La “felicidad” socialista


por: Víctor Maldonado C.

Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad…

J.L. Borges

Así definía el ilustre poeta su propia ceguera. Esa incapacidad que a él lo hizo más reflexivo y que al final le permitió transitar con el mejor de los éxitos por su propio laberinto vital. No se puede decir lo mismo de este régimen, que busca afanosamente evadir una realidad que ya parece un bombardeo de malas nuevas. Para eso está su ejército exclusivo de adulantes. Uno de ellos, acaba de publicar los resultados de una supuesta investigación que demuestra que los venezolanos experimentan una altísima tasa de felicidad. Si le hacemos caso, el 82% de los venezolanos se declaran felices o muy felices. Una cifra muy extraña porque demuestra que esa sensación la comparten tanto el 48% de los que votaron por la opción oficialista, como buena parte del 52% de los que votaron contrario. Por lo visto, más allá de la odiosa polarización, de los diálogos con epílogos mandando a lavar el paltó, y de la recesión económica, todos al parecer disfrutamos de ese “sentimiento oceánico” del que se burlaba Freud en las primeras líneas de su libro “El malestar en la cultura”.

Mi hipótesis es otra y a mi juicio es esencial para comprender lo que nos está ocurriendo: el régimen se sustenta en la mentira sistemática. Todos ellos son unos embusteros patológicos, y cuando dicen la verdad, suenan brutalmente primitivos, como cuando Soto declaró que para él todo el ordenamiento institucional y de derecho que se ha producido luego de la II Guerra Mundial no sirve para nada. Ya saldrán los componedores de entuertos a mentir para resolver de alguna manera esa fatal fuga de información, porque que alguien te amenace con el imperio de la barbarie, la ley del más fuerte, y la implosión de todos los derechos humanos, puede perturbar la estrategia instrumentada por el emérito sociólogo del régimen, afanado en conseguir una razón adicional para ser inmensamente felices.

La gente aspira a la felicidad. Freud quien no se sentía cómodo con los éxtasis místicos, acotaba este concepto a dos fines, uno positivo y otro negativo. Tan importante es evitar el dolor o el desagrado como experimentar intensas sensaciones placenteras. Por eso es que resulta ofensiva, incluso a la inteligencia más básica, esa inmensa mentira presentada como una investigación social. La gente, dicen las otras encuestas, al contrario de lo que proclaman las adoratrices del régimen, está profundamente preocupada por dos razones muy elementales: no tienen dinero suficiente para comer, y no se sienten seguros. Temen pasar hambre y necesidad, pero también temen por su vida y la de sus hijos. Incluso me atrevo a incluir una tercera razón por la cual se sienten angustiados: Esa invasión constante a sus espacios de libertad a través de un Chávez que se impone por la fuerza, que viola cualquier convención, que obliga a ser escuchado y visto, que decide por ti y por tus hijos, y que asume unilateralmente qué tipo de felicidad es deseable para cada uno de los ciudadanos que pueblan este país. Esa sensación asfixia, pero no contribuye a la felicidad.

¿Por qué sufre la gente? Freud propone dos razones. Sufrimos al tener evidencia de nuestro transcurrir decadente. Nos apena el ver pasar nuestras vidas sin encontrar un minuto de sosiego, mientras nuestras gargantas no pueden gritar a viva voz que vivimos en libertad. Esa languidez que nos provoca el imaginar que este despotismo descompuesto y procaz va a ser lo único que podremos recordar. Tenemos pánico a la muerte violenta y a la estrechez de recursos impuesta autoritariamente porque “ser rico es malo”. En segundo lugar, sufrimos porque tememos a los otros enseñoreados en la violencia arbitraria. Ese mundo exterior se nos presenta capaz de encarnizarse contra nosotros con fuerzas destructoras, omnipotentes e implacables. Mejor descrito imposible. Tememos a la ausencia de justicia y ley. Tememos a la impunidad que se cierne sobre todos nosotros como una nube oscura, que es capaz de quitarnos familia, empleo y propiedad, simplemente porque, como lo dijo Soto, aquí hay un solo gobierno, que no tiene otra ley que la voluntad del comandante presidente. Sin ley descubrimos la razón de la infelicidad en la profunda desconfianza que nos comienza a inspirar el otro.

Freud advierte que a veces ocurre la resignación. Tal vez sea eso lo que nos esté ocurriendo. Tal vez hayamos reducido la felicidad al estar vivos. Reducidos a un “ya pasará todo esto”, o esperando ese mesías escurridizo que no podrá hacer nada si nosotros no nos levantamos con él para dar la batalla. Pero felices, ¡ni de vaina!

e-mail: victormaldonadoc@gmail.com

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