Editorial: ¿Y no pasa nada?

Las protestas de la última semana han puesto en duda la percepción de que el gobierno todos los días hacía algo, y no pasaba nada.

Tal vez esa percepción sea correcta, para quienes sostienen posiciones adversas y sumamente críticas al gobierno de Nicolás Maduro. Para otros, no era así.

Poco a poco, y como consecuencia de las políticas económicas aplicadas, los venezolanos hemos ido hundiéndonos en la escasez, la carestía y la inseguridad.

Cuando ya no conseguimos la harina pan para hacer arepas, nos volcamos sobre el pan de trigo. Cuando el pan comenzó a ser escaso y las colas para comprarlo se triplicaron a principios de este año, el gobierno optó por arremeter en contra de las panaderías.

Fue como una película en cámara lenta. Día a día, fuimos viendo como desparecían los productos de la dieta alimenticia básica; como se nos fue reduciendo el día por la constante amenaza de la delincuencia, cada vez nos encerramos más temprano en nuestras casas; y de semana en semana, las colas en supermercados son cada vez más largas, y ya no podemos comprar todo lo que queremos, porque los productos se expenden racionados.

El sapo el agua caliente

Otra manera de explicar lo sucedido, es haciendo uso del símil del sapo y el agua caliente.

Un ejemplo que señala, que si un sapo se mete en una olla con agua fría y, puesta en el fuego, lentamente se le va subiendo la temperatura, el sapo también lentamente se va quedando dormido hasta que queda sancochado.

Si por el contrario, al sapo se le mete en una olla con agua hirviendo, violentamente pegará un salto y se salvará.

Este símil siempre ha sido utilizado para explicar como Fidel Castro, a pesar de todas las penurias padecidas por el pueblo cubano, logró edificar y mantener un régimen de restricciones a las libertades y los derechos desde 1959. Que todavía no ha concluido.

Dormidos en el agua tibia

En Venezuela, en paralelo a esta reducción de la vida del venezolano, el comentario en la desesperación de la gente siempre ha sido la expresión “y no pasa nada”. Lo que ha ocurrido de una manera dual: a veces como pregunta, y a veces como una respuesta con resignación.

El venezolano que aunque parezca paradójico cree en la democracia, optó en diciembre del 2015 por votar mayoritariamente por un parlamento de oposición. Lo que al totalizarse los votos, resultó en una mayoría aplastante de las oposición con dos tercios de los diputados. Un mensaje incuestionable de vocación democrática, pero a la vez de rechazo al régimen y gestión de Nicolás Maduro.

Ante estos resultados, el gobierno optó por desconocerlo también con su misma estrategia de implantar lo que nadie quería: poco a poco. Tardó 15 meses para ejecutar la eliminación del parlamento. Lo que lograría con las sentencias 156 y 157 de la Sala Constitucional del TSJ.

Para ello, logró resistir en el 2016 el pedido de la realización de un Referendo Revocatorio Presidencial. Para lo cual a su vez, contó con la participación internacional de dirigentes de otros países venidos a menos, el Vaticano y el Departamento de Estado del presidente Obama, quienes presionaron para que las protestas fueran desmontadas con la excusa de un diálogo que no era tal, y en donde la oposición estaba en minusvalía y, además, mal representada.

No contento con su indudable triunfo en bloquear el referendo, el régimen golosamente se aventuró a una decisión final sin medir las consecuencias: eliminar  la Asamblea Nacional haciendo uso de la no separación de poderes.

Los diputados se lanzaron a la calle, y el mundo democrático rechazó la jugada.

Vamos para dos semanas, y ahora parece que donde no pasaba nada, está pasando. Todos los días, y una a una, las ciudades se han venido incendiando en protestas en contra del régimen.

Los manifestantes ya no piden revocatorio, no se conforman simplemente con elecciones, sino que quieren que Maduro se vaya. Un fenómeno visto en otros países donde los gobiernos se han hecho los ciegos ante los clamores populares.

Velocidad y aceleración

Eso de pasar cosas y no pasar nada, tiene otras explicaciones de la mecánica con la que ocurre el fenómeno. Y tal vez sean las leyes de la física mecánica que nos pueda dar una respuesta.

Mientras el gobierno mantuvo una velocidad constante, es decir sostenida en el tiempo, aplicó medidas que iban a tener los resultados que hoy en día se muestran, y la gente no reaccionaba, a pesar de las alertas, denuncias y advertencias de opositores y expertos.

Cuando el gobierno impulsó la implantación de otras medidas, es decir “aceleró”, lo que significa un cambio en aumento de la velocidad, despertó el aparente dormido común de los venezolanos que venía estando como “aletargado”.

A toda acción, dice la física, corresponde o se sucede una reacción, generalmente de igual o mayor magnitud pero en dirección contraria a quien la generó.

Eso es lo que está sucediendo. La población reaccionó ante el cambio de velocidad del gobierno, y ahora despertó desatando los sentimientos que genera el hambre, porque de eso se trata, e insatisfacciones por la gestión del gobierno de Maduro.

Lo que ocurre, en desventaja para el régimen, en un ambiente de hambre y escasez, que es el combustible que alimenta las protestas y que los organismos coercitivos no logran avizorar. Quien dirigen la protesta, es el rumor de los estómagos vacíos.

La solución

¿Diálogo? ¿Elecciones? Ya la gente no se come el cuento que ninguna de estas dos palabras envuelva una solución a la crisis que vive Venezuela. Quieren que se vayan. La crisis pareciera haber alcanzado un nivel superior. Lo que nadie quería, y el régimen nunca quiso ver.

Eduardo Martínez

Editor

www.eastwebside.com

 

 

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