ojalá, es la jaculatoria que pienso al despertarme. He perdido capacidad de prevención, y mis amigos saben de mis apuestas radicales. Tampoco he sido un buen pastor de mis silencios, aunque cerca de mi ha habido maestros excelsos de una prudencia que me parece cobardía. He ganado buenos amigos, pero he perdido a otros que quise mucho. Así me parece que es la vida, y quién sabe si de todo eso sacarán mis hijos algún saldo. Rezo todos los días para que ellos me sobrevivan y que no sea al contrario. Y pido a Dios que nos de fuerzas para seguir adelante sin perder en el camino ni la dignidad ni el arrojo. ¡Ojalá!

 e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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